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Jueves, 15 de Noviembre 2018
Ideas |

Mundo en claro

Por: Fernando Savater

Mundo en claro

Mundo en claro

Quiero recordar esa palabra, deontología, y cómo se aplica al caso del periodismo. Lo primero que conviene aclarar es que “deontología” no es sencillamente un sinónimo de “ética”. Concebida en general, la ética es una reflexión sobre la responsabilidad que conlleva el ejercicio social de la libertad. La pregunta ética se la debe hacer cualquier persona consciente de lo que implica su humanidad, sea cual sea su ocupación o rango. Pero hay aspectos de la responsabilidad que no alcanzan a todos, sino que corresponden sólo a los que ejercen determinadas funciones familiares, cívicas o profesionales. A la consideración de tales aspectos particulares llamamos deontología, cuya etimología griega remite a un término que significa “lo que conviene”, “lo debido y necesario”, es decir el conjunto de deberes y derechos de quienes comparten cierta condición social. Perdón por estas precisiones quizá innecesarias y algo pedantes: lo que intento subrayar es que la deontología impone conocer bien la tarea que uno desempeña y por tanto saber que requiere obligaciones de las que otras personas pueden desentenderse.

Los periodistas estamos sometidos a las mismas consideraciones morales que determinan lo que es decente y honrado para cualquier ciudadano. Pero además tenemos un compromiso especial que los demás no comparten o al menos no  del mismo modo. Ese compromiso nos ata a buscar, respetar y difundir la verdad relevante, es decir la noticia. También el maestro y el científico están comprometidos con la verdad, pero de otro tipo: que dos y dos son cuatro o que la recta es la distancia más corta entre dos puntos son verdades, pero no son noticias. Lo relevante de la verdad que ocupa y preocupa al periodista es que resulta necesaria para desarrollar la vida en común de los ciudadanos. San Pablo dijo que la Verdad nos hará libres, lo que esperamos que sea cierto, pero lo seguro e irrefutable es que necesitamos verdades mundanas para mantenernos sociables. Esas verdades se refieren a nuestros placeres y nuestros temores compartidos, tanto a la política como al deporte, tanto al arte como a la ciencia, tanto a los amores como a las guerras. De ahí vienen las noticias que sirven de sustento y argamasa a nuestra ciudadanía y sin ellas vivimos a tientas, sin comprender la riqueza (¡y el peligro!) de la compañía humana. Ya lo dijo con su concisión habitual nuestro Gracián en el Siglo de Oro: “Hombre sin noticias, mundo a oscuras”.

Esa oscuridad es la que debe contribuir a iluminar el periodismo, a golpes sucesivos de verdad, y no de cualquier verdad sino de la que viene a cuento en cada caso y cada momento. La ciencia, la filosofía o la religión buscan verdades perpetuas que no se marchiten y valgan para siempre. El periodismo en cambio busca y debe revelar la verdad que toca, la del día de la fecha que quizá mañana haya dejado de serlo. Las del periodismo son necesariamente verdades perecederas, pero no por ello son menos verídicas. Su verdad es la verdad del tiempo que no cesa de fluir, la verdad del latir del pulso social y del remolino incansable de las acciones que los humanos realizamos con los otros o contra los otros. Puede que un día los periódicos impresos en papel desaparezcan: espero no estar entonces para padecer esa pérdida de una costumbre tan querida. Pero estoy seguro que el periodismo como ética y estética de la verdad no desaparecerá. De nosotros y de los ciudadanos libres que no quieren un mundo a oscuras depende que no suceda.

Fernando Savater
© FERNANDO SAVATER / EDICIONES EL PAÍS S.L., 2018

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