Viernes, 10 de Octubre 2025

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Los ilustres y algunos más

Por: María Palomar

Los ilustres y algunos más

Los ilustres y algunos más

El Panteón de Roma, con su cúpula que es la más alta hazaña arquitectónica de la antigüedad, fue construido por Adriano en el siglo II sobre las ruinas del templo que Agripa había dedicado a todos los dioses (de ahí el nombre griego: πάνθειον) y que había sido destruido por un incendio. Los romanos suelen referirse a él como “la rotonda”. Desde la época del Renacimiento se han enterrado ahí personajes ilustres (sobre todo artistas: Rafael, Vignola, Carracci, Corelli, pero también miembros de la casa de Saboya), y entonces empezó también un deslizamiento del término que lo fue alejando de la etimología original: de lugar de todos los dioses pasó a ser lugar de mortales distinguidos. En la América española, la palabra panteón dio todavía otra vuelta de tuerca, ya que se usa como sinónimo de cualquier democrático cementerio (κοιμητήριον, o sea “dormitorio”). Con eso, pues tuvimos que ponerles “rotondas” a los panteones de los eximios, para no confundirlos con los muertos rasos.

El Panteón de París nació con la República: con esas ansias jacobinomasónicas de construirse lugares de culto y liturgias laicas (que suelen salirles derivativas y cursis), los revolucionarios se apropiaron en 1791 de la iglesia de Santa Genoveva, sobre la colina de ese nombre, en el Barrio Latino, y aún no consagrada. Rápidamente metieron ahí a Mirabeau, Voltaire, Rousseau, Marat (los beneméritos por hechos de armas van, sin embargo, a los Inválidos). Pero el paso del tiempo enseña que aunque pretende ser «el reflejo fiel de las grandes horas de la historia de Francia», el monumento es más bien reflejo y rehén del poder en turno (Mirabeau y Marat fueron “despanteonizados” en cuanto cambiaron los vientos). Como sea, hay 75 ilustres en el Panteón parisino, la última de los cuales fue por estos días Simone Veil, ministra de la República y miembro de la Resistencia. Y claro, cuelga ahí el Péndulo de Foucault.

Con las interminables obras del centro de Guadalajara, pero sobre todo con el proyecto del Paseo Alcalde, se han tenido que ir repensando todos los espacios a lo largo del eje que corre del Santuario hasta San Francisco. Y por supuesto que la Rotonda no puede ser la excepción. A ver si no se cae en alguno de los ridículos e inconsistencias a que nos han acostumbrado.

En su origen, el proyecto que presentó Vicente Mendiola al gobernador González Gallo incluía una cúpula “estilo panteón”, que se pretendía que pintara José Clemente Orozco. Finalmente, ya con Yáñez, hubo que conformarse con el peristilo. Y a lo largo del tiempo se ha visto que ni están todos los que son, ni son todos los que están. Muy sabias fueron las palabras de Monseñor Garibi cuando el gobernador lo consultó sobre la posibilidad de “rotondizar” los restos de Fray Antonio Alcalde (que reposan en el Santuario). Tras reflexionar sobre el asunto, el prelado le dijo que no era que su antecesor no mereciera tal distinción, pero que quién sabe en qué compañías acabaría por quedar...

Tapatío

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