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Sábado, 18 de Agosto 2018

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- Viernes Santo

Por: Jaime García Elías

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Se profese o no cualquiera de las religiones vinculadas con el cristianismo, se acepta que tanto la vida como la muerte de Jesús, que por estas fechas se conmemora en casi todo el mundo, son dos capítulos cruciales en la historia. Su vida, porque sus enseñanzas, recogidas en los evangelios y difundidas por los apóstoles, particularmente en Roma, donde el emperador Constantino declaró religión oficial del imperio a la que antes persiguió con denuedo, fueron el cimiento de una serie de creencias, prácticas y preceptos relacionados no sólo con la divinidad sino con la vida en la sociedad y la cultura en general. Y su muerte, porque la subsiguiente resurrección, dogma de fe para los creyentes, es, para ellos, prueba fehaciente de su divinidad... y, en consecuencia, de la incuestionable validez de sus enseñanzas.

-II-

Tres de los evangelios –los de San Marcos, San Mateo y San Lucas– fueron escritos, por encomienda de San Pablo, varias décadas después de la muerte de Jesús y de los hechos que en ellos se relatan. Ello sucedió cuando los primeros cristianos eran en Israel una secta cuantitativamente insignificante, y su movimiento se extendió hacia las ciudades grecorromanas del Mediterráneo (Alejandría, Corinto, Éfeso, Damasco, Antioquía, Roma…), donde echaría raíces y florecería tres siglos más tarde, al convertirla Constantino, como ya se apuntó, en religión oficial. En ellos no se habla tanto del Jesús histórico –como plantean los estudiosos– cuanto del Cristo de la fe.

-III-

Si sobre la vida del Jesús histórico hay múltiples dudas, sobre la muerte en la cruz  –este sí un hecho histórico… aunque rodeado de imprecisiones que los evangelios, lejos de despejar, acentúan– del Cristo de la fe, hay al menos una contradicción esencial. Sólo en los 10 años en que Poncio Pilato fue gobernador en la provincia romana de Judea, condenó a morir en la cruz a centenares (“cientos de miles”, según algunos autores) de judíos, rebeldes ante la dominación romana en su territorio. Jesús, sostienen varios historiadores, pudo ser uno de ellos, y su prédica sediciosa fue consignada, con sarcasmo, en el rótulo que sus verdugos colocaron en la cruz: “Rey de los Judíos”. Pero como los evangelios se escribieron para difundirse en Roma, principalmente, sus autores trataron de exculpar a los romanos… en perjuicio de “los pérfidos judíos” (que, en efecto, lapidaban a los blasfemos… pero no los crucificaban), que durante siglos –hasta el pontificado de Juan XXIII– fueron, oficialmente, los autores del “deicidio”.

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