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Martes, 13 de Noviembre 2018

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1980: Palladio en Guadalajara

Por: Juan Palomar

1980: Palladio en Guadalajara

1980: Palladio en Guadalajara

Corrían los meses de ese año, del que pronto se cumplirán los 40. Una efeméride de gran relevancia para la arquitectura mundial sucedía sin que en Guadalajara nadie pareciera hacer mayor aprecio. Se trataba del cuarto centenario de la muerte de un arquitecto central en la historia universal. Tenía que ser Ignacio Díaz Morales, alma de la arquitectura jalisciense por más de seis décadas, quien enarbolara la figura fundamental de Palladio y buscara reivindicar su vigencia entre nosotros.

Al efecto formó un muy notable comité, en el que figuraban Luis Barragán, Gonzalo Villa Chávez, Jorge Camberos y otras personalidades del gremio en quienes, sin duda y en diferentes registros, el arquitecto italiano había dejado una huella perdurable. El acto central de la conmemoración fue un concurso abierto para escribir un ensayo sobre Palladio.

¿Qué tiene que ver este aparentemente lejano artista renacentista con la enseñanza y la labor edilicia de Guadalajara? Todo, si se pone atención. Nada, si se examina la producción de aquellas épocas, que desde hacía años naufragaba –con raras excepciones– entre un funcionalismo agotado, la simple ansia de ganancias fáciles y el despertar de un posmodernismo derivativo y de pacotilla.

Sin embargo, la savia heredada con increíble potencia por Palladio subsistía en la cuenta larga a través de sutiles avatares en producciones muy diversas, expresada en los imperecederos principios de utilidad, solidez y belleza que el toscano a su vez había heredado y reivindicado de “nuestro padre Vitruvio”, como Díaz Morales solía decir.

De Manuel Tolsa, José Gutiérrez, Jacobo Gálvez, Manuel Gómez Ibarra a las posteriores generaciones de ánimo más ecléctico: Guillermo de Alba, Luis Ugarte, Alfredo Navarro Branca, Luis Prieto Souza… las enseñanzas, más o menos visibles de Palladio dejaron huella en Guadalajara en las hechuras de muchos arquitectos. En las generaciones modernas, digamos a partir de 1955, ese influjo se diluyó en un ansia de modernidad que incluía su consabida afición por la tabula rasa y la ilusión de la “novedad”. Y sin embargo, entre los mejores arquitectos, entre los que conocían sus verdaderas raíces, jamás se perdió esa línea conductora que significa el puente que Palladio estableció entre la antigüedad griega, el Renacimiento y su potentísima proyección hasta nuestros días. El número, la razón, la armonía, la cabal y refinada composición espacial, el noble uso de los materiales.

Dos ejemplos de punta: el actualmente maltratado y poco considerado Edificio Mosler (Lotería Nacional) de la Avenida 16 de Septiembre. Es obra del ingeniero Manuel de la Mora y del Castillo Negrete (padre de Enrique de la Mora, quien supo aprender y transmutar sus enseñanzas en clave contemporánea). Y el magistral pórtico del Teatro Degollado, levantado en los años 60 del pasado siglo para sustituir la esquemática “porte cochère” (IDM) que había alcanzado a dejar precariamente Jacobo Gálvez. Polémica, pero certera y noble intervención, que bien puede valorarse y compararse.

Luis Barragán tenía entre sus posesiones más preciadas un ejemplar original de I quattro libri de Palladio. Se conserva como una de las piezas claves de su biblioteca. Fue también el arquitecto tapatío quien regaló el primer premio del certamen de ensayos: una estupenda edición de Muros de México. En sus páginas, por sutiles decantaciones, es posible reconocer las enseñanzas imperecederas, permeadas incluso a la arquitectura popular, de Palladio, el inmortal.

jpalomar@informador.com.mx

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