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Jueves, 15 de Noviembre 2018
Ideas |

Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Para MRPO

Atmosféricas. Vísperas de otro jardín. El azul de infinita sutileza del pródigo plúmbago perentorio y pertinaz espera. Todos los relojes hacen una pausa, el arrayán avisa que ya llega el prodigio. El macizo de clavo se pone de puntas para mirar la maravilla: es la mañana, la aurora y la esperanza invicta. Es el vuelo y el regreso y la íntima certeza de que esta vida no acaba. En Tipontate, el duelo por las palmas reales amaina a razón de los prodigiosos centímetros que la laguna va subiendo, ah la infiel, la resurrección y la tumba y el sosiego. Y la hacienda de San Martín, a golpe de pedal, es por fin conquistada: desde arriba, como desde ninguna otra parte, la laguna extiende su total, cósmico poderío. Aleluya.

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Día de los Fieles Difuntos. El entierro de la Tita Lola marcó de por vida al personal. Un señor que ya no está logró, allá por 1972, abrir la tumba de la familia en el panteón de Belén. Hasta allí llegó el cortejo de quien fuera por décadas la voluntaria jefa de enfermeras de la Cruz Roja de Guadalajara. Les costó trabajo a los albañiles abrir las losas centenarias para meter el cajón, mientras el responso, en su latín entrañable, discurría. Lloros por la más gran señora que de la ciudad fue. Todo el tiempo, desde la calle, dos ambulancias –parece- hacían sonar sus sirenas. Nunca un lamento fue tan intenso, nunca se ha dejado de extrañar la serena severidad, la risueña casa de Robles Gil, la imbatible presencia de la Tita Lola, las imborrables cenas de Navidad que eran, después de la solemne misa de gallo en la capilla, una perdurable lección de gusto, fraternidad, entereza. Y Prisciliano, de impecable filipina blanca, tomaba de todo nota…

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Baalbek. La primera vez que, parece, se oyó este nombre magnético, fue en un oscuro y maravilloso salón del Colegio Cervantes de la casa de Guillermo de Alba en Bosque y Lafayette. La segunda fue en una canción de Georges Moustaki: Une rose à Baalbek. Y ya por siempre el mismo sonido de este lugar ha tenido reverberaciones estremecedoras, premonitorias. Pero nada se comparó al encuentro. À suivre,,,

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W.H. Auden nos dejó algunos de los poemas más recordables de la lengua inglesa; y quizá de todas las lenguas. Hacer este tipo de rotundas y discutibles afirmaciones es el privilegio de quien se toma el trabajo, como es el caso, de escribir para sí mismo, para los demás. Sin embargo el aserto es sostenible. Hasta donde se recuerda, no se ha leído un réquiem tan estremecedor en su devastada ternura, tan diáfano, como el del poema del que aquí se intenta una titubeante versión. Porque, se puede pensar, el responso no es nomás por una mujer muerta; es también la despedida de un amor que, extinto ya, mira como una muchacha se aleja, muy viva ella, pero desaparecida fatalmente del corazón. Va:

Paren todos los relojes, arranquen los teléfonos,
Que no ladre el perro, denle un hueso jugoso,
Callen los pianos y con tambor en sordina
Saquen el cajón de muerto, que vengan las plañideras.

Que los aeroplanos giren gimiendo sobre las cabezas
Garabateando sobre el cielo el mensaje Ella ha muerto
Pongan moños de crepé al blanco cuello de las públicas palomas,
Que el cuico del tráfico lleve guantes de negro algodón.

Ella es mi Norte, mi Sur, mi Oriente y mi Poniente,
Mi semana de trabajo y mi descanso del domingo,
Mi mediodía, mi medianoche, mi habla, mi canción;
Pensé que el amor duraba por siempre: estaba errado.

Las estrellas no se ocupan ahora: apáguenlas todas;
Empaquen la luna y desmantelen el sol;
Vacíen el océano y barran con el bosque.
Porque nada ahora tendrá ningún sentido.

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Otra vez los U2 y Brian Eno. Es a contrapelo –Limonov- decirlo, pero el siguiente poema no se entiende más que desde el borrascoso catolicismo de la banda irlandesa. El Magníficat es una bellísima oración, ahora casi olvidada, pero que Bono y la banda recuperan, transubstanciada, en una canción prendida al alma, inolvidable. Material para el consolamiento y el gozo. Va una versión provisional.

Magníficat

Nací 
Nací para contigo estar
Aquí y ahora
Tras de eso y siempre después no he dado una
Nomás romper las rimas
Estas tonterías pueden dejar el corazón amoratado

Nomás el amor, nomás el amor puede dejar tal marca
Pero nomás el amor, nomás el amor puede curar tal cicatriz

Nací
Nací para cantar para ti
Nunca tuve otra, más que elevarte
Y cantar cualquier canción que me pidieras
Te devuelvo mi voz
Del vientre mi primer llanto -fue un rumor gozoso

Justificados hasta morirnos, tú y yo magnificaremos
Al Magnífico
Magnífico

Nomás el amor, nomás el amor puede dejar tal marca
Pero nomás el amor, nomás el amor puede curar tal cicatriz

Magníficat

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Más de U2, nomás para molestar a sus jeiters y para gusto de otros. En el famosísimo Tonight Show de Jimmy Fallon la banda está sentada muy seria en el sofá, frente al presentador. El panorama nocturno de Nueva York sirve de fondo. La canción arranca, Edge lleva el compás y Bono entona Ordinary Love, totalmente unplugged. Avanza la rola y los acordes profundizan una extraña magia. El público comienza a prenderse y Fallon parece contener las lágrimas. De repente, cuando todo indica que la música va a acabar, entra triunfal la house band a toda su potencia. El resultado es indescriptible: la gente se para y aplaude y llora, la banda, como en una adivinanza, se voltea a ver: bien sabe de lo que es capaz. Favor de oír y ver tal espectáculo en youtube.

jpalomar@informador.com.mx

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