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Jueves, 21 de Junio 2018

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No se vale, no hay que ser

Por: Paty Blue

No se vale, no hay que ser

No se vale, no hay que ser

“No se vale hacer chapuza”, sentenciaba  a gritos la líder del juego en turno (y en todos los turnos), para asegurarse de que nadie tomara ventaja tramposa en favor de sí mismo y para disgusto del resto de participantes en la jugadera vespertina del barrio. La recuerdo aun como una chiquilla regordeta, de tez muy morena y pelo atado en una trenza bien gruesa.

Con más años y mañas que sus eventuales compañeras de entretenimiento banquetero, la chiquilla era lo suficientemente ruda y mandona para que nadie contradijera sus reglas, ni se atreviera siquiera a poner en duda su innegable liderazgo. Le perdí la pista cuando cambié de casa y rumbos, pero no me extrañaría que en su vida adulta se haya convertido en lideresa de tianguis, que para eso le sobraban arrestos y modos para persuadir a otros de que acataran sus reglas del juego que, con inobjetable frecuencia, se sacaba de la manga.

Hoy Chayo, como creo que se llamaba, se me vino a la mente al toparme al azar en un texto con la palabra “chapuza”, que no había vuelto a encontrarme en muchos años, pero no los suficientes para olvidar que en mi infancia y adolescencia, el peor calificativo que podían acomodarle a uno era el de chapucero (a) porque, a partir de ahí, se convertía en sujeto de todas las desconfianzas en cualquier terreno.

El campo más plagado de trucos que recuerdo es el escolar, en el que la chapuza era la constante en las tareas, los trabajos especiales y, por supuesto, los exámenes en donde la acción del terminajo se manifestaba por medio de milimétricos acordeones, en definiciones anotadas en la palma de la mano, en el reverso de la bastilla del delantal o en cualquier otro ingenioso subterfugio inventado de última hora. Todo por no haber macheteado lo suficiente para salvar un examen que solo evaluaba la buena memoria de la aplicante.

Las definiciones de este vocablo, que dizque proviene del francés “chapuis”, abundan y tienen variantes en cada país hispanohablante. Por lo general, refieren a trabajos de poca importancia, remiendos provisionales, labores mal hechas o sin mucho esmero, de ésas que se acometen nomás para salir del paso.

Pero me llama particularmente la atención que, específicamente en México, a la palabra chapuza se le conoce como la acción y efecto de estafar a alguien, y quién sabe por qué le ando encontrando referencia con la acción de un personaje que, habiéndose confeccionado una candidatura para competir por el máximo cargo político de la nación, resolvió bajarse del andamio y dejar a sus simpatizantes colgados de la brocha, con justificaciones provisionales, mal hechas y sin mucho esmero. Y eso, mis estimados lectores, me parece una chapucería de grueso calibre para fregar a uno y favorecer a otro.

En realidad, con su extemporánea declinación, nomás perdimos varios millones de pesos malgastados en espectaculares, banderotas y banderitas, mercadería propagandística, muchos pliegos de papel, tinta y saliva en notas, entrevistas y reseñas en prensa, tiempo de televisión, boletas de elector que deberán reimprimirse, reedición de anuncios audiovisuales para darle de baja en el debate de hoy y todos los etcéteras que guste usted imaginar y añadir a la lista. Después de eso, habremos de prescindir en la competencia por la presidencia de un elemento no tan vital como el agua, pero sí con todas sus características: inodora, incolora e insípida. Y, además, chapucera.

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