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Viernes, 25 de Mayo 2018

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- Demasiadas tentaciones

Por: Jaime García Elías

- Demasiadas tentaciones

- Demasiadas tentaciones

De algunos policías de Tecalitlán hubo indicios, primero, y pruebas, después, de que participaron en la desaparición, hace alrededor de 40 días, de tres italianos, a quienes habrían entregado a esa abstracción terrorífica denominada “delincuencia organizada”. La corporación en pleno del municipio de Tlaquepaque, “ante la sospecha de posibles infiltraciones del crimen organizado” –palabras textuales del gobernador Aristóteles Sandoval–, fue “intervenida” ayer, intempestivamente, por la Fiscalía del Estado, con la coordinación del Ejército, y sus funciones ordinarias fueron encomendadas a la Policía Estatal.

-II-

Esos son los hechos. Saltar de ahí a la aseveración, a priori, de que todos los policías –o la mayoría, al menos– de esos municipios son cómplices por acción u omisión de los criminales, sería una generalización tan temeraria como injusta. Y sostener, yendo más lejos aún, que el cáncer de la corrupción ha hecho metástasis en todos los municipios de Jalisco y aun del país, llevaría a la desoladora conclusión de que la seguridad de los ciudadanos no puede estar en manos de “guardianes del orden” en los que sería imposible confiar, sino, exclusivamente, en el Ángel de la Guarda de cada uno.

Se supone que la remisión de los 400 gendarmes de Tlaquepaque a la Academia de Policía correspondiente, “donde recibirán un curso” –no se puntualiza de qué– y serán sometidos a “las evaluaciones pertinentes”, servirá para depurar a la corporación, si tales “evaluaciones” permiten detectar a los pintitos del arroz y aplicar las medidas correctivas correspondientes.

-III-

Faltaría determinar la utilidad del “curso” en la capacitación técnica de elementos precariamente equipados –ya es un lugar común que los policías sólo conocen en fotografía las armas que utilizan los delincuentes a los que supuestamente deben enfrentar–… y, sobre todo, en la deseable garantía de que tanto la vocación de servicio que debió motivarlos a darse de alta como su compromiso con la sociedad, los vacunen contra el virus de la corrupción, no obstante que sus modestos salarios los exponen a demasiadas tentaciones: desde “desvalijar borrachitos” –¿quién no ha escuchado infinidad de historias de ese tipo…?– hasta brindar protección a menudistas y mayoristas del narcotráfico.

Faltaría comprobar, en fin, si las “evaluaciones” complementarias incidirán en que los policías que al término de las mismas, libres de toda sospecha, sean reinstalados en sus puestos, queden exentos del riesgo de dejarse seducir, más tarde o más temprano –valga la metáfora–, por el canto de las sirenas de la delincuencia.
 

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