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Sábado, 20 de Octubre 2018
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¿Cómo llegamos a 1984 y al Mundo Feliz en 2018?

Por: Sergio Aguirre

¿Cómo llegamos a 1984 y al Mundo Feliz en 2018?

¿Cómo llegamos a 1984 y al Mundo Feliz en 2018?

“Ante el tribunal no valen las pruebas”. F. Kafka.

Lo digo con toda responsabilidad. Nos encontramos dentro de una etapa histórica mundial, —como todas terminará—, donde la política es quizá el receptor más afectado en uno de sus pilares, dada la revolución o transformación de la comunicación. Ya se ha dicho aquí. El voto es la materialización de un gobierno de opinión, o la democracia. Y por eso la opinión pública es fundamental. De ella, además de por nuestras motivaciones o saberes, tomamos nuestras decisiones al decidir votar o para qué hacerlo. En los regímenes no democráticos o autoritarios, es la fuerza del montón y por ello del más eficiente amontonador. Y ahí la opinión pública es aniquilada.

Pero antes, la opinión pública se equilibraba así: la comunicación de arriba hacia abajo, matizada por todas las elites, políticas, religiosas, civiles, empresariales, académicas y sociales, era la más relevante. Cambiaron las cosas. La televisión  por ejemplo, como el más destacado medio audiovisual, sigue siendo el principal propagador de la emotividad y de donde la gente recoge opinión a su sentir, pero ya no marca la agenda. Los diarios atienden también no solo lo reflejado por la televisión y radio, y hechos sino de forma directa, a las redes sociales.

Casi nunca se daba el mecanismo inverso: la ebullición de abajo hacia arriba. Hoy, todos los días, cualquier cosa relevante o irrelevante se viraliza sin contención y a la mera matizado por los líderes de opinión ya sean en redes o en los papeles. Imposible de contenerlo hasta rebasar a la antes poderosísima televisión. Si no se vende lo viralizado, no se vende. La relación horizontal también ha cambiado. O más bien expandido. Nadie niega los beneficios de estar conectados en una plataforma amable e incluso juguetona con sus amigos de todas las etapas de su vida, grupos familiares, o de negocios. O incluso para ampliar relaciones personales, o emprender proyectos políticos. Muy positivo, pero al mismo tiempo es lo más peligroso.

¿Porqué? Ya sabrán de todos los escándalos, donde el ícono ha sido Facebook y de pasada WhatsApp. Recién su mandón presentado ante el Senado gringo. ¿Cual es la bronca? Se han usado nuestros datos contra nosotros mismos. En contra de nuestras relaciones personales, vendiéndose a nosotros sobre el otro. Vanidad y superioridad. Fortaleciendo nuestros prejuicios. Donde la polarización salvaje (incluyendo entre las familias) es la finalidad para manipular conductas, y sobre todo las políticas. Ya no solo somos información para analizar y espiar, sino datos a placer de uso, de acuerdo a nuestras debilidades descubiertas por fórmulas matemáticas.

Obedientes a la “1984” de Orwell. Y disfrutando del “Mundo Feliz” de Huxley. Con cada Like. Con cada palabra puesta en Internet. Con cada búsqueda. Donde todos somos el Salvaje de Huxley, pero creemos no serlo por indicación de todos de los Ministerios de Orwell. O sea: somos unos perfectos brutos o brutos perfectos sin saberlo. La doma (la droga perfecta) de hoy bajo una ilusión incomprensible. La de la perfección política como realidad.

Ya pasará esta etapa. ¿Cuánto nos costará? ¿Cuántos años de autoritarismo y destrozos, si la libramos? ¿En dónde, cómo y a cuál nivel? Porque parece un pasaje necesario. Autoritarismo para engañarnos. De nuevo. Pero distinto. Más ciego. Con tanta información.

sergio@aguirre-consultores.com.mx / @seraguirre)

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