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Sábado, 26 de Mayo 2018

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Estás conmigo o estás contra mí

Por: Sergio Aguirre

Estás conmigo o estás contra mí

Estás conmigo o estás contra mí

Lo sé. Ya lo dijo aquí recientemente en EL INFORMADOR Diego Petersen. Las elecciones en todos lados se ganan con emociones y no de forma razonable. Y de entre ellas, las más poderosas no son las positivas, sino las negativas. Y más aún, diría yo, en estas elecciones donde las llamadas redes sociales serán determinantes: ahí la negatividad manda. Pero no solamente están en juego el miedo y la ira. Hay otras emociones negativas. Va la lista basada en las ideas de Jon Elster (Sobre las pasiones).

Cuando existe convencimiento de lo ocurrido: La vergüenza como emoción negativa desencadenada por una creencia en relación con las propias características. El desprecio y odio como emociones negativas desencadenadas por percepciones sobre las características de otros. (El desprecio lo induce el pensamiento de que el otro es inferior; el odio de que es malo). La culpa como emoción negativa desencadenada por una percepción sobre la propia acción u omisión. La ya mencionada ira, como emoción negativa desencadenada por una percepción sobre la acción u omisión de otro. La envidia como emoción negativa causada por el merecido bien de otro. La indignación como emoción negativa causada por el inmerecido bien de otro. La compasión como emoción negativa causada por la desgracia no merecida de alguien. Cuando las creencias son probables o posibles, está el miedo con su contrario, la esperanza.

Así,  veremos —con los más aguzados— cómo tratarán y ya están procurando infundir en nuestras personas a través de su publicidad, la mayor cantidad de sentimientos negativos. Se oye mal, pero ahora como nunca, se trata de una verdadera guerra de percepciones. La verdad sale sobrando. Y dentro de todos ellos, el más importante a mi parecer no son ni la ira, ni el miedo. Es el odio y el desprecio. Esto es, el convencimiento sobre la maldad o inferioridad del otro. ¿Las razones?

En primer lugar se monta en una falacia de las más comunes, aparte de la ad hominem —se critica a la persona, no al argumento— y el non sequitur —acusar una consecuencia cuando no es atribuible a la causa señalada—. Se trata de las falsas dicotomías. Y ocurren cuando se presentan dos opciones como si fueran las únicas cuando de hecho existen otras. ¿Les suena el están con nosotros o están con los terroristas, de George W. Bush? ¿O el si no estás conmigo estás con la mafia del/en (según convenga) del poder? Donde el estás conmigo es bueno. El estar con el otro es malo, porque es malo.

Y la otra razón es el arraigo del maniqueísmo —no hay término medio entre el bien y el mal (no estoy hablando de relativismo moral)— en nuestra cultura. Derivada de la creación (que me disculpe el Papa Francisco, pero es una creación humana sin ningún sustento serio), y la evolución, a partir del siglo XII del concepto del diablo. Tal como magistralmente nos lo platica Robert Muchembled en su “Historia del diablo”, texto verdaderamente esclarecedor, y casi casi de rigor leer si nos queremos entender. El bien contra el mal. Tan presente.

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