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Miércoles, 12 de Diciembre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Aparecen los fríos como un forastero que cada estación regresa a reconocer terrenos que, ajenos, vuelven de repente distintos. La ciudad se arrebuja y los transeúntes se inclinan ante un viento que llega de muy lejos: frente frío número tal. El sol generoso de la media mañana comienza luego sus trabajos, pero el rastro de una mano helada tiñe el día de su gesto poderoso. Con ademanes imperceptibles el jardín da un viraje, disminuye el flujo de sus savias, espera. Las floraciones se aguardan, una gélida sequedad establece sus condiciones.

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San Agustín Etla: la gran lección de la arquitectura mexicana de los últimos años, no muy lejos de Oaxaca, espera a quien quiera considerarla. La antigua fábrica de papel ha sido renovada de la mano maestra de Francisco Toledo. Naves anchurosas, talleres laboriosos, albergues, estanques, escaleras y fuentes. Pavimentos esplendorosos en toda su delicada sencillez. Un chacuaco que recibe una inédita monumentalidad con tres gestos insuperables. Y jardines de una potente sabiduría, especies de un certero tino, composiciones de aparente simpleza que tienen soporte en una centenaria enseñanza. Una iglesia blanquísima que duplica su imagen en un espejo que parece una mera ilusión. Toledo comprende, explica, pero al mismo tiempo imparte un aire de misterio que vuelve obligada la referencia al Chirico, a ciertos gestos surrealistas, a la larga tradición popular recogida con innata naturalidad. Comprobación de las vastas facultades del genio, del dominio de la arquitectura que una sensibilidad ancestral y moderna establece. San Pablo Etla debería ser el lugar de peregrinaje de arquitectos y aprendices, de todos quienes buscan una válida reconciliación entre los vestigios del pasado con el presente y sus nuevos usos y necesidades. Lo más importante: una esencial y fecunda  poesía que vuelve a una instalación industrial en desuso en un centro de la creación y la búsqueda. Qué lección.

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"Cuando uno interviene en la ciudad siempre queda inacabado porque hay algo que hace el tiempo que ningún arquitecto puede hacer. El tiempo es un gran arquitecto. Solo si tiene una buena estructura organizativa, el proyecto nuevo podrá absorber las futuras intervenciones y eso se transformará en riqueza, en la complejidad que tienen las ciudades antiguas. En cambio, si un proyecto, de entrada, parece muy acabado, normalmente está mal. Quien no cuenta con el tiempo se pierde." Álvaro Siza.

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Entierro de la abuela en Atemajac. Cuenta la señora que al fin fueron a enterrar, a dar cristiana sepultura a la abuela entrañable y generosa. Llegó el cortejo a la entrada del pequeño panteón, los dolientes avanzaban con la pena a cuestas, el aire estaba quieto, la luz transparente. Pero apenas cruzaba el cortejo los umbrales cuando el gran árbol –pudo ser un mezquite, un fresno o un guamúchil, la relación no lo dice- comenzó, sin ningún viento que lo explicara, a soltar una tupida lluvia de hojas de un verde de lozanía. Llanto, quizás, o más bien laureles de homenaje para la señora que se iba; consolamiento para sus deudos. Un leve milagro –nadie podía creer todavía en la cascada de saludos vegetales que el sol doraba con sus relumbres. Un discreto prodigio que, a lo largo de todos estos años, dura en el corazón de quienes a la abuela tanto quisieron. Y, de alguna manera, los conforta y los alegra. Y las hojas caídas cantaban, en su trayecto, la esperanza y la gloria venidera.

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Aviones: todo comienza por la medida de una mano que sepa gobernar el timón del siempre osado ingenio destinado a jugar con la gravedad, el viento y el empuje minuciosamente calculado. Es el piloto y su compañero, los instrumentos de navegación, una dimensión precisa. Y luego el pasaje: filas de los viajeros que también determinan con sus cuerpos la anchura del aeroplano, su disposición. Un ámbito para el vuelo que el paso del hombre marcará sobre el cielo protector. Cada vez una apuesta por la ascensión y el trayecto y el feliz desembarque. Y así como la primitiva carreta, con su huella y sus ocupantes fijó  por siempre la esencial anchura de los caminos, la precisa escala del pasajero en su volador tránsito vuelve las rutas del cielo algo íntimamente humano, una traza de sus pasos contra el firmamento infinito.

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Roma entrevista por un aeropuerto, como por el agujero de una cerradura. En Fiumicino, en donde se rinde cotidiano homenaje al temple y al genio de Leonardo, el de Vinci. Podría ser el anónimo y tedioso galerón de pasos perdidos, ansiosos o rutinarios, de los viajeros en ruta. Y sin embargo, algo indefinible hace sentir a quien pasa que pisa entonces algo de la ciudad prodigiosa e incandescente. Puede ser una precisa atmósfera, o más bien el trato y el acento de quienes están al pendiente de servicios y mercaderías y que encarnan el espíritu inasible de las romanas maneras. La espera continúa, las cabinas de los fumadores hacen funcionar sus vergonzantes y ocultas chimeneas, las pantallas anuncian destinos remotos, una imagen aparece en el puesto de las postales, magnética e inevitable. Es el medallón de mármol con el rostro terrible que abre para los más osados la boca de la verdad. Vigencia de un juramento que debía ser hecho antes de introducir la mano en la hendidura que habría de cercenar la mano de los mentirosos, de quienes con insidia pretendían engañar al hado. No es ahora más que una fotografía sobre un trozo de aparentemente inofensivo cartón. Se perdió en los siglos el rastro de los daños en la extremidad de quienes mintieron. Pero sobre la mesa la máscara ahora mira rumbo a la terraza en calma. Y se sabe que su imperio, ahora y más que nunca, prevalece. Y se ensayan, así, los nuevos trazos…

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Asedio de una ciudad levantina desde una temblorosa pantalla: Beirut. A ciencia cierta, ahora, es imposible saber si esa vasta realidad, maravillosa y lacerante, queda con su rastro mejor en el recuerdo o en las tenues imágenes que la tecnología propone desde los millares de kilómetros cumplidos en el peregrinaje. ¿Cómo reconocer el asombro y la pena de las caminatas por esa ciudad martirizada? ¿En dónde encontrar la precisa esquina que sostiene la mirada dolorosa de las heridas que los muros conservan? ¿Cuáles las perspectivas que revelaron un pasado fabuloso, un futuro de venturosa gracia? Las fotografías ahora guardan los encuentros, las conversaciones y las risas, los azoros y las tristes comprobaciones de la discordia y el odio. Y sobre todo la persistente voluntad de durar, de encontrar rima y sentido a una existencia siempre precaria, amenazada. El cardus y el decumanus siguen cruzando sus líneas sobre un único lugar del universo, en medio de las augustas ruinas romanas. Centro de la ciudad, brújula constante de su porvenir. Las nuevas edificaciones desafían las desventuras, afirman el vigor con el que gentes bravías fincan ahora lo que vendrá. Y las sonrisas fugaces de las muchachas, su caminar ligero, son como una tonada que evoca la misma y otra ciudad: Turilia, estudio de su maravillosa naturaleza.

jpalomar@informador.com.mx

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