Domingo, 16 de Febrero 2020
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El Gabo y Yecapixtla

Por: Maya Navarro de Lemus

El Gabo y Yecapixtla

El Gabo y Yecapixtla

Alumna de la Escuela para escritores SOGEM, nos comparte:

Armada con una botella de agua tomé asiento. Era un día bochornoso a finales de abril del 2015. Frente a mí una mujer de blancos cabellos cortos volteó al oír un chillar de rueditas metálicas. Un hombre arrastraba por el pasillo un carrito, ofreciendo paletas de hielo a los acalorados e impacientes asistentes que habíamos acudido a la carpa en la Plaza Liberación. Ella compró una de mamey. La observé y me llamó la atención cómo disfrutaba la tarde, cómo saboreaba su paleta. Cómo, sentada ahí sola, reflejaba en sus ojos el placer de una escapada traviesa.

Arrancó la fiesta. Tres admiradores de Gabriel García Márquez, los escritores Elmer Mendoza, Benito Taibo y Xavier Velasco, nos narraban sus anécdotas personales con el Gabo. Entre risas, nostalgia y relatos iban hilando reflexiones sobre la genialidad de ese gran escritor. Nos invitaron a leer y a escribir. Elmer Mendoza, de Culiacán Sinaloa, mencionaba que la oralidad era una fuente riquísima de historias. 

Yo siempre he disfrutado enormemente los relatos de mis mayores que, con más experiencia, gustan de contar sus vivencias. He escuchado atenta y fascinada la pasión con la que vaciaban sus almas, en un intento por revivir lo andado, mi suegro, mi padre, padres de amigos. Imagino el acervo de memoria y sabiduría que debe dormir siestas eternas dentro de las mentes de la gente mayor que reposa en silencio en sillas de ruedas, en asilos, en un rincón de una casa, solos. El homenaje terminó. Aplaudimos a los ponentes, hubo toma de fotos y firma de libros. Me dirigí hacia la fila de los autógrafos, al ver a la señora de la paleta de mamey formada junto a mí la invité a sentarse mientras yo le guardaba su lugar hasta que estuviéramos cerca. Pero la señora era inquieta, agradeció el ofrecimiento, se sentó y a los dos minutos se paró a platicar conmigo. 

Debí darme cuenta de esa inquietud un rato antes, cuando se llevó a cabo el regalo de varios libros de García Márquez a quien cumpliera el requisito de revelar si tenía un “secreto inconfesable”. La señora levantó la mano como impulsada por un resorte. Por fortuna no tuvo que confesar, sólo extendió su brazo para que se le entregara el regalo. Estaba encantada, me platicó que además de esta presentación había tenido la oportunidad de conocer a Cristina Pacheco en Bellas Artes y de escucharla hablar de su esposo fallecido, José Emilio. Me contó que en otra ocasión había visto, ahí mismo, bailar al ballet de Amalia Hernández, que le encantaba la vida cultural del Distrito Federal. Que su vida estaba dividida entre Guadalajara y la capital pues sus hermanos vivían en la primera y sus hijos en la segunda. Sus ocho hijos, la mayor de 45 años y la menor de 20. Los mismos 20 que ella había dedicado a criarlos.

Comentó después que sus comadres siempre le hacían burla diciéndole que “cuánto viajaba y qué bien se la pasaba, entre museos, lecturas, teatro, música”. Dijo: “después de 20 años, creo que me lo merezco”. Pensé para mí: Señora mía, 20 años multiplicados por ocho hijos son 160…. usted se merece el mismísimo cielo. En no sé qué giro me comentó que ella estuvo a punto de morir. Tenía una casa en Yecapixtla, Morelos, cuna de la mejor cecina de México. Alguna vez, pasando una semana de descanso, el último día decidió ir al rio. Cayó 4 metros hacia abajo aterrizando con la cabeza. Pasó un mes internada en el hospital y meses más acostada en su casa mientras su cuerpo le exigía descanso para recuperarse del trance. La señora tenía 68 años. Pero se veía fuerte como roble y su mirada era la de una niña de 6, que se estaba devorando al mundo y a la vida de la misma forma que devoraba su paleta de mamey.

El placer de la lectura y el placer de acudir al homenaje del Gabo, nos había permitido entablar una hermosa conversación. La oralidad me permitió conocer esta historia y la escritura compartirla, para no dejar en el olvido esa tarde deliciosa, que remató con su relato la hermosa sobreviviente de Yecapixtla.

Por Marcela Valadez Lugo
 

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