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Lunes, 17 de Diciembre 2018

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A treinta años de la muerte de Luis Barragán

Por: Juan Palomar

A treinta años de la muerte de Luis Barragán

A treinta años de la muerte de Luis Barragán

Conmemorar un hito desde el tránsito mortal de un artista es traer al presente, y de cara al futuro, la significación de la vida de un hombre que dedicó sus afanes a lo que él mismo llamó “ser un instrumento de la belleza.” Luis Barragán dedicó su trayectoria vital, sin concesiones y con una constancia ejemplar, a la búsqueda de lo que San Agustín definía como “el orden esplendente” que manifiesta la verdad y hace posible el profundo acuerdo de un acto de creación que genera la belleza.

Con la perspectiva de todos estos años es ya una realidad establecida en la historia de la arquitectura el hecho de que el maestro tapatío forma parte de los arquitectos más importantes y significativos del pasado siglo. Así lo testimonian textos y antologías de estudiosos de la disciplina de diversas partes del mundo. Pero, sobre todo, así lo hace vigente la visión de sus obras, intransferible encuentro que refrenda, con cada experiencia, un acceso único e individual a una postura estética, y por lo tanto ética, frente al mundo.

Conviene entonces recordar el centro de las preocupaciones de Luis Barragán en el panorama de la arquitectura contemporánea, esto es, la fuerza primordial que logró comunicar algo único y trascendente dentro de la evolución artística de las pasadas décadas. Quizá se pueda hablar entonces de la búsqueda del encuentro con la poesía espacial, con el conjunto de recursos y soluciones que logran dar a sus espacios una resonancia conmovedora, una transmisión de una armonía más alta y más acendrada capaz de  transfigurar el hecho cotidiano de habitar en una vivencia que logra llevar al espectador a los planos más altos de sus experiencias estéticas y espirituales. Al lugar de lo inefable.

Dentro de las claves que el propio maestro tapatío dejó expresamente enunciadas como guías de sus esfuerzos se encuentran la procuración del embrujo, la magia, el misterio, el sortilegio, la compañía del silencio, la inextricable unión de los jardines con los recintos íntimos, la serenidad. Esas claves fueron imbuidas en su espíritu por su muy temprano contacto con el campo y la arquitectura rural y popular, con los conventos y haciendas centenarios, con la belleza recibida en los distintos ámbitos artísticos, en la literatura, en los viajes.

Su herencia está lejos de ser simplemente un legado fijo en el pasado. Como toda gran obra de arte, sus efectos han encontrado y encuentran en nuevas miradas interpretaciones inéditas, vertientes estéticas y vitales que abren otros caminos, que fecundan particulares sensibilidades y propician una apertura al futuro, a la creación y la inventiva inéditas. Es en esto, tal vez, en donde se puede medir la verdadera trascendencia de un arquitecto que logró elevar su quehacer a las más altas cotas de la expresión artística de todos los tiempos.

Su casa de Tacubaya, la Casa Museo Luis Barragán, que durante todos estos años ha sido el centro de la memoria del arquitecto, continúa estas labores dentro del mismo espíritu. La vuelta de las generaciones encuentra, en arquitectos y jóvenes aprendices, en artistas y espectadores de diversas procedencias, junto con las demás obras de Luis Barragán, una invaluable fuente para esa búsqueda de la esencial poesía de la vida, para la consecución de lugares para el hombre más bellos, más útiles, y al final más justos para su dignidad y sus aspiraciones.

jpalomar@informador.com.mx
 

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