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Domingo, 22 de Abril 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas: pájaro amarillo en la pérgola. Todo depende de la quietud. Baja de muy alto el silencio milagroso que al mucho rato propicia las visitaciones. De uno en uno, de dos en dos, los pájaros comparecen, primero revoloteando con cautela, luego posándose con infinita delicadeza sobre la rama escogida de la enredadera. Miran hacia todos lados, bien medidos tienen los peligros, las acechanzas del gato perezoso y artero. Comprueban la seguridad del lugar, se animan a bajar al plato con las morusas de pan para ellos dispuesto. Quien mira la escena sabe también que tal composición depende de su completa inmovilidad. Aparece entonces el pájaro nunca visto, el del amarillo esplendoroso, el de la estampa del peregrino que seguramente viene de muy lejos. Y canta. La mañana se abre con sus trinos en dos mitades. El instante dura quizás un parpadeo, o tal vez dure lo que dure la luz en los ojos que un día lo vieron.

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Si Pirro no hubiera caído en Argos bajo el gesto de una arpía o si César no hubiera sido apuñaleado a muerte. El pensamiento no puede borrarlos. El tiempo los ha marcado con su fierro y cargados con sus cadenas, están encerrados en la célula de las posibilidades infinitas que ellos han eludido. Pero eran posibles estas posibilidades que no fueron? O la sola posibilidad era la que fue? Teje, tejedor de viento.

Del Ulises de James Joyce. Traducción de Efraín González Luna, 1929. Los manuales de literatura consignan que no fue sino hasta 1945, en Argentina, cuando apareció la primera traducción al español de una de las obras cumbres de la literatura de todos los tiempos el Ulysses del irlandés James Joyce. El recuento total y poliédrico de una jornada en Dublín, del mundo interno de sus protagonistas, de inesperadas resonancias e inauditos e intrincados juegos verbales, de experimentos, hallazgos y extravíos en el corazón del lenguaje, en el ánimo de cada personaje, en el revelado, transfigurado espíritu de una ciudad y sus paisajes y recovecos.

Sin embargo está impreso, desde el citado año de 1929, el trabajo de limpia traducción –acompañado de un iluminador y de alguna manera deslumbrado ensayo- de un gran intelectual tapatío. Fue, éste sí, quizás el primer esfuerzo por verter a nuestro idioma una creación de la que su traductor supo muy tempranamente distinguir la formidable relevancia para las letras universales. La obra de Joyce fue impresa apenas, en París, en 1922. Las páginas de la célebre revista Bandera de Provincias (1929-1930) dejaron constancia del espíritu generosamente abierto al mundo, y al mismo tiempo fervientemente ocupado en asuntos de la región, de sus participantes. Y, a través de ellos, dejaron también constancia del más alto espíritu de su ciudad.

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El malabarista que no recibía dinero. (Mínimo homenaje a Firulais.) Se pasea entre las filas de camiones y coches atrapadas en el intenso tráfico. Su atavío es por supuesto extravagante, y sin embargo una más extraña elegancia es la nota que sobresale en su presencia. Mientras camina, va arrojando al aire naranjas de inusitados colores, pájaros exóticos, pequeñas estrellas incandescentes de brillos enceguecedores. Acostumbrados a tales actividades, quienes lo miran tardan –si es que lo hacen- en distinguir la índole única del prestidigitador. Solamente los niños son rápidos y certeros en reparar en el prodigio. Inútilmente piden alguna moneda a los mayores para compensar el espectáculo extraordinario, y raros son los que obtienen el óbolo de los malhumorados y distraídos conductores. Cuando, por la ventanilla extienden su homenaje, el payaso se quita el sombrero. Con gesto discreto hace surgir de él, centelleando, una moneda de oro. No recibe la limosna del niño azorado: en cambio, le entrega su áureo regalo con una sonrisa cómplice. Los mayores ni cuenta se dan de la misteriosa operación. Se afirma que aún quedan niños de entonces que atesoran su moneda, y que, a través de los azares de la vida, les ha procurado una risueña paz, un duradero consuelo.

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La plaza del Dos de Copas es una cotidiana fiesta. La usura del tiempo obliga a recordar la vigencia de ese apelativo popular con el que fue insuperablemente bautizada la oficialmente llamada Plaza de la Liberación. Veámoslo así: las dos manzanas que ocupa la plaza son, sobre el tapete tapatío, una prestigiosa carta entre todas con las que la ciudad va definiendo su suerte. Sobre el naipe, en clave por supuesto de la antigua baraja española, se despliegan dos copas –el par de fuentes airosas- de un viejo dorado de canteras de Atemajac. Los trabajos de los albañiles se extienden por todos los rumbos citadinos. Invariablemente suena la hora del almuerzo, de la lumbrada y las tortillas, del breve descanso. En ese frugal rato los operarios conversan, reposan, se distraen. No falta quien saque un fatigado mazo de baraja española. Tres o cuatro de ellos se entregan entonces a una intemporal partida de conquián, juego que por siglos ha sido de su preferencia, y cuyo misterio ellos guardan. De esa honda raíz popular, durante los trabajos de construcción de la plaza, debió haber surgido el nombre, claro y liviano, evidente para las miradas sabias.

Los boleros se agrupan del lado de catedral. Lo obvio parece ser que buscan la sombra que los ampare del bravío poniente. En realidad existe el tácito acuerdo sobre la construcción de un rincón urbano de calma y honrado trabajo. El parroquiano se arrima al bolero de su elección, averigua la disponibilidad del servicio, sube a la silla. Resulta entonces que el sitial, apenas unos centímetros más alto que la mirada de los que por allí caminan, se convierte en un humilde y democrático trono. Las perspectivas se amplían, el dominio del espacio es sorprendente. El movimiento completo de la plaza, sus mansas mareas se comprenden. Es posible la consideración de tipos, talantes y atuendos; mirar el deliberado vuelo de las palomas, apreciar los dorados cambiantes sobre la frente del teatro. Veinte minutos de noble labor sostienen el gozo, son el cimiento de la ciudadana maravilla.

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Existen poemas que entregan para siempre la clave de ciertos días, de determinadas ceremonias. Su música, indeleblemente impresa en las ignotas circunvoluciones del cerebro, ayuda a dar sentido a los días y los años que van pasando. Tal resulta el caso de The Journey Of The Magiquizás una pieza central de una de las voces mayores de la poesía del pasado siglo: T.S. Eliot. Va, de nuevo, otra versión.

El viaje de los Magos

Una fría jornada tuvimos,
Justamente en la peor temporada del año,
Para un viaje, y tan largo viaje:
Los caminos hondos y el clima filoso,
El preciso fondo del invierno. 
Y los camellos renegaban, patas desolladas, renuentes,
Yaciendo en la nieve que se derretía.
Hubo veces que extrañamos 
Los palacios del verano en las laderas, las terrazas,
Y las muchachas de seda que traían el helado. 
Pero entonces los camelleros maldiciendo y renegando
y huyendo, y reclamando su licor y sus mujeres,
Y las lumbradas apagándose en la noche, y la falta de refugios,
Y las ciudades hostiles y los pueblos ingratos
Y los caseríos sucios y cobrándonos caro:
Una dura temporada tuvimos.
Al final preferimos viajar de noche,
Durmiendo a retazos,
Con las voces cantando en nuestros oídos, diciendo
Que todo esto era una locura.
Entonces al alba llegamos a un valle templado,
Húmedo, más bajo que la línea de nieve, oloroso a vegetación;
Con un arroyo corriendo y un molino que golpeaba la oscuridad,
Y tres árboles contra el cielo bajo,
Y un viejo caballo blanco se alejó al galope en la pradera.
Llegamos entonces a una taberna con hojas de viña sobre el umbral,
Seis manos y una puerta abierta jugando por monedas de plata,
Y pies pateando los odres vacíos. 
Pero no hubo información, así que seguimos
Y llegando al anochecer, ni un momento adelantados
Encontramos el lugar (podrías decirlo) satisfactorio.

Pasó todo esto hace mucho, me acuerdo;
Y lo haría otra vez, pero anota
Anota esto
Esto: ¿Fuimos guiados todo ese camino para
Nacimiento o Muerte? Hubo un Nacimiento, ciertamente
Tuvimos evidencia y ninguna duda. Había visto el nacimiento y la muerte,
Pero había pensado que eran diferentes; este Nacimiento fue
Una dura y amarga agonía para nosotros, como la Muerte, nuestra muerte.
Regresamos a nuestros lugares, estos Reinos;
Pero ya no contentos aquí, en la vieja disipación,
Con gente extranjera aferrándose a sus dioses.
Estaría agradecido de otra muerte.

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