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Domingo, 22 de Septiembre 2019
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Las razones de la impunidad

Por: Armando González Escoto

Las razones de la impunidad

Las razones de la impunidad

Una tragedia ocurrida en días pasados ha llamado la atención de la ciudadanía y la mantiene atenta, luego de tantas promesas de erradicar la impunidad y la corrupción.

Es el caso que un joven matrimonio perdió la vida al ser impactado su vehículo por otro auto conducido a exceso de velocidad por un ebrio. La sucesión de los hechos pinta magistralmente a buena parte de los mexicanos, ya que varias personas se apresuraron a modificar la escena del accidente para proteger al victimario, tal vez las mismas personas que en otras circunstancias claman por la justicia y se dicen contrarias a la corrupción, y hasta marchan con cartelas exigiendo justicia.

El conductor ebrio bajó de su auto gritando que era futbolista, como si tal ejercicio le diera garantía de impunidad y libertad para conducir alcoholizado e incluso para ser causa de la muerte de ciudadanos inocentes. Ninguna sorpresa, esa ha sido nuestra mentalidad, considerar que por tener un cargo o ejercer una profesión ya se es inmune, igual podía haber gritado “soy artista”, “soy cantante”, soy “diputado”, “soy del cártel”, o “soy el apóstol de Jesucristo”.

En esta ciudad donde los agentes de tránsito brillan por su ausencia, donde los automovilistas muestran cada día lo poco que les importan las normas, donde las cámaras de vigilancia son desacreditadas...

No cabe duda de que seguimos siendo una sociedad infantil, inmadura, porque la madurez de un ser humano consiste justamente en la capacidad para aceptar las consecuencias de los propios actos, mientras que los niños por su edad tienden a negar su responsabilidad, a echar la culpa a otros, a no admitir que se debe pagar por lo que se hace.

Esta misma inmadurez la padecen quienes a toda costa buscan defender y proteger a los infractores porque son estrellas del deporte, del espectáculo, de la política o de alguna religión, lo cual los ciega tan profundamente que ya no razonan ni aceptan mancha alguna en sus queridos ídolos que tanto bien les han hecho, a ellos, por supuesto, lo cual al parecer debe otorgarles la absoluta impunidad.

En esta ciudad donde los agentes de tránsito brillan por su ausencia, donde los automovilistas muestran cada día lo poco que les importan las normas, donde las cámaras de vigilancia son desacreditadas, y se medio matan por negarles capacidad de testificar, donde unos avisan a otros dónde se ubican los alcoholímetros, es natural que pase este tipo de tragedias todos los días, y que las consecuencias dependan de la condición y “calidad” del que ocasiona los “accidentes”, independientemente del daño y del dolor que se generan.

¿Y entonces como de qué sirve el que exista una comisión de vialidad en el Congreso? ¿Sólo para aumentar el monto y la especie de las multas? Tanto la secretaría respectiva como esta comisión deberían estar integradas por personas capacitadas para ese campo, con mirada amplia que les permita advertir que el problema de fondo es la ausencia permanente de educación vial lo mismo para conductores que para peatones, que buscar imponer la norma por medios solamente coercitivos modifica muy poco la realidad, sobre todo en un ambiente donde sigue imperando la corrupción, esa corrupción que lo mismo puede anular una multa, que eliminar los agravantes en un accidente como el referido, para beneficio del que se presenta gritando que es esto o aquello.

armando.gon@univa.mx

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