Domingo, 05 de Julio 2020
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Lo urgente

Por: Mario Luis Fuentes

Lo urgente

Lo urgente

Los epidemiólogos alertan: ésta será una epidemia larga. Aún cuando se encuentre algún fármaco que pueda combatirla, o una vacuna que nos dé inmunidad ante el nuevo coronavirus SARS-COV-2, llegar a coberturas universales o que garanticen bajas tasas de contagio, tomará tiempo. En ese contexto, hay cada vez menos personas que tienen la posibilidad de quedarse en casa; mientras que millones ven cómo se pierden aceleradamente sus escasos patrimonios.

Al respecto, la estrategia del Gobierno de la República se ha centrado en ampliar y concentrar recursos en los programas de transferencias de ingresos; pero éstos, siendo necesarios, son insuficientes para una rápida reactivación de la economía, que garantice salarios dignos y acceso a un sistema universal de protección y seguridad social, independientemente de la condición laboral de las personas.

En ese sentido, es preciso que el gobierno diseñe una estrategia de protección del ingreso de las clases medias; se trata de evitar que haya la menor cantidad de personas en pobreza como producto de la crisis. Por ello, el lema, “primero los pobres”, no puede ni debe significar “exclusivamente los pobres”, porque si esa es la lógica, la trampa se encuentra en que, sin una planta productiva funcional, y sin la protección de las pequeñas y medianas empresas, las ya inaceptables cantidades de personas en pobreza que tenemos podrían crecer dramáticamente.

Frente a lo anterior, es importante mostrar que la urgencia de fondo que tiene México es la construcción de un diálogo democrático que permita cimentar un nuevo Estado de Bienestar, sustentado en un pacto político para redefinir el pacto social. En tanto que no podemos seguir siendo un país donde una minoría concentra la mayor parte de la riqueza, el Estado está obligado a proponer e implementar pactos razonables entre los múltiples actores y factores políticos y económicos.

El primer paso para ello se encuentra en asumir un lenguaje que pueda convocar genuinamente a la reconciliación nacional. En ese sentido, el Jefe del Estado ha decidido, por el contrario, atrincherarse en su lógica discursiva, de la cual, sus declaraciones del fin de semana son emblemáticas, pues no plantea en ellas la posibilidad del acuerdo, sino una renuncia a la pluralidad y la divergencia.

La narrativa de la presidencia, en ese sentido, se asemeja más a una exigencia de rendición de quienes considera sus adversarios que, a una convocatoria serena, propia de la madurez del juego democrático, a dejar de lado las diferencias y poner en marcha acciones consensadas de beneficio público.

En una democracia no es válido exigir a los otros la renuncia absoluta a sus posiciones; la lógica desde la que se plantea que se está a favor del gobierno, o se está en absoluto en contra de lo mejor que puede tener el país, no contribuye a hacer política de altura.

El presidente ha sostenido reiteradamente que, en política, el ejemplo es determinante. Y en este rubro, el ejemplo que muestra a la ciudadanía es que no está dispuesto a flexibilizar sus posiciones y a matizar las que se requieren para construir nuevos acuerdos y pactos en favor de los más necesitados, pero también para quienes, con base en el trabajo y el esfuerzo, han construido historias de vida ejemplares, sin robar, sin mentir y sin traicionar.

En política siempre se está “contra reloj”; y cada día en que el presidente desperdicia energía y tiempo en confrontar a quienes considera sus adversarios, es un día que el país pierde también en la posibilidad de plantear acciones consensadas, en una de las etapas más críticas que habremos de enfrentar en esta generación.

Lo urgente es hacer política de calidad. El presidente López Obrador ya logró lo que muchos decían que era imposible: que un político con la decisión de enfrentar la pobreza y la desigualdad llegaría alguna vez al poder. Hoy ya lo tiene; y requiere actuar lo más inteligente y rápido posible para reconducir a México hacia otro estilo y lógica de desarrollo. 

Hacer política no significa aniquilar a los adversarios; implica, antes bien, desde la autoridad moral y la capacidad de diálogo y acuerdo, lograr que, quienes no piensan como lo hacemos, estén dispuestos a avanzar juntos por un mejor futuro para todos.

 

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