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Domingo, 22 de Julio 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas. En el jardín itesiano de árboles raros y endémicos de la barranca uno hay que optó por florear con delicado estruendo. Es ahora una cascada blanca de pasmo y de gozo para quien lo mira. Pasan los muchachos, se detienen unos instantes: sin que bien lo sepan sus vidas acaban de mejorar. Poderío de los jardines: restañan, alivian, hacen pensar en otras posibilidades.

Por mientras el viejo jardinero cavila, enfrenta las cornadas de los días, saca conclusiones y persiste en sus trabajos como quien tiene toda una vida por delante. “Mientras el Patrón nos tenga por aquí…”. La frase queda largo rato en el aire que mece la bugambilia empeñosa.

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México. Larga la velada de la casa verde. Telúricas intermitencias. Pero no son más que los insensatos embates de los enormes camiones de carga, que bordean al bosque emitiendo, nomás por agredir la precaria calma, sus rugidos imbéciles. Pero, en ratos, entra por la ventana abierta el bendito y milenario silencio de las arboledas, como una gentil inundación de serenidad. Sin embargo, la vieja casa va absorbiendo los agravios, guardando en su trabazón la memoria acumulada de los ataques: y resiste. En prevención, el jardín de arriba se aligera, encuentra una aguzada esencialidad.

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Ocuilan. El pueblo yace sobre las tierras fatigadas. Desde el aire es posible denotar las vastas extensiones ganadas al bosque para los precarios cultivos, las casas desperdigadas, el triste relente de la pobreza. Recorriendo a pie el poblado aparecen de cerca los daños: la escuela completa que fue destruida por los temblores, las habitaciones desaparecidas, las iglesias rotas, arrodilladas. Junto a un arroyo espléndido y arruinado por los desperdicios se extiende un solar entre todos. Una señora viuda, su prole: dos mínimas cajas de cartones agujereados tratan inútilmente de abrigar sus vidas. Un tosco fogón en el piso de tierra da razón de la leña acumulada trabajosamente a lomos de una yegua flaca. Por todo haber, dos camas derrengadas en donde yace como puede todo el contingente. Por aquí sabe hacer un frío cortante y seco: qué pocas cobijas. Sólo el resplandor de los marcos de la Virgen, de un plástico chillante y dorado, explica el calor que salva de las mordidas glaciales de las madrugadas.

Las caras muestran una reciedumbre sonriente, habituada a la desventura y a la tan improbable esperanza. La señora trazó con todo cuidado sus deseos sobre un papel desgarrado. La disposición de los espacios muestra aún una centenaria sabiduría, un sobrio sentido común. Sigue una larga conversación, el relato discreto de una vida de trabajo extenuante, incesante. Un niño de meses es apacentado por su tío, un muchachito de ojos de capulín que no llega a los diez años. Todo por hacer. Las mancilladas vegas del arroyo explican mucho. A la propuesta de limpiarlo surge la fatigada certeza de que aguas arriba la gente seguirá tirando sus desperdicios a la corriente. Fatalmente. Es quizás esa condena la que explica tantas cosas: a quienes viven río abajo de la existencia terminan siempre por acumulárseles las consecuencias de la injusticia, del desarreglo de todo un sistema podrido.

Contra todo eso, a favor de lo que viene, se trazan ahora unas rayas fervorosas que se quieren capaces de albergar mejores vidas. El papel desgarrado es la clave. La clave es también creer que un mínimo proyecto podrá tal vez sembrar en esos barrios desvalidos una semilla que podría extender sus modestos brotes entre el vecindario fatigado. Entre Ocuilan.

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Lo que una ventana dice. Cuatro, cinco macetas florecidas sobre el alféizar. Un azul en la herrería de trasuntos magrebís, en recuerdo del maestro Buendía, del maestro que tampoco ya está y quien para este color tanto guardaba sus preferencias. Un claro cualquiera sobre un muro, una meditada apertura a la intemperie, una bienvenida a la luz que llega, a las oscuridades trashumantes. Señal de vida, signo de todo lo que alienta y late.

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Losing my religion. Vaga por ahí una canción que, de alguna manera, mucho significó para una generación. Por esas químicas extrañas que suelen suceder solamente en determinadas veces sus acordes sintonizaron las frecuencias del aire de los tiempos, de una cierta ánima colectiva. Y esas canciones, en cierto modo elegidas por muchas gentes, van atravesando los años, haciendo su camino, reafirmando una vigencia que a su vez conoce nuevas metamorfosis. “Perdiendo mi religión”, investigando un poco, tiene poco que ver con cuestiones teológicas, que parecieran obvias. Losing my religion es en Estados Unidos una expresión sureña de antigua cepa que se refiere a la pérdida del control sobre sí mismo, del extravío de las riendas del propio comportamiento, del alejamiento de las ligas que mantienen la lucidez. A esta luz, el poema inventado por Michael Stipe y su banda, R.E.M., toma una distinta, inesperada dimensión. Y las olas de un mar mediterráneo se rebelan, de nuevo.

La vida es más vasta
más grande
y tú, tú no eres mí
los extremos a los que llegaré
la distancia en tus ojos
no, ya dije demasiado
lo he desatado

Soy ése en el rincón
soy ése bajo la luz
perdiendo el control
tratando de alcanzarte
no sé si pueda hacerlo
no, ya dije de más
y no dije suficiente

Creí oír tu risa
creí oírte cantar
pensé que te vi intentarlo

Cada susurro
de cada hora de la vigilia
escojo mis confesiones
y trato de seguirte
como un tonto herido extraviado y ciego
no, dije demasiado
lo he desatado

Considera esto
como el guiño del siglo
considera esto
el resbalón que me puso
de rodillas fracasó
y qué si todas estas fantasías
vienen a asolarme
ahora que demasiado he dicho

Pensé oírte riendo
pensé oírte cantando
pienso que te vi intentarlo

Pero fue tan sólo un sueño
era sólo un sueño, intenta, llora, por qué, intenta
solamente un sueño, nomás un sueño, sólo un sueño
 

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