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Jueves, 21 de Junio 2018

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Bancos, chocolates y un cartero

Por: El Informador

Bancos, chocolates y un cartero

Bancos, chocolates y un cartero

Por Mauricio Giaconía

El lunes 2 de febrero de 2004, un día después de haber derrotado a Marat Safin en la Final de Australia para ganar su segundo Grand Slam, Roger Federer se convirtió en el 23° jugador de la Era Abierta del tenis en alcanzar el liderazgo del ranking mundial. Era el primer suizo en lograrlo y, desde entonces, enhebró la serie histórica más larga de un mismo tenista como número uno (237 semanas) hasta que lo desbancó Rafael Nadal el 18 de agosto de 2008, luego de haber ganado el oro olímpico en Beijing.

Habrán pasado 14 años y 17 días desde aquella primera vez cuando mañana el ranking de la ATP vuela a tener a Federer, nuevamente, como su líder supremo. Es muy tangible para nosotros, sus contemporáneos, corroborar que el jugador que nos exterminó los adjetivos reluce mejor que nunca en todas sus facetas. Se lo ve más joven que los 36 y pico que porta, más jovial, intacto físicamente, su juego resplandece y su cabeza parece haber entrado en un estado de gracia tal que le transmite a su muñeca mágica órdenes que ninguna cabeza jamás mandó y la muñeca obedece con respuestas que nunca nadie jamás dio. Dura tarea tendrán las generaciones futuras para entender cómo existió un ser tan increíble que jugaba cada día mejor (y esto es literal) cuando más viejo se iba volviendo, en un deporte donde los condicionantes físicos son elocuentes.

Mucho hizo Federer fuera de la cancha para lograr las hazañas que encadenó en los últimos 13 meses. Luego de perder la Semifinal de Wimbledon 2016 ante Milos Raonic, llegó la primera lesión seria de su la carrera. “Me lesioné bañando a mis hijos. No es la manera en la que quería retirarme de este juego”, bromeó sobre la rotura de meniscos de la rodilla izquierda que lo llevó al quirófano y lo hizo terminar el año en el puesto 16 del ranking. Esa decisión fue de extrema dificultad porque se perdió los Juegos Olímpicos de Río y la segunda mitad del año, que es la que más partidos ganados y puntos le ha dado en toda su carrera. El otro borrón y cuenta nueva fue no jugar más sobre polvo de ladrillo, su superficie menos favorita y la que le quita mucho más de lo que le da a la reserva física que aún le queda. Y el resultado de esos golpes de timón fue, sin dudas, demasiado exitoso hasta para él mismo: tres torneos de Grand Slam ganados de cuatro que jugó, récord absoluto de ocho coronas en Wimbledon y el retorno al número uno del mundo.

“Ha sido un largo camino, y a veces ventoso, pero se siente surrealista estar de nuevo en la cima. Estoy feliz de estar saludable y de jugar al tenis todos los días”, escribió en su cuenta de twitter, unas horas después de su hazaña.

Tras vencer ayer a Andreas Seppi, hoy jugará la Final de Rotterdam ante el búlgaro Grigor Dimitrov (ganó el primer set y David Goffin se retiró en el segundo set). Ya se aseguró aventajar a Nadal por 145 puntos y si gana la Final (sería su título 97), tendrá 345 puntos más que el manacorí.

En una semana, Federer estará en Dubai, donde sólo defiende 45 puntos, contra los 300 que deberá mantener Nadal en Acapulco. Después, vendrá la tarea dura de Miami e Indian Wells, los primeros Masters 1000 del año (ganó ambos en 2017) donde tendrá que revalidar esos 2000 puntos para no perder el liderazgo (Nadal deberá defender 780 puntos).

Federer está en ese sitial de privilegio de los mejores deportistas de todos los tiempos al que sólo han sido invitados unos pocos. Con todo derecho, podría reclamar la cabecera de la mesa.

Cierta vez le pidieron a Wawrinka que defina a Suiza, su país, con las tres palabras que mejor lo representaban. “Bancos, chocolates, Federer”, respondió Stan, indubitable, aunque Roger dejó de ser, ya hace tiempo, patrimonio suizo.

En El cartero (1994), una de las mejores películas europeas de los últimos 30 años, Philippe Noiret, a quien amaremos eternamente por Cinema Paradiso, interpreta a Pablo Neruda durante su exilio en una isla de pescadores del sur de Italia.

Obviamente, es el habitante más notable, el único, además, a quien Mario, el cartero del pueblo (Massimo Troissi, quien murió de un infarto al día siguiente de finalizar el rodaje y fue nominado, póstumamente, (al mejor actor en los Oscar de 1995) tiene como cliente en su reparto de la correspondencia.

Se vuelven muy amigos. Mario, que es de pocas luces, está perdidamente enamorado de Beatrice Russo (María Grazia Cuccinotta), la camarera del único bar del pueblo, y hace propios unos versos que leyó en un libro que Neruda le regaló —y que el poeta había escrito en honor a su esposa, Matilde— para conquistar a Beatrice, quien queda impactada por el supuesto talento poético de Mario. Ante el desconcierto por el éxito de la conquista, Mario le pide a Neruda auxilio para salir del entuerto, pero el poeta se niega y le recrimina haberse adjudicado unos versos que no escribió.

“La poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita”, le retruca Mario.

Algo parecido nos pasa con Federer. Roger no es suizo, es de quien lo necesita, porque él es la poesía.

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