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Martes, 21 de Noviembre 2017

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¡Se va, se va… se fue!

¡Se va, se va… se fue!

¡Se va, se va… se fue!

Sí, debo admitir que la frase utilizada para encabezar mi escrito, no es utilizada en nuestro Espectáculo Taurino, más bien, es el canto eufórico de la jugada más aplaudida en “El Rey” de los deportes, cuando la pelota salida del golpe contundente de un bateador, está presta para abandonar el denominado diamante, en un parque de beisbol.

Hoy, con el permiso de los aficionados —me incluyo entre sus fanáticos— a este extraordinario deporte, la tomaré prestada, para con ella señalar categóricamente el drama, la tragedia y la zozobra que estamos viviendo “todos los aficionados” a la verdadera Fiesta Brava, que atónitos vemos como nuestro espectáculo, ¡Se va, se va…!   

¡Vaya catástrofe la que tenemos en puerta!  

Cómo íbamos a imaginar hace unas cinco décadas, cuando en nuestro querido y añorado “Progreso” —sí, el que se erguía orgulloso frente al majestuoso y bellísimo patrimonio de nuestra Perla de Occidente, “El Hospicio Cabañas”, alberge y cobijo de tantos niños que en él habitaban— estaba la fortaleza donde asistíamos llenos de entusiasmo; en primera instancia obligadamente demos paso a los viejos y emblemáticos aficionados, y de igual forma estábamos los jóvenes que orgullosos abrazábamos con grande pasión esta incomparable y mágica fiesta nombrada con todo derecho; “El Arte de la Tauromaquia”, en el que todos sin excepción —bueno, siempre han existido los “taurinitos”, como el grano prietito en el arroz— nos apropiábamos del principio fundamental e inexorable, de que su Majestad El Toro Bravo, es y siempre ha sido, el Eje Central y Único de Nuestra Fiesta. ¡Así de claro, contundente y sin titubeos!  

Muchos siglos de una milagrosa e histórica tradición, que hoy, YA han devastado en su totalidad, los actuales promotores y su séquito de servidores oportunistas —ominosos taurinitos vividores— los cuales nunca imaginaron dentro de sus nefastas y soberbias mentes, que eran los verdugos aniquiladores de nuestra bellísima Fiesta Brava.

“Los pueblos que olvidan o relegan su historia, están condenados a desaparecer”; así reza una máxima dotada de una grande y exacta verdad, por lo cual, considero que sería muy oportuno, dada la dimensión de la tragedia y maldición que estamos viviendo, que La Tauromaquia en nuestra patria, y al igual que en los demás países de Latinoamérica en donde a la fecha existe, nació hace cinco siglos con la llegada de los españoles al Nuevo Mundo. ¿Nuevo? Sí, para los europeos, pero no para quienes aquí habitaban, y que eran dueños de una elevada cultura, trayectoria histórica y grandes conocimientos, que dejaron altamente sorprendidos e impresionados a los recién llegados conquistadores, quienes con beneplácito fueron creando a través de los años una amalgama de las dos culturas y razas, que dio como estupendo resultado un nuevo y valioso linaje: “el mestizaje, al cual honrosamente pertenecemos”.  

Pero extendamos un poco más en nuestra historia —la que abruptamente están tratando de aniquilar los irritantes y vejatorios promotores— para recordar que fue hasta la llegada de Hernán Cortés a nuestras tierras, cuando bajo su promoción llega el ganado vacuno —previa autorización solicitada por Cortés al emperador Carlos V— y que sería utilizado para el abasto de los conquistadores, y años más tarde, como ya lo hacían en España, se empezaría a seleccionar a aquellas reses que mostraban características de acometividad, para organizar por primera vez, las llamadas “Fiestas de Caballeros” que tanto gustaban a Cortés.  

Fue así como nació e iría caminando lentamente, pero con paso firme en nuestra patria, el mágico e inigualable ARTE, denominado Espectáculo Taurino, el cual fue arraigándose orgullosamente en cada día que transcurría, colmado el ánimo y gusto popular de nuestra nación.

Lamentablemente al día de hoy, todo los indicios y señalamientos nos lleva a pensar que nuestro prodigioso y sublime Espectáculo Taurino goza, no —permítanme rectificar—, gozaba de una privilegiada historia, de un arraigo y cariño en nuestra sociedad, era parte de nuestra cultura, es por ello que, con total incertidumbre y grande temor nos cuestionamos: ¿Deberá perderse esta extraordinaria historia por la negligencia, prepotencia y capricho de los actuales promotores “del insulso, anodino y nefasto espectaculito” que viven montando? Y la respuesta es, y siempre será NO, imposible, ¡Ya basta! No debemos consentir más actos de villanía y destrucción hacia la “Legítima y Verdadera Fiesta Brava”. Que sin más, volverá a su grandeza cuando de nuevo regrese a los ruedos de nuestro México su Majestad El TORO Bravo.

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