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Miércoles, 19 de Septiembre 2018

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* ¿Y después…?

Por: Jaime García Elías

* ¿Y después…?

* ¿Y después…?

En el entendido de que “Al paso de la carreta se acomodan las calabazas”, cabe suponer que de aquí al Mundial de Rusia, que arranca dentro de cinco meses y dos días, se desvanezcan los fantasmas que andan por ahí, y Juan Carlos Osorio tenga a su disposición a los dos o tres centro delanteros necesarios para confeccionar algunas combinaciones promisorias, sin tener que suscribirse al recurso de las improvisaciones…

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Lo mismo si se queda en el West Ham que si se concreta su transferencia a otro equipo de la Premier League o aun si todos los astros se alinearan para que su próximo destino fuera el Guadalajara, es de suponerse que algo sucederá para que el “Chicharito” Hernández tenga la continuidad que perdió en los últimos meses… y, sobre todo, para que recupere la confianza en sí mismo, deseable en todo jugador de área.

Habrá que encender veladoras asimismo para que Carlos Vela retome en Los Angeles el nivel de sus mejores tiempos en España…, y para que Jiménez alinee con más frecuencia y adquiera protagonismo con el Benfica…, y, en fin, para que Oribe Peralta haga méritos con el América para que Osorio lo mantenga en la lista.

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La cuestión —“the question”, parafraseando a Hamlet— sería: “¿Y después…?”.

En efecto: para el Mundial de 2022, a celebrarse en Catar —y eso, dicho sea de paso, en la deseable hipótesis de que México saque boleto—, parece difícil que los cuatro centro delanteros mexicanos actualmente en existencia, aún sean elegibles. Para entonces, Peralta tendrá 38 años; el “Chicharito”, 33; Vela, 32, y Jiménez, 30. Sobre todo por los indicios de que algunos pasaron ya de la plenitud a la inevitable fase de declive de sus facultades, lo ideal sería tener a la vista, ya desde ahora, los reemplazos…
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Por desgracia, es precisamente ahí, como diría el ranchero, “donde la puerca tuerce el rabo”. Porque, salvo Zaldívar y Fierro —de quienes se sigue esperando que den el paso de promesas a realidades—, aún no asoma la cabeza ningún prospecto estimable.

Además —y eso es, quizá, lo más preocupante— no hay elementos de juicio para alimentar el optimismo, habida cuenta de que los dirigentes de todos los equipos mexicanos —salvo la consabida excepción— ya decidieron que sus carencias en esa materia se resuelven más fácilmente importando jugadores que aplicándose a producirlos.  

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