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Viernes, 25 de Mayo 2018

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Cómo se induce el voto

Por: Guillermo Dellamary

Cómo se induce el voto

Cómo se induce el voto

El modelo de incipiente democracia que tenemos nos conduce a que la participación ciudadana sea prácticamente más un acto emocional que uno racional.

Tal vez encontremos algunas personas que sí hagan una elección consciente y bien ponderada, acorde a las propuestas y a la plataforma ideológica. Pero la mayoría del electorado se mueve en el territorio de las emociones y los afectos.

“Me cae bien”, “me agrada”, “me gusta”, “me genera ilusiones”, “me da miedo”, “me produce incertidumbre”, “es buena persona”, “está guapo”, “es inteligente”, etcétera.

La apreciación e imagen de la persona es mucho más importante que todas las demás características que debe de poseer un candidato a cargos de elección popular.

Por lo tanto la manipulación de esa imagen, resulta una forma evidente de inducir el voto. De aquí la importancia de la mercadotecnia política, que se ha encumbrado en la atalaya de las herramientas del poder, y es así que los medios de comunicación, incluyendo las redes sociales, juegan un papel determinante.

El juego sucio tiene también un desempeño significativo y protagónico, pues se trata de crear la imagen de limpio o sucio, corrupto o no, justo o injusto, bueno o malo, capaz o no.

La imagen es lo que proyecta una persona para que quede almacenada en la mente del espectador y genere la emoción que se desea asociar. No importa la realidad en sí ni la autenticidad de su identidad, sino la apariencia. El currículum político es el que cuenta, no del perfil personal, del cual llegamos a saber muy poco.

Se construye un arreglo de la persona al antojo de las necesidades y percepción de los electores, particularmente generando ilusiones deseadas y configurando una impresión que perdure. De tal manera que los seguidores mantengan una filiación emocional perdurable hacia su candidato preferido.

Algunos especialistas, lo llaman lealtad a la marca, como si se tratara de vender un producto. Es como generar un estrecho vínculo, sutil y pegajoso, para que el público opte por un candidato que le genere esa emoción que lo hará tenerlo como la opción predilecta.

En general, la forma más común de manejar las emociones son la esperanza o el miedo. La primera promueve las ilusiones básicas para generar una visión futura de mejoría y justicia. La segunda, trata de provocar miedo a lo negativo que pueda hacer con el poder.

Una vez que un candidato ha penetrado en las emociones del electorado, y en forma individual ha hecho una selección, es muy difícil que cambie o se retracte. De aquí la filiación y terquedad por sostener su decisión.

Y si aún no lo ha hecho, se queda en el terreno de los indecisos con enormes incertidumbres. Lo que los convierte en uno de los platillos más atractivos para los manipuladores de la inducción al voto.

Un factor muy importante es convencer a los votantes que su participación es fundamental y que de ellos depende la democracia.

Pues el enemigo de la manipulación es la indiferencia.

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