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Miércoles, 19 de Diciembre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. San Francisco tuvo lástima y alargó un día la temporada de aguas, dispuso que su cordonazo fuera una jornada después de la acostumbrada efeméride. Pero lo hizo a lo grande. La tarde comenzó soleada y no había presagio de lo que llegaba: el jardín se mecía blandamente sobre su propia ventura. El gato, en periodo de recuperación de las heridas que sus misteriosas batallas nocturnas le dejaron, se hace extrañar, mientras los nubarrones se levantan por el poniente. La luz se vuelve tan liviana como las flores del plúmbago y llega de muy lejos un relente de huracanes adormecidos. Un trueno cuyo tono es el más profundo que existir pueda esparce de repente su estruendo sobre el valle expectante, la sonora majestad de su sonido estremece hasta lo más hondo el ánima de los árboles y un rumor inmenso como de piedras de castilla que se quiebran dura largamente. Ráfagas inesperadas traen una lluvia furiosa que recorre el cielo como una pálida yegua sin gobierno. Desde el patio de la pérgola la soberana belleza comparece a líquidos fogonazos, la granizada se organiza. Cae a torrentes la nostalgia por un temporal más que se aleja, pero la atención se vierte de inmediato sobre la violenta inundación del taller: la lámina de agua todo lo invade como un ejército imparable, inmisericorde. Represas, remedios, chapoteos, la bendita porción de lluvia visitante que, escaleras abajo, forma sus cortinas, y que ciega y lúcidamente busca, muy tierra adentro, al océano del que llegó, al que pronto volverá. Cesa la tormenta, la luz levanta la bandera de la tregua, la ciudad recibió, del mínimo hermano, la bendición.

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Dice que la envergadura del vuelo fue larga, que el silencio era el del pasmo, que desde la embarcación del aire era posible ir tentando los tibios flancos de la mañana. Habla del asombro absoluto de ir considerando, a tres mil metros de altura, la tierra y sus prodigios. Menciona la cauta trayectoria que evade las grandes nubes y que traza así el derrotero del viaje, como un antiguo signo grabado sobre el firmamento. Pueblos y rancherías se suceden de vez en cuando y el volador advierte en su disposición la patente hermandad de los humanos con todo lo que en el planeta alienta.

Y se acuerda, inevitablemente de Saint-Exupéry, de sus aviones de tela y riesgo desde donde largamente el piloto se hacía parecidas reflexiones: los caminos son la huella infalible de una ardua domesticación del suelo y sus distancias, las moradas revelan tan parecidos afanes, las mismas lumbres y amores, y los campos sembradíos no son más que una suerte de escritura que va diciendo la plegaria que ruega al cielo y sus temporales por la duración, el sustento, la gracia. Travesía que devela la cara primigenia del paisaje, y también los rostros estragados de los campos por las inciertas o insensatas tentativas del hombre.

Desde la distancia del vuelo todo adquiere una nitidez insospechada, todo parece ser una materia preciosa y frágil sobre la que cualquier intención humana imprime su huella. Se entra entonces en una dimensión distinta, en la que el tiempo queda de alguna manera abolido, y la cuenta larga de la supervivencia del planeta y sus habitantes se vuelve una sola a través de todas las eras. De los primitivos claros en los bosques insondables, de las titubeantes veredas, de los iniciales cultivos que circundaban una aldea en ciernes; hasta este retrato impasible de lo que ahora se ha realizado. Y una nueva responsabilidad que el vigía advierte desde su aérea atalaya: límites y quiebres en el frágil equilibrio que, como una visión nunca esperada, se despliega ahora bajo las alas livianas.

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Otro de los limonov-zapoi habla de una ciudad lejana, puesta al fondo del Mediterráneo como un juguete trágico y arruinado. Su voz revela la tristeza de quien por ningún lado halló la belleza de la que vive. La guerra y la precariedad pisaron la cara de Altímar, y borraron cualquier gesto de gracia: pero la ciudad prosigue su ciego funcionamiento, ignorando ahora que su rostro es ninguno. Las mujeres van al viejo mercado y compran, sin apenas repararlo, fruta marchita, víveres de fortuna, gestos huraños, sonrisas tan trabajosas.

Altímar negó desde hace mucho su pecho al mar, y un río putrefacto cruza los caseríos que se reproducen siempre de noche como termiteras de angustiosa mezquindad. Los más viejos, a veces, hablan de haber conocido de niños a quienes entonces eran los más viejos. Dicen que aseguraban esos mayores –pero quién podría probarlo- que la ciudad, durante su navegación de quince siglos, conoció la bonanza, la mansa prosperidad, el gozo de la paz y la labor fecunda. Afirman que oyeron contar que en tiempos impensables las caravanas larguísimas llegaban y entregaban a la ciudad su más precioso tesoro: la sed arduamente cultivada durante las jornadas cuyo sentido y alegría se cifraba en volver a ver la cara esplendorosa de Altímar al final del trayecto, como quien ve el pañuelo azul recién lavado en la ventana de la novia. Hablan de los bosques de cedros que se extendían hasta perderse de vista. Y de los naranjales que cubrían a toda la ciudad, y que en la estación de la cosecha esparcían un polvo finísimo que volvía doradas las caras de las muchachas y a las que prestaba un olor que producía una jubilosa y dulce locura.

En Altímar, parece, fueron abolidos los días de fiesta, las peregrinaciones y los desfiles. Extraviada en la fealdad y la zafia rutina, amenazada constantemente por la guerra, olvidada de su esencia misma, la ciudad, a pesar de los pesares, dura. Quien habla de esta ciudad lejana ofrece, para el frente oriental, un conjuro y un enigma. Y entonces levanta piedras enormes con un hilo apenas visible, dispone tramos de fierro que se fijan sobre el aire delgado de una inmensa caverna, ofrece un bárbaro y refinadísimo tributo a Altímar y su futuro: la paz imposible y sagrada del equilibrio, de la conciliación de la caída y el vuelo, la apuesta por el riesgo y el límite, la posibilidad de que tres muchachas con el rostro de oro contemplen el prodigio. Y es con tales operaciones de la belleza, la indómita, la del nombre inaudito en bravía invasión, como Altímar, algún día, recuperará su augusta cara, su hermandad con el mar, el redescubrimiento de su alma.

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La casa transfigurada. Siempre vuelve la historia: el argumento es el mismo, solamente los personajes cambian. Algunos muros y ciertas techumbres, puertas para el asalto del día, para la guardia de las jornadas; ventanas que invitan a la luz, soles que graban sus trayectos sobre la piel de los altos lienzos de ladrillo. Afanes que van midiendo las estaciones, cimientos que cargan con el sustento que es preciso lograr, indispensable y generoso. En cada morada, vasta o mínima, arde la misma esperanza, se construyen parecidos proyectos. La oscura ala del tiempo cobija los empeños, luego los borra, para dar paso después a otras, tal vez de otro modo las mismas, casas.

jpalomar@informador.com.mx

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