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Jueves, 20 de Septiembre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. El aire se vuelve más denso mientras la carretera que se retuerce va cambiando sus decorados. Pasa la maravillosa ermita de las escaleras que guarda a su virgen multicolor. Aparecen los túneles verdes de la selva, una pequeña águila cruza como un relámpago. Al final la Bahía de las Banderas recibe a quien pasa con un abrazo azul e infinito. Vuelve la tentación de siempre: no hay más que vivir aquí, dejar de una vez por todas la ciudad fragorosa y mezquina e instalarse de por vida a intentar distinguir las notas elusivas del concierto del agua. En la orilla, milenios más milenios han trazado sobre la roca la dirección exacta de las mareas, y las piedras pulidas por la sal son un vasto museo del prodigio. Poco a poco se alza una casa esperanzada, y la muchacha italiana considera con todo cuidado los planos intrincados. “Te recuperé apenas en octubre”, dijo la musa de las adivinanzas. Corren los días, corre el equilibrista sobre el tenso filo de la navaja. Revientan las olas y restalla el sol. La vida es buena.

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Preciosa y el aire. La tarde entera es como una magdalena que revive el sabor lejano del té de la infancia. Ruedan las palabras morosas, regresan los recuerdos de antiguas cabalgatas, de livianas fatigas compartidas, de las huertas de donde los jinetes salían chorreando agua después de atravesar los cafetales, de la casa encendida que aguardaba al fondo de la tarde. Es ahora otro jardín y otros los tiempos. La muchacha que fue conserva la misma lozanía madura, la mirada que supo atravesar medio mundo, la sonrisa displicente de quien de tantas cosas regresa y sigue apostando, impasible, por los días que vienen. Algo se dice de arreglar un patio marroquí, de arremangar la enorme casa a su esencia, del magnolio que prodiga su sombra, de las aguas de la alberca impecable donde nadie se baña. Un retrato que alguna vez saludó desde el aparador de un fotógrafo a la moda da cuenta de la distancia y los años. La musa sigue hablando y el tono de su voz, eso debe ser, continúa atrayendo a los pájaros curiosos. De repente se calla y levanta así, como los guerreros que levantan su campamento, el sitio vertiginoso. No queda más que irse, el alma hipnotizada.    
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A bayoneta calada. Descansa plácidamente sobre el mueble de los libros. Quién diría. Debe de tener, a lo menos, doscientos años. Alcanzaría tal vez para haber brillado sobre el campo de batalla de una fulgurante victoria napoleónica, de haber sido humillada en las guerras carlistas. De algún modo derivó al fin hasta estos días. No cejó, sin embargo, en su vocación levantisca. Veinte años lleva en paz, pero antes de la tregua sirvió para limpiar de enemigos el camino rumbo a la altiva. Los cielos nublados de Barcelona la vieron pasar tremolante y sedienta, como un lobo perdido entre las calles grises e indiferentes. Pasó después de continente, orgullosa del deber cumplido, de la bravura y la sangre nunca mejor derramada. Si se la desenvaina, sabe contar historias terribles y magníficas: es peligrosa. Cuida sin hacer alarde de la casa, y si se ofrece, saldrá ineluctablemente al quite. Recuerda por su proporción y su filo al viejo cuchillo de caza montera que desde siempre tuvo un señor que ya no está. Si se queda el cuarto a solas, si el silencio es alto, se oye un rumor que entona:  

Sangre brava y pendenciera/ como un filo de puñal

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Una banda de Singapur: Paint the sky red. Música entre atmosférica y sideral. No cantan nada, todo se resuelve en ciertas guitarras que entonan algunos himnos triunfales, que musitan íntimas tribulaciones, dilatados gozos. El álbum en cuestión se llama, atendiendo las sentencias de JRR Tolkien Not all who wander are lost. Divisa, propósito, guía: no todos los extraviados ignoran su rumbo, no todos los que vagan carecen de un oriente. Tal vez sea una discreta orden: dejarse llevar por las derivas de los días, abandonarse a la corriente que nos aleja de la orilla sabiendo, que al final compasiva, nos conducirá a una playa distante; esperar las señales del aire, mirar como la muchacha del pelo rojo vuela y regresa, acatar el implacable designio de los niños que van alegremente dejando atrás los umbrales de su existencia. Todo esto y mucho más se puede pensar mientras los que pintan el cielo de rojo continúan sus exploraciones. A lo lejos, un velero da una bordada, y abajo las sirenas se deslizan entre las aguas levemente, también, rojizas. Una sale del agua, inverosímilmente se pone un sombrero de paja, mira su reino.

DR

 

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