A una semana de las elecciones federales, el ciudadano común ve al ya Presidente electo (ayer recibió la constancia de mayoría que lo acredita como tal) como si se tratara de un aprendiz de cirquero que practica para realizar, a partir de su toma de posesión -el primero de diciembre próximo- y por lo menos durante el primer año de su administración, un número acrobático de alto grado de dificultad, que demandará, por lo mismo, dosis considerables tanto de destreza como de valor…El número en cuestión consistirá, básicamente, en hacer malabarismos… con chayotes calientes.-II-Se trata de dos de las asignaturas más delicadas para cualquier Gobierno: la seguridad pública y la educación. En ambas, López Obrador recibirá del aún Presidente Peña Nieto una estafeta por demás compleja, pletórica de aristas, endiabladamente difícil de manejar.En la primera, el muy probable próximo Secretario de Seguridad, Alfonso Durazo Montaño, anticipó una estrategia a corto, mediano y largo plazo -cien días para la primera, seis meses para la segunda, tres años para la tercera- al efecto de revertir la perniciosa inercia vigente. Un aspecto medular consistirá en entender que “mientras la seguridad se siga viendo como una cuestión policíaca, vamos a fracasar”; otro, en asumir que la verdadera solución al problema no consistirá en enfocarse sobre los síntomas sino sobre sus raíces más profundas -la desigualdad, la pobreza, la falta de oportunidades-; y uno más, que es imperativo entender que si la delincuencia organizada opera impunemente como una gran y pujante industria, necesariamente debe estar sustentada en un esquema de complicidades en que participan altos funcionarios gubernamentales. Romper ese esquema implicará afectar intereses cuantiosos… y de alto nivel.-III-El otro gran reto tiene que ver con la educación...La intentona de la administración saliente, vía la cacareada “reforma educativa”, avanza a trompicones. No sólo se topó con la resistencia decidida de los sindicatos magisteriales que vieron en el asunto un estupendo pretexto para emprender una feroz batalla en defensa de “conquistas laborales” -ominosas por donde se les mire- y desentenderse de lo esencial: la necesidad imperiosa de elevar el nivel de la educación, para que los escolares mexicanos adquieran las herramientas que les permitan acceder al mercado laboral con mejores perspectivas; no sólo se topó con esa resistencia, decíamos, sino -lo más inquietante…- con la insistencia del propio López Obrador, enfáticamente reiterada en los debates previos a la elección, de “echarla p’atrás”.Lo dicho: ¡sendos chayotes calientes…!