Sábado, 30 de Mayo 2020
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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Pájaro verde en la tarde. Tal vez del tamaño de un zenzontle, pero quizás hasta allí llegan las semejanzas. Expone a los últimos rayos del sol su plumaje magnífico, el resplandor de su color inusitado. Visiones de lo inesperado, transfiguraciones del día. Un pájaro verde que es, al tiempo, todo lo que permanece, todo lo que se va.

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Entre todos los tratados de arquitectura existe uno, casi olvidado, singular, maravilloso en la nobleza de su construcción, en la larga sabiduría que entrega, en la magnificencia de su lenguaje y en la noble llaneza con las que enseña a construir ciudades, campamentos, caseríos, moradas, sillas, vasijas. Todo esto cifrado en una vigorosa y refinada poesía que atraviesa cada una de sus líneas. Se llama Ciudadela y su autor es Antoine de Saint-Exupéry. Habrá sin duda quien se pregunte cómo un libro tan inesperado y de múltiples lecturas como éste pueda ser denominado un tratado de arquitectura. Así suele suceder cuando la literatura alcanza las alturas desde las que construye un mundo completo y coherente, desde las que establece toda una visión del mundo cifrada en un ámbito determinado. Una casa, una caravana que alcanza su destino, un diminuto pueblo fincado en un oasis a la mitad del desierto.

Este asombroso encanto, el de la arquitectura descrita y construida a través de las líneas de cierta literatura se encuentra también, y por ejemplo, en el El Gatopardo, de Giuseppe Tomaso di Lampedusa. El esplendor de los palacios sicilianos, sumergidos en una lenta decadencia, la campiña agreste y accidentada de los paisajes descritos, los personajes representando los diversos tipos de la época evocada: un universo en concentración. Lecciones de síntesis y ajustada prosa, del vuelo de la imaginación, del encanto de lo inesperado.

Otro caso es el de Bearn, de Lorenzo de Vilallonga. Una minuciosa inquisición en los devenires de una casa, en los recovecos de sus personajes, en la vida llana y a la vez intricada de la gente del poblado. La casa se constituye como un símbolo de todo lo doméstico, de la grandeza y la declinación de un conglomerado humano, de la concentración de lo simbólico y lo inmediatamente real. El tejido de la narración va formando un pequeño universo que, por su poderío, atañe a todos los lugares construidos por los hombres.

Para terminar, este muy breve recuento de la arquitectura figurada y hecha de alguna manera una poderosa realidad a través de evocaciones, ficción, realidades entreveradas, es importante mencionar a Brideshead Revisited, una de las obras maestras de Evelyn Waugh. En ella se reúnen las devastaciones de la guerra, los simbolismos que en la casa que da el título a la novela se encierran, los misterios del amor y de la redención, del esplendor de cierta arquitectura condenada a su acelerada decadencia. Una reunión de drama, de humor en sordina, de un retrato de una época, como todas, velozmente pasajeras. El final de la narración relata como el resplandor de una pequeña lámpara en una capilla en ruinas justifica y da razón de una larga historia traspasada por el dolor, la incertidumbre, los fugaces esplendores del amor, la vida que pasa a la sombra de un palacio que representa el final de toda una época, del inevitable tránsito de los años. 

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De una reseña de un personaje central de la música de nuestra época, levemente modificada: Leonard Cohen. El más elegante, el mejor poeta del rock, el dandy discreto, magnífico fumador que tuvo el buen gusto de nunca dejar de fumar y morirse de otra cosa, el amante de Marianne en las islas griegas, el que supo decirlo todo de los amores que terminan: Hey, that's no way to say goodbye. Ea, esos no son modos de decir adiós.

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Una revisión de casi cualquier directorio, por ejemplo el de una lista de correo electrónico para el e-mail, o la de un teléfono celular, arroja ya, y a veces, una creciente lista de queridos amigos hoy desaparecidos. Es entonces el tiempo de evocar gestos, modos y dichos de quienes no están ya con nosotros. Una particular mirada sobre el mundo, un universo completo que se extinguió con cada uno de los irremediablemente perdidos. Porque cada individuo acarrea una trayectoria particular, intransferible. Y sin embargo, queda de ellos un indeleble recuerdo, una marca más en la vida de cada uno. Es entonces cuando se establece una conversación a la vez intermitente y sin final, con la congregación de quienes alcanzaron un irreemplazable lugar en la memoria. Tal es, quizá, esa reunión de espíritus idos que en el interior de las máquinas, misteriosamente, permanecen.

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Sayulita es una larga serie de contrastes y claroscuros. Pero algo logra establecer una inexplicable armonía en medio de aparentes discordancias, de colores exaltados, de arquitecturas disparejas y de cualquier modo fraternales. Una enjundiosa vida fluye y se derrama por rincones insospechados. Al final de recónditos callejones, entonces, comparece el mar con todo su infinito poderío, con sus colores de delirio.

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Y, para acentuar el vaivén de las trayectorias, subir luego a través de la sierra a sus más altas estribaciones. Y encontrar entonces a un viejo pueblo: San Sebastián del Oeste. Un paisaje de calles que serpentean, de otras en que el trazo rectilíneo prevaleció. Y una arquitectura impecable, ennoblecida por años y décadas de permanencia y sosiego.

jpalomar@informador.co.mx

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