Sábado, 29 de Febrero 2020
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La realidad que no se elige

Por: Gabriela Aguilar

La realidad que no se elige

La realidad que no se elige

Imperceptible, sistemática, socialmente aceptable, así es la violencia en sus múltiples manifestaciones, su origen es a veces casi inocente. El viernes 10 de enero se escribía uno de los capítulos más crueles de México en una escuela de Torreón, Coahuila y el diario El País publicaba un análisis sobre las razones por las que los jóvenes caen en el mundo de las drogas y la violencia. Ese mismo día, en un lugar de Guadalajara la encargada de brindar informes sobre cursos extra escolares en un club deportivo lamentaba el maltrato que sufren los menores al someterse a las decisiones de sus padres.

¿Qué tienen en común estos tres hechos? El entorno violento, la realidad que no se elige y el rol que juega la masculinidad por ser un hombre.

“No quiero que sea un jotito, por eso tiene que jugar futbol, aprender a dominarlo e irle a las Chivas”, las palabras del padre que obligó a su hijo de siete años a ingresar a ese tipo de prácticas deportivas, mientras tanto, con frecuencia el niño llora y les dice a sus entrenadores que lo que él quiere en realidad es nadar en una gran alberca. Como si un balón y la afición a un equipo fueran garantía de plenitud en la vida. ¿Qué es lo que se va construyendo al interior de un niño con esas limitaciones originadas por padres que no escuchan?

Sobre el caso del menor de 11 años que mató a una maestra y se suicidó, la Red por los Derechos de la Infancia en México lo definió como “un hijo de la guerra”, víctima de un entorno que ha prevalecido en el país en los últimos años. Los huérfanos de los ejecutados o hijos de narcotraficantes que no saben cómo canalizar la tragedia ni enfrentar sentimientos sin necesidad de autodestruirse.

Esa autodestrucción es la que se expone en el artículo de El País, en el que la profesora Karina Reyes comparte el hilo conductor de la vida de 33 hombres que trabajaron para el narcotráfico y cómo los pasajes de su infancia y adolescencia muestran las posibles causas de su incursión a la violencia y su interpretación del mundo. Perspectiva que ha sido ignorada por investigadores y políticos que limitan la solución a una “reconstrucción del tejido social”.

Los entrevistados se asumen pobres y sin nada que perder, su discurso es que serán violentos, pandilleros, drogadictos o narcos. Sienten rencor hacia sus padres, y 28 de 33 admitieron que en algún punto de sus vidas su mayor ilusión era matarlos. La frustración de ser violentados de niños y el machismo en casa que tiene como víctimas principales a sus madres los motivaban a ser… más violentos.

Todos influimos en la generación de violencia que se transmite de forma invisible a nuestras niñas y niños. Tenemos que verlos y escucharlos porque parece que apenas inician las consecuencias de lo  que ignoramos desde 2006, en el inicio de la guerra contra el narco. Las niñas y los niños ya son adultos. 

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