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Domingo, 23 de Septiembre 2018

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Madera de artista (y II)

Por: Jaime García Elías

Madera de artista (y II)

Madera de artista (y II)

La gran pregunta no es hasta dónde puede llegar un artista que acusa la vocación y el talento de Santiago Lomelín. La gran pregunta es dónde estaba ayer y dónde está hoy. Que después de tocar en el Carnegie Hall de Nueva York lo hiciera en la Sala de Cámara del Teatro Degollado, constituye un receso para darse el gusto de tocar en casa, en familia, pero no implica ningún retroceso en su carrera.

En su segundo recital, la noche del lunes, Santiago estrenó en Guadalajara “De Profundis”, del compositor contemporáneo Frederick Rzewski, en que el pianista acompaña con una música heterodoxa, inconexa, deliberadamente demencial, fragmentos de la dolida epístola que Oscar Wilde escribió en la “Cárcel de Reading”. Sus reflexiones sobre la soledad, el abandono, el sufrimiento, la pena y el castigo, contrastan, por su amargura, con la refinada ironía y el desprecio a los convencionalismos que caracterizó su vida extravagante y su obra de dramaturgo, poeta y ensayista portentoso en los tiempos felices. Santiago logró una interpretación espléndida tanto de la difícil partitura como del texto que recitó.

En la primera parte del recital, con la deliberada intención de equilibrar el tono del mismo, Lomelín obsequió a la selecta concurrencia -un centenar de invitados- la Sonata No. 3 en Do mayor, Op. 2, No. 3, de Beethoven. Música ortodoxa, esta sí (como las baladas de Chopin y la sonata de Brahms que puso en el programa precedente), al igual que la pieza que ofreció esta vez como encore, sirvió para dejar constancia del crecimiento que ha tenido el niño que hace 10 años, cuanto tenía 15, tocó el Concierto para piano de Grieg, con la Orquesta Filarmónica de Jalisco, y más recientemente participó en un programa de Nuevos Valores, con la misma orquesta, en el Teatro Degollado.

De regreso a las preguntas iniciales: la carrera de un artista se desarrolla en una ruta sinuosa, laberíntica, pletórica de atajos y de obstáculos.

“Quo non ascendam?” (¿hasta dónde no llegaré?), pregunta el proverbio latino que suele aplicarse a quien denota una ambición exagerada. Bien asesorado, bien orientado, bien acompañado, la mejor respuesta para la pregunta de hasta dónde puede llegar un joven como Santiago -que tiene, indudablemente, el don- sería esta: hasta donde él quiera… mientras no deje de caminar.
 

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