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Miércoles, 14 de Noviembre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Acometen los pasados días tormentas de épico calado. La casa, a pesar de su macicez, resiente la violencia del temporal, como un estremecimiento más en su ánimo que en su fábrica impasible. Solamente las ventanas, pensadas y hechas para las benignas condiciones de la comarca, comienzan a dar de sí y propician dos o tres lloraderos de las aguas alborotadas. El gato ha dado por beber agua de la que recién llovió en la pila. De cada vez más refinados gustos, seguramente discierne entre la fatigada provisión del líquido municipal y el de las tormentas, agua viajera que viene de lejos y de lo alto. El jardín de la casa de don Efra comienza a ver acercarse los renuevos; y ya secretamente da las gracias. Un jongleur, en una esquina cualquiera, dice, durante la pausa del semáforo, la buenaventura.

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The delicate sound of thunder. Espléndida frase a la que por alguna razón se vuelve una vez sí y otra también. Es el nombre de un álbum en vivo de Pink Floyd y da buena cuenta de la refinada contundencia de la banda. Pero podría ser también el título de una imaginaria antología de poemas propios de los gustos limonov-zapoi, de una recolección de los novísimos poetas enojados que indispensablemente sacuden el moroso árbol de la tradición. O es también, dicha de otro modo, la inigualable imagen lopezvelardiana cuando, ante el estruendo celeste, el vate de Jerez habla del sonido de las madererías del cielo.

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Despidiendo la estación: verano del 69. Había desde años antes, colgado en el pequeño cuarto chapalteco que daba al poniente, un cartel anaranjado, con la foto en alto contraste de un velero en bravía ceñida contra el mar encrespado. “Amazon 69”, rezaba una gruesa leyenda al pie de la ilustración. A propósito de qué, quién sabe. Pero el mágico número del año por llegar, a fuerza de evocarlo, se convirtió por siempre en un jalón del camino, en una promesa. Que por cierto se cumplió. Y además, no es posible ahora acordarse cuándo, tuvo un himno perdurable, a cargo de un mediano cantante canadiense que se llama Bryan Adams pero que con esa canción logró redimir toda su trayectoria. Algo dice acerca de los principiantes absolutos, de la muchacha que, parada en el zaguán de su madre, dijo al otro que lo querría por siempre. Y que el otro supo que era entonces o jamás. Pero el himno retumba, una guitarra eficaz figura el desgarramiento, el fatal designio del guardagujas que en el verano del 69, precisamente, mandó aquel tren hacia otro rumbo. Total, una dura lluvia iba a caer sobre Chapala, sobre el verano en fuga. Ciertos acordes de Brahms dicen de otro modo lo mismo, ciertos riffs de Jeff Beck lo proclaman: gira el mundo, todo va quedando atrás, pero siempre regresa lo mismo, el idéntico zaguán, todos los zaguanes futuros a través de los que, sin duda, la flecha de lo nuevo cortará el aliento.

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México al filo de estos días ofrece toda la dulzura de un aire que comienza ya a ser tornadizo. La musa estira su estampa contra el verdor lejano, lanza como un presagio una sonrisa cargada de enigmas, dice algo seguramente inolvidable que no deja ya ahora ningún rastro. El palacio de los condes de Calimaya dura en toda su pétrea adustez. Un gesto tiene que, por sí mismo, lo vuelve indeleble en la memoria. Es la cabeza monumental de una serpiente, de algún Quetzalcoátl errante que fue a terminar bajo la pura arista del caserón, seguramente con el utilitario propósito de servir de guardacantón para evitar que las pesadas carretas dañaran al paso su construcción. Pero, tal vez sin saberlo, el anónimo maestro de obras que allí puso la efigie de la culebra ofreció por siempre a la ciudad una de sus metáforas definitivas, estremecedoras. Cabe la hipótesis de que no haya sido nomás la cabeza de la emplumada serpiente la que allí fue dispuesta. Puede ser que alguna indeseable excavación arqueológica comprobara que, siguiendo a la piedra que asoma por la esquina esté, más soterrado, el cuerpo completo del ofidio. En una de ésas el escultor conjetural habría exagerado la longitud del animal por leguas, y el ondulante recorrido de su trazo pasaría entonces por docenas de claves edificios de la vieja ciudad. En algunos sirve incluso de cimiento, en otros, los menos, azorados arqueólogos se llevaron para su estudio extrañas y muy pesadas piedras cilíndricas. Habría entonces una leyenda oída en algún lado que afirma que la cola de la serpiente, particularmente emplumada, es una fuente de delirio en un patio por siglos enmurado y que nadie que vive ha visto. Al parecer de la punta del prodigio mana un agua que luego vuelve a quien la toma en un vidente cuyos plenos poderes pudieran cambiar el destino de la ciudad entera. Quizá.

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Una de esas noches, en tres de las cocheras de los carruajes de los condes de Calimaya las luces ardieron hasta tarde. El patio, cuadrángulo desolado gracias a una muy desafortunada techumbre, albergaba al gentío. Bien se sabe: un patio en el que ya no llueve ya no es un patio. Porque es la bendición de la lluvia, y el tránsito puntual de las galaxias, lo que le da a su intemperie la indispensable hondura de los lugares que, por fuerza, debieran ser sagrados. Íntimos patiecillos de una modesta vivienda cualquiera o este recinto condal, no importa. En la primera de las cocheras laboriosos dibujos de vistas aéreas cubren las paredes: lo que es, degradado y devastado por la tontería humana; y luego lo que podría volver a ser mediante una serie de heroicas y mesuradas acciones. El arquitecto mira sus dibujos, frunce el ceño, al final sonríe, mientras las muchachas examinan con asombro lo no imaginado hasta ahora, y que habrá a lo mejor de desvelarlas rumbo al futuro. En la segunda de las cocheras una película giratoria muestra una vez y otra cómo México-Tenochtitlán podría volver a su primigenia y esplendorosa condición lacustre. Y en la tercera, se apilan los cuidadosos modelos de casas pensadas para los que se quedaron sin casa, para los que ahora no habitan en ningún lado, para sustituir con dignidad y gracia a las moradas que los temblores quebraron.

En un cuarto que da a la azotea Joaquín Clausell dejó todos los muros cubiertos de un delirio de ensayos, escorzos, paisajes y monstruos amables. Quien lo vio no lo puede luego dejar atrás. En el piano nobile, ahora, el bisnieto del artista, el Shadow, el príncipe de la aristocracia zapoi, toma a su vez su turno para dejar todo un cuarto lleno de sus visiones. A guisa de pincel Carlos Clausell utiliza gruesos bambús rematados por una escoba de popotes, y por un lado va emergiendo ya una pirámide que es una mujer que es un sombrío universo. Bajo el furor de los mezcales, los amigos se reconocen y se saludan cuando sus caminos se cruzan, se bifurcan…

jpalomar@informador.com.mx

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