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Jueves, 17 de Enero 2019

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La vida sin gasolina

Por: Sergio Oliveira

La vida sin gasolina

La vida sin gasolina

Mi relación con la Ciudad de México ha sido bipolar. Por un lado soy un profundo amante de su diversidad, su cultura, arquitectura, historia y más que nada, de la gente que ahí nació o decidió vivir en ella, porque son amables, abiertos y mucho más acostumbrados a convivir con las diferencias que en otros lugares. Pero el tránsito que te saca de quicio ha sido la barrera que me ha hecho no tomar la decisión de vivir en ella. No me parece para nada saludable -ni inteligente- usar tres, cuatro o más horas al día trasladándote de un lado a otro, sea para ir al trabajo o realizar cualquier otra tarea.

Pero esta semana fue distinto. Desde al aeropuerto hasta Palmas, el taxi tardó 25 minutos. Es cierto, no era hora pico, pero aún así no es nada común circular por el Circuito Interior sin bajar de tercera velocidad ni una sola vez. A las 7 de la tarde, en Polanco, caminar en la hermosa avenida Masarik fue delicioso, con pocos coches, menos ruido, sin guerra de claxon recordando el 10 de mayo a diestra y siniestra. Este es el lado positivo de vivir sin gasolina, lo que hizo que la gente buscara otras formas de moverse y lo hiciera en metro, autobuses, taxis, bicicletas o a pie, es decir, en cualquier otra cosa que no su automóvil, sea por no tener gasolina o por miedo de usarla y no contar con ella en caso de emergencia. Pero las consecuencias negativas son peores.

En su sano juicio, nadie puede criticar el hecho de que el Gobierno combata el robo de combustibles. El “huachicoleo” es una enorme sangría a la economía nacional, un crimen que debe ser combatido y, por supuesto, sancionado. Y si el desabasto actual es el precio a pagar porque esto desaparezca, seguramente la población lo va a entender, incluso aplaudir.

Pequeñas contribuciones que hacen diferencia

Aún sin ser exactamente una economía rica, en la gran mayoría de América Latina nos gusta resolver las cosas con dinero en lugar de con tiempo o trabajo. Si pasamos un alto y nos detiene la policía, le damos una “mordida”. Con la economía de combustible pasa lo mismo. Todos reclamamos del precio, pero nadie realmente estamos dispuestos a pagar el precio de ahorrar y seguimos gastando como si el dinero nos sobrara. Ya casi no podemos comprar un V8, pero buscamos el turbo más poderoso, arrancamos en el semáforo como si cada uno de ellos fuera una carrera a vencer.

Cargamos peso muerto en el auto, como si el mayor esfuerzo que tiene que hacer el motor por eso no implicara mayor gasto de gasolina. Difícilmente traemos la presión correcta de nuestros neumáticos. Usamos aire acondicionado en la ciudad y bajamos la ventana en la carretera. Todas son acciones que nos incrementan el consumo, pero parece no importarnos. Más que nada, sin embargo, usamos el coche hasta para ir a la esquina.

Ahora que no hay gasolina, o al menos cuando para conseguirla nos obligan a hacer una fila de una hora o más, estamos finalmente entendiendo que no todo se resuelve con dinero.

Pero el problema que vivimos no puede pasar demasiado tiempo sin solución, porque el país está, en buena parte, paralizado. El ausentismo en el trabajo, en colegios y escuelas es mayor que nunca. Proveedores no entregan sus productos con el pretexto de que sus vehículos no tienen combustible. Gente que compra centenas de litros para revender la gasolina a 35 pesos es cada vez más común. Y es natural, donde hay escasez, hay mercado negro.

Muchas teorías alternativas a la versión oficial circulan en internet. Entre ellas una que dice que la verdad es que no se firmó un nuevo contrato para importación de gasolina desde Estados Unidos y que hay buques de ese país esperando en el Golfo de México para desembarcar la gasolina, mientras el Gobierno nacional estaría negociando un nuevo contrato con Venezuela.

Sea cual sea la verdad, el hecho es que el problema ya se alargó más de lo debido y esperado. Por lo pronto, la actitud de los habitantes de la Ciudad de México, mucho más que la de los que viven en Guadalajara, por ejemplo, ya nos mostraron que sí existe vida sin gasolina, incluso mejor. Pero ojalá la autoridad actúe pronto, porque no puede ser así por mucho tiempo, la economía nacional no lo permite.

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