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Jueves, 15 de Noviembre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. Es la temporada en la que el verano se pone manso. Apaciguado, como un venado que encuentra sus antiguos territorios, el temporal decide arrimar sus querencias y dejar caer sus lluvias por las madrugadas. Y el día amanece fresco, el mundo recién salido de las aguas que lo purifican y lo salvan. El jazmín, con las primeras luces, es un juego de pedrerías acuáticas que duran un breve rato. Pero el relente traspasa las horas y entrega a todo el jardín, a sus moradores, la precisa ánima de todos sus años. El maestro jardinero sigue batallando con la inaugural cosecha de guayabas. Los planetas amarillos puntúan un prado asoleado: mira el viejo Zorba cómo otra vez las frutas espléndidas vienen con el corazón agusanado. Una metáfora, sin duda, extrae de esa evidencia. Con paciencia, examina cada guayaba, como queriendo saber el secreto de su condena. Nada, las pone a flotar en la vasija de barro, y el resplandor amarillo que resulta le alegra el corazón. Al día siguiente llega con dos bolsas de las guayabas, perfectamente sanas, que los guayabos de su solar entregan. Guayabate y mermelada, es el hacendoso resultado que la cocina entonces produce.

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La musa y el juglar, 1966. Lou Reed acompaña torpemente a la guitarra a Nico, la legendaria. La mujer ya partió, levanta su canto como en un trance, sirena varada en tierra, voz que se aleja y, muy allá, hará naufragar los barcos. Tan es así que ahora, muchos años después, este barco, cargado de dibujos y de libros, de proyectos y ensayos, se escora, pide la clemencia de los acordes implacables. El juglar intenta descifrar los rumbos que la sirena toma, el viento hacia el que ella endereza sus venablos invisibles. El juglar acata la hermosura, y se rinde, corazón en llamas, víctima propiciatoria de los dulces y salvajes tormentos que las mujeres saben dispensar a través de los milenios.

Tal vez, nada es seguro, de ese mediodía que las sombras revelan, emergió una de las canciones que el año siguiente aparecerían en el mítico álbum de los Velvet Underground y Nico, con el famoso plátano de Andy Warhol, bajo cuya égida sucedían las músicas de la banda. Esa canción pudo ser Sunday Morning, que va con una versión, este domingo, dedicada a todas las princesas que han sido. Se levanta ahora la voz de humo y veneno y encantamiento fatal de Nico:

Mañana de domingo trae la amanecida
Y es nomás un inquieto sentimiento a mi lado
Temprana la aurora, domingo en la mañana
Son nomás los años perdidos tan cercanos

Mira, el mundo tras de ti
Siempre habrá alguien cerca que te llama
O es nada al final

Domingo de mañana y caigo
Tengo un sentimiento que no quiero conocer
Temprana la aurora, domingo de mañana
Es todas las calles que cruzaste no hace tanto

Mira, el mundo tras de ti
Siempre habrá alguien cerca que te llama
O es nada al final

Domingo de mañana
Domingo de mañana
Domingo de mañana

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Un canario llamado Luis. Fue con esta ave maravillosa con la que los ojos párvulos aprendieron el esplendor del amarillo. Era una casa de pálido ámbar y una señora de pelo de plata que solía pasar las tardes en la terraza, viendo cómo las hojas de los eucaliptos rojos y de los fresnos transfiguraban la luz. Mira, decía, todo es como una música. El niño de entonces, azorado, asentía. Luego leían juntos un pequeño tomo azul de donde saldrían para siempre los prodigios de la mitología griega. El alma de la casa era un ave canora. La jaula colgaba en uno de los patios y el niño fue prudentemente enseñado a darle, a sus horas, su alpiste. Y el pájaro cantaba la canción de la infancia, la de todos los días dorados que vendrían. Se llamaba Luis, bautizado, según parecía, para recordar un novio lejano de la rotunda y excelente cocinera. O era para jugar con el nombre de la venerable nana, de Tata la incombustible, la enérgica, la que desde su breve estatura hacía siempre frente victorioso a los robachicos.

Una vez en el zaguán de la hacienda en derrota el niño fue aterrorizado por uno de los peones, quien le explicó con aviesa y traviesa intención que la roncha que tenía junto al ojo era debida a la picadura de una araña maligna. Y que el resultado habría de ser la segura muerte, contra lo que nomás había un encantamiento salvador: encontrar a medianoche otro raro insecto, una especie de chicatana, despanzurrarla con un cuchillo y untar el resultado en el piquete fatal. Desconsolado, el niño fue a pedir el auxilio de su nana, sentada junto al horno, en la tertulia vespertina de la gran cocina cavernosa. Iracunda, tomó al infante de la mano y se dirigió al zaguán, en donde el cotarro de los peones, atónito, soportó la terrible regañada de Tata. El socarrón inventor de la conseja no tuvo más remedio que pedir dispensa, avergonzado de la tropelía. El niño vio entonces el cielo abierto: una resurrección debida, como tantas veces, a la infalible nana protectora. Pasaban, piafando por la pastura cercana en las cuadras que Manuel González, el caporal, regenteaba, los últimos caballos de la tarde. La música de sus cascos acompañará por siempre el sentimiento de alivio y consuelo frente a la segura muerte que entonces, regalo perdurable de Tata, recibió.

Pero vuelta a la casa de la calle de Marsella. La señora del pelo de plata cantaba. No es seguro que el canario Luis aprendiera de ella sus trinos. Un día el pájaro se murió. Amaneció pico arriba, las patitas estiradas como para apresar el último aire. La señora, perdida en sus recuerdos, indeleble en toda su enérgica dulzura, en sus ironías filosas, en sus claridades contundentes, se murió también, pocos días después. Tata y Felis siguieron luego, ya en otra casa, su largo camino portentoso. Conversaban apaciblemente rumbo a misa, tal como lo suelen hacer Obelix y Asterix en los bosques galos.

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