Domingo, 27 de Septiembre 2020
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- Sermones

Por: Jaime García Elías

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En otros tiempos y otras latitudes, pudiera ser...; aquí y ahora, en cambio, aun si los sermones presidenciales tuvieran la elocuencia de las obras maestras de la oratoria sagrada, sería discutible su eficacia. Lo más probable es que palabras tan sensatas como las admoniciones a los grupos de la sociedad civil que tomaron las instalaciones de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, en la Ciudad de México, para plantear una serie de protestas, demandas y aun “exigencias” a las autoridades, por estimar que han sido negligentes u omisas tanto en la prevención como en la persecución de delitos, y para hacerse oír pintarrajearon y dañaron la fachada del edificio, “tomaron” las instalaciones y grafitearon una imagen de Don Francisco I. Madero, a los autores de tales estropicios, literalmente, les entren por un oído y les salgan por el otro.

-II-

“El supremo Gobierno, que no se equivoca nunca” –que dijera Pito Pérez—, ha sido reiterativo: no reprimirá las manifestaciones, cualesquiera que sean sus causas y sus métodos; interpretará los excesos de los manifestantes como ejercicio de las prerrogativas ciudadanas consagradas por la Constitución, y no como infracciones a leyes y reglamentos y aun como delitos... incluso cuando, ostensiblemente, alcancen ese rango.

Sería ocioso hacer el inventario de daños, tanto en el mobiliario urbano, en instalaciones, equipamiento o inmuebles de utilidad o de interés público (el Monumento a la Independencia, el Hemiciclo a Juárez, el Palacio de Bellas Artes, Palacio Nacional en la capital del país, el Palacio de Gobierno de Guadalajara...) como en la propiedad privada (comercios, construcciones, automóviles...), ocasionados lo mismo por manifestantes que por simples provocadores o malhechores infiltrados entre ellos; otro tanto vale decir acerca de las lesiones causadas a guardianes del orden público.

-III-

Vale reiterarlo: no se trata de “provocaciones” que la autoridad –diría el susodicho— tienen “la arrogancia” de desoír, si les place, aplicando la máxima de “a palabras de marrano, oídos de chicharronero”. Se trata de excesos que la misma ley previene, y que, al desnaturalizas, restan legitimidad a las protestas justas de los ciudadanos: quebrantos al orden y la paz pública; daño en las cosas; perjuicio de terceros...

En una palabra, son delitos; delitos que se cometen en la vía pública, ostensiblemente; delitos que, al quedar impunes, por impotencia o por simple tibieza de las autoridades, invitan a los revoltosos a porfiar en ellos.

Decía bien Víctor Hugo: “El derecho que triunfa no necesita ser violento”.
 

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