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Lunes, 10 de Diciembre 2018

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* ¿Más paciencia…?

Por: Jaime García Elías

* ¿Más paciencia…?

* ¿Más paciencia…?

“Paciencia”, pidió Ángel Guillermo Hoyos a los seguidores del Atlas, el domingo, en la rueda de prensa posterior a la enésima derrota de su equipo en el actual Torneo de Apertura.

-¿Más paciencia todavía…?  -se habrán preguntado dirigentes, jugadores,  aficionados, y, en general, todos los conocedores de la peculiar historia del equipo rojinegro.

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Es muy probable que Rafael Márquez, presidente deportivo del Atlas, haya puesto al tanto a Hoyos, de manera sumaria, cuando lo convenció de hacerse cargo del equipo, del vasto catálogo de situaciones rocambolescas, propias de una obra maestra del surrealismo, que hacen del Atlas un club sui generis en el mundo del futbol: la fidelidad inquebrantable de sus simpatizantes, a pesar de los 67 años transcurridos desde la conquista del único campeonato de Liga de su historia; los tres descensos al purgatorio de la antaño denominada Segunda División; las rachas históricas de partidos sin gol y/o sin victoria, que lo marcan como un equipo familiarizado con las penurias y divorciado de episodios gloriosos; los eventuales premios de consolación que sus devotos almacenan como epopeyas: la Final perdida ante el Toluca; los años en que se dedicaban elogios a su futbol sedeño (“La Academia” de Valdatti, “Los Niños Catedráticos” de Novello, “Los Amigos del Balón” del “Pistache” Torres…), pero que no conseguía traducirse en lo único que, más allá de la literatura, pesa en el negocio del futbol: títulos.

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En los pocos días que lleva en Guadalajara -poco más de una semana-, es probable que Hoyos haya acrecentado su bagaje de historias relacionadas con el club con que decidió vincularse. Ya le habrán dicho que a los entrenadores -decenas, cuando no cientos- que han pasado por el puente de mando en que él ejerce desde hace poco más de una semana, se les ha visto, a todos sin excepción, como los posibles salvadores de la patria…

Todos han sido recibidos, en nombre de una ilusión inquebrantable y de una paciencia que ya hubiera querido el bíblico Santo Job, como los mesías prometidos. Todos han hecho, seguramente, su mejor esfuerzo y aportado lo mejor de su ciencia y su experiencia por revertir la historia… Casi todos han sido despedidos, empero, una vez que se ha agotado esa paciencia que él solicita a los aficionados, con cajas destempladas.

Ya se verá si la historia lo salva... o, como a tantos, lo condena.

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