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Miércoles, 23 de Mayo 2018

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- Un año más…

Por: Jaime García Elías

- Un año más…

- Un año más…

Si es cierto, como dice el tango, “que 20 años no es nada”, 26, para el efecto de mantener vivos los recuerdos, son menos todavía…

-II-

Es el caso de las explosiones del 22 de abril de 1992 en las calles del Sector Reforma de Guadalajara. Del impacto social que, en un primer momento, representaron; del abrupto despertar de la conciencia de los habitantes de una ciudad en que “tapatía” y “apatía” parecían ser sinónimos, a la conmemoración —muy relativa, por no decir que meramente simbólica— del aniversario número 26 del acontecimiento, es obvio que casi nada queda.

El tiempo es el mejor aliado del olvido; si uno de sus beneficios es contribuir a que se borren las heridas, lo sucedido en las calles que hace 26 años mostraban tanto las huellas de los destrozos como las de la imprevisión de las autoridades civiles —incapaces de prevenir las repercusiones que podría tener la catástrofe—, se ha replicado en la memoria colectiva. Para la generación que vivió el episodio, los damnificados del mismo alimentan el duelo por los muertos, el dolor físico por la condición de minusválidos que arrastran desde entonces, y el justo reproche a las autoridades por su incapacidad para llegar “hasta las últimas consecuencias” en la investigación del hecho y en la exigencia de que se conociera y se sancionara a los responsables, y se les obligara –aun a sabiendas de que era imposible— a la “reparación del daño” que la ley contempla en esos casos. Para las nuevas generaciones —los niños que nacieron en esas fechas ya son mayores de edad—, se trata de un suceso del que saben “de oídas”, pero del que no conservan ni cicatrices ni recuerdos.

-III-

Las explosiones de aquel cada vez más lejano 22 de abril dejaron, si acaso, el beneficio de que los organismos de Protección Civil confeccionaron protocolos —los desalojos que aquella vez, por notoria negligencia criminal, se obviaron, por ejemplo— que de ordinario, a partir de entonces, se aplican puntualmente. Pero también dejaron, en compensación, la prueba de que a “el Supremo Gobierno, que no se equivoca nunca” —diría Pito Pérez— le interesa más salvar las apariencias que sancionar a quienes fueron culpables por acción, unos, y responsables por omisión, otros, de una tragedia que —como hace 26 años— seguirá clamando justicia al Cielo, por los siglos de los siglos… aunque en la Tierra ya no quede quien la reclame.

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