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Sábado, 17 de Noviembre 2018

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Diario de un espectador

Por: Juan Palomar

Diario de un espectador

Diario de un espectador

Atmosféricas

. Afuera, el jardín canta las loanzas a quien todo gobierna. Acata, levanta un silencioso aleluya por todo lo que es, por el último de sus retoños, por el primero de sus renuevos que saludará al año que despunta. Dos niños se acurrucan junto a la chimenea. Miran hacia un viejo sillón que con ellos cuenta la quinta generación de acoger el gozo y la pena. No pueden acordarse, pero en la sangre la memoria pervive, navega y habrá de fructificar, de una noche de estas, en el benévolo frío del invierno tapatío de hace más de setenta años, cuando dos amigos pasaron la noche en vela, al calor de la lumbre y de una botella de coñac, con el butacón de cuero y el sillón rojo arrimados al borde de la fogata, especulando sobre lo que vendría. Poco sabían de los contados días que entonces aguardaban a uno de ellos, de la cabalgata del día que se alzaba, del indestructible hierro de la amistad y el cariño, de la flama que el superviviente alentó, por el que se marcharía, a lo largo de toda su vida. De alguna manera, esa inconmovible fidelidad a los amigos es lo que ahora miran esos niños: y misteriosamente, entienden. Pero, luego, ahí están el par de jinetes, vestidos de punta en blanco, las botas de montar relucientes, parados sobre las mismas gradas del zaguán de siempre. Así da cuenta alguna fotografía desbalagada y presente. El Jimmy Boy, la Dorada, el Carey…

Contaba el señor que ya no está que, no mucho después, los dos amigos hicieron un fatigoso peregrinaje a un determinado cerro por insistencia de quien se iba. Allí había sido fusilado un su antepasado, quien enfrentó la muerte con singular gallardía. Allí, el deudo sacó la pistola y procedió con determinación a efectuar la salva de los veintidós disparos en honor y homenaje al ancestro caído por la fidelidad a su palabra. Regresaron, parece, en silencio, considerando el paisaje diáfano, los llanos indiferentes y de alguna manera cómplices. Algo esencial se había cumplido.

Rodaron los meses. Apareció la enfermedad, apareció la morfina, la irónica entereza. Quien había dedicado una salva al coraje y el estoicismo del héroe sabía que el camino rumbo a la muerte estaba claro. Y también lo estaba, en su aristocrática reticencia, su propio talante frente al tránsito inminente. En el México de los primeros años cuarenta se reunió el grupo completo: los cincomil. Según esto, era el lugar de moda, las muchachas dejaban al pasar un relente de promesas instantáneamente rotas, el champán corría, la conversación y las risas se sobreponían a la punzante despedida del desahuciado. Ya para cerrar la nuit de princes -que hubiera dicho su muy leído Joseph Kessel- el amigo en fuga pidió una última canción. Alguien sacó un cigarro, para el preciso caso, un delicado. Mientras discurrían las notas cada uno de los cinco escribió algunas palabras, y su firma, sobre el leve papel de arroz. Pocos días más, las dosis de morfina crecían, contaba el señor que ya no está de las dificultades vencidas para obtener los suministros en minuciosas cajas de madera con las ampolletas de vidrio correspondientes. Una era la última.

Queda el testimonio de una muerte serena, de la sonrisa siempre irónica traspasando los dolores atroces. Y las sábanas olían a pólvora, al agua de colonia que el amigo dispensaba con su contenida congoja.
Queda también, en una muy deliberada cajita de cartón, el delicado, un poco desecho por los años. Pero bien que se leen las palabras, las firmas. Bien que se oye, al abrirla, un como tango de la guardia vieja. La guardia por el entrañable, el primero que se iba. La guardia por todos los demás, hace mucho idos. Pero que aquí regresan. La guardia por los presentes ahora, los que habremos de irnos, uno por uno. Todo esto, los niños -los pequeños príncipes que como todos los niños son- de ahora lo comprenden oscuramente mientras se aguardan al amor de la misma lumbre, mientras fijan la mirada en el vetusto sillón, mientras captan el brillo del coñac en una copa que se levanta con discreción a su salud. Y a la salud de estas imbatibles corrientes subterráneas de la amistad y la fidelidad, del coraje y la valentía frente al mundo, de la fe incombustible y la alegría callada que un viejo sillón guarda para ellos, para los que vienen. Al paso, quizá conviene nombrar al amigo de sus amigos, de los caballos, la pólvora y la morfina. Al amigo que en La Votiva sería al final despedido. A quien ahora entrega su heredad y su memoria a esos niños que nada supieron de él: y todo lo saben. Era Alberto Frank Fortuño.

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Oaxaca la tumultuosa, la tumultuaria. Una belleza a la vez abrumadora y sutil envuelve a quien llega a la antigua Antequera. La secular costumbre de los indios prosigue: bajar a la ciudad, deambular, prender veladoras, comer en los mercados. Infinitamente más elegantes que la chusma de los turistas clasemedieros vociferantes y vestidos con lamentables disfraces de turistas. Pero la ciudad vence casi cualquier circunstancia, impone su majestad sobre la minucia de los días. La catedral continúa prodigando sus mansas y esplendorosas lecciones, y una escalera precisa que sube a la linternilla de la cúpula es como la pequeña nota necesaria para dar el tono, mayor y mesurado, de una sinfonía interminable. El patio del convento de Santo Domingo contiene una luz que en este planeta es única. El purísimo resplandor de sus canteras transfigura el aire y todo se vuelve una alabanza. De dónde pues sacaron los dominicos de hace cinco siglos este refinamiento que llega a lo obsesivo, al estricto ritmo de los órdenes, a los claroscuros de unos corredores que seguramente llevaron al cielo a tanto monje meditabundo. El resplandor rojizo encuentra en esos colores su más alto contraste. Las salas están llenas de prodigios que sólo entenderá quien prescinda de las destartaladas etiquetas del Inah. Alguien debiera, à la Malraux, seleccionar y escribir un recuento de ciertas maravillas que entre tanta cosa se ven sepultadas.

El Jardín Botánico es, como siempre, prodigioso. Cabe aquí una modesta iniciativa: Francisco Toledo debiera recibir de inmediato la medalla Belisario Domínguez, los más altos honores de un país, de un estado y de una ciudad que tanto le tienen que agradecer. Gracias a su genio y a su temple, a su generosidad y su obstinación, Oaxaca es ahora lo que es: fundador de instituciones, mecenas espléndido, defensor contra la barbarie y la vulgaridad, arquitecto y jardinista de excepción, artista proteico e inconmensurable, maestro de generaciones. (Y además le tumbó en cinco minutos, una vez en París, la novia al mismo Octavio Paz.)

Zacatecas la de don Federico Sescosse, Oaxaca la de Toledo. Y la orfandad de Guadalajara. En fin. Pero, volvamos: alguien debiera hacer un libro muy bonito, muy sutil y documentado sobre Francisco Toledo, el arquitecto. No nada más porque el de Juchitán sea un muy aventajado discípulo de Vitruvio, sino porque es de los rarísimos maestros que ha logrado arquitecturar su vida para generar un todo abarcador y coherente entre la pintura, el dibujo, el grabado, la fotografía, la escultura, la cerámica…y la arquitectura, que incluye por supuesto a sus extraordinarios, únicos jardines. Es como si ese genio hubiera sabido condensar, o hubiera recibido el don, de encarnar y transmitir los códigos genéticos de su tierra, y por extensión, de la Tierra. Su magisterio es tan evidente como legendario. Todo Oaxaca lo reconoce y lo respeta, lo ve pasar entre ellos, de lejos o de cerca. Nada parecen hacerle las consabidas envidias, las maledicencias interesadas: es el maestro.

No se puede, desde luego, olvidar la pléyade de oaxaqueños que ha rodeado o hecho esencial contrapunto a la trayectoria de Francisco Toledo. Desde Tamayo, Rodolfo Morales, Sergio Hernández, Rubén Leyva, tantos otros. Pero fue él quien, para usar la metáfora futbolística, se echó al equipo oaxaqueño a la espalda y lo llevó a una clamorosa victoria, a su actual auge. Para beneficio de millones de oaxaqueños, de mexicanos, de visitantes extranjeros.

Se puede hablar, por ejemplo, de San Agustín Etla. A partir de una vieja fábrica textil en ruinas y de una primorosa iglesita neogótica, Toledo dispuso una sucesión de espacios que llevan del pasmo a la sorpresa. Y que, primero que nada, resultan de una contundente utilidad. Para aprender artes y oficios, para exponer arte (como la estupenda retrospectiva actual de la fotógrafa Graciela Iturbide), para entender la belleza y el esplendor del mundo. Un hilo único podría generar una iluminadora visita: el del agua. Estanques quietos y otros que se escalonan, sucesiones de fuentes naturales donde cantan corrientes recién nacidas, canales de una infinita sutileza. Espejos para mejor ver pasar las nubes altísimas, borbotones tranquilos: todo lo necesario para devolver la paz al encrespado.

Como quien no quiere la cosa, el arquitecto jardinero dispone las especies exactas, los contrastes adecuados. Sabe cuándo acentuar el efecto, y cuándo sugerir levemente a la atención ciertas maravillas. Conoce de tierras y de sus colores como nadie, y ha enseñado cómo un humilde pavimento de suelo natural puede ser la más suntuosa de las alfombras; sabe qué vestigios industriales serán los acertados para rememorar la historia, y cuáles innovaciones sabrán hermanarse con el devenir de los tiempos. Compone espacios recuperados o nuevos, puertas justas, ventanas inocentes y sabias. Pone sordina a la grandilocuencia y recuerda a López Velarde si éste hubiera sido arquitecto y hortelano. Entrega con unos cuantos trazos, en un ámbito reducido, a toda la suave patria. Y también a la patria bravía, la de las biznagas, las pitayeras, las acacias en flor, las piedras indomables.

Un niño, sentado sobre las piedras de la calzada, dibuja laboriosamente en sus cuadernos escolares. A su alrededor expone cuatro o cinco hojas arrugadas sujetas con piedritas que evitarán su dispersión. Debe tener cinco o seis años, y hace caso omiso de las necedades de los curiosos. Profundamente concentrado, saca otra idea de su imaginación, saca punta a sus lápices de colores y prosigue con su labor taumaturga. Por fin hace caso de la voz de quien pasa y tímidamente le pregunta si puede comprarle un dibujo. El niño asiente, con la altivez de quien sabe que no hay dinero que pague lo que hace. Fija un precio cualquiera, le da lo mismo. A petición insistente, accede a firmar el dibujo. Pone en letra diminuta su nombre; y luego, un letrero muy claro: OAXACA. Oaxaca, la de Francisco Toledo, la de su progenie.

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