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Martes, 18 de Septiembre 2018
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Salario mínimo, la dignidad perdida

Por: Diego Petersen

Salario mínimo, la dignidad perdida

Salario mínimo, la dignidad perdida

El aumento al salario mínimo, de poco más de diez por ciento, (10.4%) ha provocado reacciones encontradas, ambas ciertas y justificadas. Ahora sí que nunca mejor aplicado aquello del vaso medio lleno o medio vacío. Los que empujan sienten que subieron el salario, el nivel del agua, a alturas insospechadas; los que esperan que les llegue el agua la siguen viendo muy abajo del nivel que les permita saciar la sed.

La política de competitividad de este país en la era TLC se basó en los salarios bajos. Teníamos frente a China una ventaja competitiva insuperable en el comercio con Estados Unidos: la cercanía. Pero, la productividad de las empresas era mayor en China y los salarios menores, así que México hizo un gran esfuerzo por aumentar la productividad y aplastó los salarios como mecanismo de competitividad. Por otro lado, desde los Pactos salinistas, el primero hace exactamente 30 años, el control de la inflación se logró amarrando los salarios. Paralelamente se fue extinguiendo un sindicalismo que, atado a las estructuras gubernamentales y partidistas, nunca opuso resistencia. A la postre, estas tres políticas lo que provocaron fue que el salario mínimo quedara literalmente en los huesos y alejado de lo que fue su propósito inicial y Constitucional: asegurar un mínimo de ingreso que permitiera vivir dignamente a una familia mexicana.

El aumento de cuatro puntos por encima de la inflación no lo habíamos visto en 30 años. En eso, tienen razón los optimistas

Hoy lo que se pelea ya no es un salario que permita vivir con dignidad sino apenas por encima de la línea de pobreza. El aumento de cuatro puntos por encima de la inflación no lo habíamos visto en 30 años. En eso, tienen razón los optimistas; pasar de 80 a 88 pesos es un esfuerzo importante. Sin embargo, los estudios dicen que lo mínimo para que el salario mínimo cubra las necesidades de alimentación de una familia es de 94 pesos, por eso el vaso está aún muy lejos de verse lleno.

Los empresarios suelen argumentar que nadie gana el salario mínimo, que el mínimo es solo una referencia (como por ejemplo para el sub registro de ingresos en el IMSS, pero eso suele ser un tabú) y que el mercado está por encima del mínimo. Esto es cierto para una buena parte de los asalariados, pero no para 2.5 millones de trabajadores que siguen ganando el mínimo; para ellos trabajar ocho horas diarias no es suficiente para salir de la pobreza. Esa es la gran tragedia y la verdadera contradicción del salario mínimo.

Tienen, pues, razón quienes festejan el empujón al salario: se logró romper una inercia de 30 años. Pero igual razón tienen quienes siguen planteando y exigiendo que el salario recupere la dignidad perdida. Solo entonces podremos festejar.

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