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Miércoles, 12 de Diciembre 2018

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La realidad desde cuatro puntos de vista

Por: Martín Casillas de Alba

La realidad desde cuatro puntos de vista

La realidad desde cuatro puntos de vista


“El placer que me da este trabajo reside en que sólo aquí, en el silencio del pintor o del escritor, puede recrearse la realidad, para ordenarla nuevamente y que muestre su sentido profundo”, dice Darley, el narrador del Cuarteto de Alejandría, la obra de Lawrence Durrell que había leído hace muchos años, impactado desde entonces por Justine, el personaje central del primero de los cuatro libros que deja huella en los otros tres, con todo lo que pasa en Alejandría poco antes de la Segunda Guerra Mundial.

Es difícil olvidarse de Justine, la bella judía, liberal y misteriosa mujer, esposa de Nessim y amante de Darley que imaginamos de alguna manera conociendo cómo era que cultivaba el placer y disfrutaba de una cierta vanidad, hasta el día que vemos a Anouk Aimée en ese papel, en la película de Georges Cukor de 1969, y ya no pudimos imaginarla de otra manera hasta que, poco después, fue reemplazada por nuestra querida Charo Lavín.

Durrell emigró en los 30’s cuando enviudó su madre y estaba sin un quinto; por eso, se le ocurrió irse con todo y sus cuatro hijos a Corfú, la isla griega más grande del Jónico. Años después, dice el narrador, llega a esa isla para reconstruir la Alejandría que recuerda, “esa provincia melancólica que el viejo Cavafis veía llena de ruinas sombrías, el más grande lagar de amor del que sólo escapan los enfermos, los solitarios, los profetas y todos los que han sido heridos en su sexo” y, en esa soledad, poder desglosar los hechos o la realidad desde cuatro puntos de vista diferentes: Justine, Baltazar, Mountolive y Clea, como se titulan los cuatro tomos de la obra publicada en 1960.

“Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña, la hija de Melissa. No sé por qué empleo la palabra ‘refugio’. Los isleños dicen bromeando que sólo un enfermo puede elegir este lugar perdido para restablecerse. Bueno, digamos, si se prefiere, que he venido aquí para curarme...” y, después de haber pasado la noche pensando en sus amigos, “en Justine y Nessim, en Melissa y Baltazar, en esa ciudad que se sirvió de nosotros como si fuéramos su flora, envueltos en unos conflictos que eran suyos, pero que creímos eran nuestros...”

Cada quien ve y recuerda los sucesos de manera diferente, tal como Durrell estructuró su novela que tiene que ver, como debe ser en una novela que se respete, con el amor, la vida, la prostitución y los prolegómenos de una guerra devastadora que está escrita de tal manera que, al final, podamos definir nuestra posición al respecto.

Si en esta segunda lectura podemos conectar a los personajes y a la ciudad de Alejandría donde las pasiones estan a flor de piel, así como la decadencia, las manías, la pobreza, los celos y la riqueza del ‘Príncipe’ Nessim, así como, los burdeles de niñas que Justine visita en busca de su hija, entonces, algo de todo esta vida, puede ser revelador, como es la realidad cuando la reconocemos desde varios puntos de vista.

Vargas Llosa dice que los libros leídos hace tiempo nos ofrecen diferentes matices según la época en la que lo leemos, una idea que Durrell complementa asegurando que sólo es a través del arte que se puede dar “la feliz transacción con todo lo que nos hiere o vence en la vida cotidiana, no para escapar al destino, sino para cumplirlo en todas sus posibilidades: las imaginarias”.

Por todo esto, se nos antojó volver a leer este cuarteto para volver a entrar por esos laberintos de la pasión, sabiendo de antemano que ‘es fácil criticar’, como sabía Darley desde el inicio del cuarteto, antes de que conozcamos el amor de Nessim por Justine que era “algo más profundo, algo más sólidamente fundado en sí mismo” y, tal vez por eso, Darley cargó con la culpa de haber sido un feliz amante de esa bella mujer.

(malba99@yahoo.com)

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