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Lunes, 20 de Agosto 2018

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De las cosas del café

Por: Paty Blue

Y yo que al café ni en el mundo lo hacía y constituía apenas un recuerdo del infaltable ritual vespertino de mi madre que se lo preparaba, directo del sobre, a una ollita de agua hirviente que luego hacía pasar por un colador. Aquel brebaje de color más negro que la negra noche nunca me sedujo, como tampoco lo hicieron las incitaciones de mis condiscípulas que, en temporada de exámenes que acortaban la jornada regular de clases, nos ofrecía un apetitoso tiempo libre que rematábamos en bola, en la hoy desaparecida nevería Chapultepec.

Ni por quedar bien con su mundana costumbre de sorber café y chupar un cigarrillo, fui capaz de renunciar a mi vaso de limonada con mucho hielo que, según ellas, descomponía el escenario en el que un rondín de adolescentes en plena revolución hormonal jugábamos a ser adultas, pero yo no tenía prisa por crecer, aunque no pocas fueron las burlas y chuelas que hube de apechugar por mi deseo de no saltarme la etapa de las malteadas y las aguas frescas.

Pero dónde creen que un buen día, algunos añitos después, conocí y entré en tratos con un buen mozo de largas pestañas y seductora voz que, cuando la relación trascendió la banqueta y se estableció como formal noviazgo en la sala de mi casa, se tomó la confianza de pedirme que le invitara un cafecito que se volvió costumbre y tradición durante sus visitas.

Fue ahí que, lo que no hice por mis compañeras de escuela, lo acogí gustosa con tal de quedar bien con el novio a quien no podía dejar que tomara café sin la complicidad de su reciente conquista. Huelga decir que en mis primeras degustaciones de tan popular infusión violé todos los preceptos del buen bebedor de café, comenzando por las escandalosas dosis de azúcar con que pretendía yo ingerir aquel brebaje amargo, tan distante de las malteadas de fresa y limonadas que me complacían tanto, pero todo fue cuestión de aplicarme y tomar conciencia de la solidaridad que debía yo ejercer hacia quien pronto se convertiría en mi esposo durante un plazo sin vencimiento fijo.

Así llegó la época en que el grito de ¡cafecito! se volvió el saludo mañanero, en la seductora voz del galán convertido ya en mi compañero oficial, que en cuanto despegaba las dos hileras de sus largas pestañas reclamaba lo que, evidentemente, era un vicio al que el matrimonio no le haría renunciar. Y ahí fue que, ya con la lealtad conyugal bien entrenada, me adosé la madrugadora costumbre del café para empezar el día, y hasta el gusto le agarré a esa rutina sin la que, hasta la fecha, Morfeo y Juan Pestañas se niegan a abandonarme, antes de tener que espantarlos con la regadera.

Lo que nunca imaginé fue que llegaría el día en que mi apreciado cónyuge, ya sin luengas pestañas pero con su melodiosa voz intacta, me reclamaría que algo estaba sucediendo con el café insípido que me estaba haciendo quedar tan mal porque ni siquiera seducía su olfato, como lo hacía en tiempos pasados. Me di cuenta, entonces, que lo que yo suponía que era un cambio de imagen en la marca a la que nos habíamos acostumbrado, era en realidad un cambio de producto, sin relación alguna con el anterior.

Eso me llevó a procurar en el mercado una fórmula que no pusiera en riesgo mi empeñoso y romántico historial cafetero, pero confieso que no me fue fácil responder al interrogatorio que me hicieron para saber con precisión lo que andaba buscando: que si caracolillo o planchuela, o los dos revueltos; que si molido regular, medio o fino; que si para olla o para cafetera; que si ésta con filtro de plástico, de tela o de papel; que si en empaque normal o en bolsa sellada. La empleada que me atendió, al ver mi cara de estupefacción, jamás imaginaría el affaire que el café y yo hemos tenido por tantos años.

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