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Martes, 13 de Noviembre 2018

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Agresión imperdonable

Por: Paty Blue

Agresión imperdonable

Agresión imperdonable

Y conste que por él no quedó, y que de paciente se pasó, primero, tratando de localizar al propietario del vehículo en todas las casas y negocios de la cuadra, y luego, aguardando a que el insensato que por sus reales invadió la rampa de su cochera se dignara aparecer para enmendar su arbitrariedad y permitir que el dueño de la finca pudiera ingresar a su aparcadero particular.

Parecería mentira que aquel tupido y persistente sonido de claxon que llegó a oídos de más de una docena de vecinos que fueron reaccionando a tan sonoro reclamo, no hubieran alcanzado los del irresponsable que estacionó su auto justo donde no debía, ignorando tanto el mínimo respeto que la civilidad impone, como la señal de advertencia para que se abstuviera de obstruir un espacio de circulación ajeno.

El clamor popular manifestó su indignación, no sólo por el atropello cometido por aquel prepotente anónimo, sino por el riesgo que supone que un sordo y ciego haya obtenido su licencia de manejo y ande suelto por las calles. El evento no trascendió más allá de la atinada sugerencia de llamar a una grúa para encontrar a la unidad invasora un mejor sitio de estacionamiento en el corralón, pero el ofendido es una persona tan pacífica y decente, que le pareció una penitencia excesiva para el infractor y desechó de inmediato esa moción, junto con la insinuación de que le desinflara las llantas del automotor para meter al abusivo desconocido en un mayúsculo aprieto.

Al cabo de casi una hora, cuando ya la espontánea asamblea se había disuelto y cada cual había regresado a sus quehaceres vespertinos, una nueva alharaca convocó la atención de los vecinos pero, esta vez, no se trataba de una estridente corneta accionada por un conductor, sino de los destemplados bramidos de una damisela en apuros y en busca de un caballero medieval que la rescatara del trance, o al menos le auxiliara para encontrar al perpetrador del artero ataque del que se decía víctima inocente.

Cuando obtuvo la atención de un reducido grupo de transeúntes y comerciantes del lugar, le dio por despotricar contra la inseguridad de la zona, el irrespeto por la propiedad ajena y la intolerancia que nos tiene convertidos en una sociedad medio obtusa y salvajona, porque solo así se explicaba que el dueño de la cochera, a quien sólo le mermó un metro de acceso, por poco menos de dos horas, se hubiera tomado la ignominiosa libertad de pintarrajearle con pintura blanca (soluble al agua) el parabrisas de su carro con el ofensivo mensaje de “Te agradecería que respetaras mi lugar”.

No faltó quién le comentara que el ofendido anduvo buscando por la cuadra entera al chofer malparado, y que se había mantenido tocando la bocina hasta que casi se le agotó la batería, sin que nadie apareciera, por lo que se vio en la necesidad de ubicar su auto hasta dos manzanas más adelante. La explicación de la dama no tuvo desperdicio y corta se quedó al tachar al dueño de la cochera como un individuo deseducado e intransigente, porque no es posible que cualquier persona decente, comprensiva,  tolerante y de buenos modales pretenda que una señora de su distinguida condición, a quien le estaban tiñendo el pelo en el salón de belleza más próximo, saliera a la calle con la cabeza embadurnada de tinte y la cara embijada con exfoliante para removerle el bigote, nomás para ver quién demonios estaba pitando. Lo que calificó como un acto de imperdonable agresión podría haberla tenido como protagonista, si hubiera obligado al concilio callejero a ver a semejante esperpento moviendo su auto para no estorbar.

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