Viernes, 07 de Agosto 2020
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Todos los caminos llevan a Tepa

Por: Martín Casillas de Alba

Todos los caminos llevan a Tepa

Todos los caminos llevan a Tepa

De pronto una cosa lleva a la otra y, como bien dice Antonio Castro desde que leíamos las obras completas de Shakespeare en el 2000: “Todos los caminos llevan a Tepa”, como ahora me llevan cuando trato de desentrañar los Cuatro Cuartetos de T.S. Eliot con la aproximación, edición y notas de José Emilio Pacheco (El Colegio Nacional y ERA, 2017), justo con el cuarteto East Coker, como se llamaba la aldea en Inglaterra donde “su familia vivió allí durante dos siglos antes de emigrar a Norteamérica. Hoy sus cenizas yacen en la iglesia de ese lugar ancestral”, aldea que visitó Eliot en 1937, para luego escribir estos versos que conecto con Tepa, como ustedes podrán conectarlos con el lugar de origen de sus antepasados:

Las casas se levantan y se derrumban,

se desmoronan, las amplían,

las trasladan, las demuelen, las restauran,

o queda en su lugar un campo raso,

una fábrica o una desviación.

Donde estaba el rancho de Santa Bárbara, ahora es un campo raso. El rancho fue del abuelo José Ana Casillas y ahí fue donde creció mi padre, uno de los siete hijos de la segunda familia del abuelo, cuando se casó con María Cruz e iba y venía del rancho a la casa que estaba detrás de la parroquia en Tepa, ahora, una sucursal de banco. 

De niño, mi padre nos llevaba a Santa Bárbara de vacaciones en el invierno: nos mecíamos en el columpio hecho con una soga colgada de la rama del árbol que estaba a un lado del torreón con todo y sus troneras, por donde apuntaban con el máuser a los revoltosos o a los federales en busca de los cristeros que dejaron su huella con unos hoyos de balas de buen calibre.

Las casas viven y mueren:

hay un tiempo para la construcción,

un tiempo para habitar y engendrar

y un tiempo para que el viento arranque el cristal desprendido,

sacuda la tarima en que trota el ratón del campo

y el tapiz en jirones donde se halla bordado

un lema silencioso.

Reviso las viejas fotografías: ahí estábamos parados en la tierra roja enchamarrados para aguantar el frío de los mil demonios oyendo cómo chiflaba el viento por las rendijas a la hora del rosario, cuando mi tío Ramón, ‘el Loco’, simulaba ser el sacristán recogiendo la limosna mientras nos temblaban los hombros hasta que salíamos de la sala antes de explotar de risa. 

Salíamos a caminar en busca del tesoro escondido. En su lugar, llegábamos a una cueva con unos murciélagos que nos pasaban volando entre los gritos, para luego regresar al atardecer sombrío, para que los amigos de mi hermano Andrés se turnaran para llevarme cargado en sus espaldas.

En ese campo raso,

si uno no se acerca demasiado, si uno no se acerca demasiado,

a medianoche en el verano podrá oír

música de caramillo y tamboril,

verá la danza en torno a la hoguera,

la asociación del hombre y la mujer

en bailes que significan matrimonio,

un sacramento noble y útil.

O el vacío cuando me manteaban de lo alto del rastrojo para caer en blandito, antes de ponernos a cavar en el ojo de agua para ahuecarlo o para cansarnos y empapar los paliacates que nos poníamos alrededor del cuello como los campesinos, rojos como la sangre, antes de pasar al comedor sombrío, donde había fideo seco, carne con chile, frijoles de olla o fritos en manteca con tortillas recién hechas y agua de horchata en jarras de barro de Tlaquepaque.

Viven al ritmo de las vivientes estaciones,

el tiempo de las estaciones y las constelaciones,

el tiempo de ordeñar y el tiempo de cosechar,

el tiempo de acoplarse hombre y mujer

y el de los animales.

Y por la noche las estrellas, “las absolutamente indecibles estrellas”, que no conocen pasado alguno, menos ahora que lo he traído al frente para convertirlo en presente inmediato, reconociendo que en esta vida hay tiempo de ordeñar y tiempo de cosechar.

(malba99@yahoo.com)

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