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Miércoles, 16 de Enero 2019

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Un aire más transparente despierta sobre el barrio en calma. Cruza por la ciudad una inquietud distinta, y más ciclistas arriesgan sus travesías. Las catarinas persisten en sus rojos empecinados y la enredadera del muro largo perdió todas sus hojas, seguramente por los leves fríos y su exposición al avaro norte. No progresa el níspero trasplantado y habrá que tomar medidas; el viejo jardinero encara el año con ímpetu y se rasca la cabeza mientras sopesa las alternativas. El espléndido fresno del otro lado es, para tristeza de la cuadra, una baja dolorosa. De la infancia sube el título de una obra del olvidado Alejandro Casona: Los árboles mueren de pie; obra que un tío voluntarioso y su variopinta troupe se empeñaban en representar por aquellos años tempranos años sesenta en el Teatro Experimental bajo la divertida dirección del inolvidable Willy Aldrete. Gira el molino de las lunas, todo lo que no vuelve se aleja como un barco en la altamar del recuerdo.

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Seis de enero y los Reyes. El mago de doce años ejecuta su truco anual: es el mismo y distinto, devora ciertos libros, guarda los tres palos con flemático talante, aprovecha los días como los venaditos aprovechan las aguas de un arroyo para su temprana sed. Cada vez, los magos serán sus patronos, y enviarán las universales bendiciones que fueron derramando por el trayecto insomne que los condujo a un pesebre, bajo una estrella inédita y propicia. Los magos son, por lo menos para quien esto escribe, el arquetipo de quienes, a través del conocimiento y el coraje buscan ir más allá, asir lo inefable, dar constancia del milagro de la vida. Poco importan las creencias, o su ausencia; que sea un hecho histórico en el que creen millones o un mito entrañable: tres hombres unidos por la fraternidad del afán –que somos todos- provenientes de lo ignoto peregrinan, cargados de sus particulares sabidurías, en busca de la verdad. Puede ser un niño que es Dios, puede ser la resolución de una intricada ecuación, o la razón de las sequías en tierras asoladas… Por lo pronto el niño apaga las velas, esplende de contento, se deja abrazar al filo de la dulce infancia.

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Rescoldos de la cena de fin de año. Hubo quien bailó hasta el delirio, hubo quien se hacía a un lado para tratar de retener al tiempo en vuelo, quien levantó al tequila en llamas para abrasarse en la amistad, en la gracia. Danzan las princesas y la vida gira en torno de ellas. Renuevan así el pacto milenario que Eros estableció desde el principio de los tiempos. Dejan estelas de sensualidad y de encantamiento, prodigan las sonrisas cómplices, incandescen un instante indeleble en lo más hondo de la noche. El mar algo murmulla a sus pies que parece un homenaje, un cántico de gozo. No muy lejos un campamento como de gitanos catrines fue hace poco arrasado por ese salero que sabe dejar estelas de asombro y de misterio. Tres tapatías, tres toledanas, cinco servidores incondicionales en la casa de un caracol que, por impensables vías, también guarda a un liviano velero. Un aura de encantamiento deja sobre las olas el aliento de los días irrepetibles, de los avistamientos de pasmo, de las instantáneas noticias favorables con sabor al aire salino, con el regusto del yodo y de la amistad perdurable que nomás el mar establece en quienes por sus caminos se aventuran. Unos edificios resplandecen en la lejanía: aparecen y se esfuman, y quién sabrá el destino.

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Beirut: Port of call. La banda emergió de Santa Fe, California, doce años hace. Su plan fue ejecutar una música “panglobal” alejada de las tendencias del día. El frontman se llama Zacharias Condon y toca estupendamente, entre otras cosas, la trompeta. Beirut se dejó influenciar profundamente por las bandas oaxaqueñas de metales, con ciertas músicas de los Balcanes, por el jazz, por el bossa nova. Favorecen los instrumentos inmemoriales, como los banjos, los ukuleles, los acordeones; y saben absorber también el aire de los tiempos que corren. El sexteto, con la potente voz de tenor de Condon en la proa, los teclados y los metales bien templados, produce composiciones memorables, que seguido llegan hasta la entraña misma de quien los oye. Queda la invitación, para el improbable lector, de acercarse a esta muy peculiar y gozosa música. Va un ensayo de traducción de una de sus canciones, una de las más atinadas en la diana del corazón. Se llama Escala. (Port of Call.)  

Y yo
Llamé a través del aire esa noche
Una calma voz marina sin luz
Nomás atinaba a sonreír
La he pasado solo por un rato
Y sacando cuentas
Me he divertido
Y tú
Tenías esperanzas entonces
Bailé alrededor de ello de algún modo
Sé justa conmigo
Podré derivar un rato
Y si fuera por mí
Sabrías por qué

Yo
Llamé a través del aire esa noche
El pensamiento ardía muy adentro
Era eso infantil
Eso que deseamos
Si fuera por mí
Remaría lejos de tus ojos
Y yo
Llamé a través del aire esa noche
Mis cavilaciones aún sepultadas en el tiempo
Éramos entonces más cercanos
Por un tiempo he estado solo
Llené tu vaso de tequila
Llené tu corazón de orgullo

Y tú
Tenías entonces en mí esperanzas
Bailé de alguna manera alrededor de todo
Sé justa conmigo
Podré derivar por un rato
Su hubiera para mí un designio
Tal vez te haría sonreír

No, no quiero estar allí para nadie
Me quedaría aquí
No, no quiero estar allí para nadie
Si todo da lo mismo
No quiero seguir tu luz
Sobre el mar
No, no quiero estar allí para nadie
No puedo ser salvado

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