Domingo, 05 de Julio 2026
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Guadalajara: Caminar entre cantera, tezontle y memoria

Templos, palacios, mercados y antiguas bibliotecas conforman un paseo por el Centro Histórico, donde cada edificio conserva una parte de la historia de la Perla Tapatía

FaustoSalcedo

Caminar la ciudad. Conocerla desde sus esquinas. Habitarla en sus contradicciones. Atestiguarla bajo sus árboles. Escucharla en los múltiples lenguajes de sus calles: los buenos días y los albures, las conversaciones en sus jardines y kioscos, las palabras de lumbre de quien escupe fuego en los semáforos, los versos de quien canta boleros en los portales y toca en el saxofón los clásicos de todos los tiempos.

Guadalajara. Olerla en sus mercados. Probarla en sus puestos de garnachas, en sus tianguis multitudinarios y fondas caseras. Los sabores de quien aún tortea con las manos, se come la torta en bolsa y prolonga la amargura dulce del tejuino.

Las ciudades se conocen caminándolas: largas caminatas bajo el sol, sin protocolos, sin rutas establecidas ni guías turísticas, solo con el ritmo y el pulso que la ciudad precisa. Atestiguar su historia, sus cicatrices, su pasado escrito en ladrillo, sus anécdotas y leyendas que nos dieron identidad y forma. Su Centro, donde todo inició. Caminar Guadalajara.

El Centro Histórico de Guadalajara no se ofrece de golpe al visitante ni al habitante cotidiano. Se deja leer con el cuerpo, con la lentitud del andar y la disposición a escuchar lo que dicen las piedras, los muros y las sombras del mediodía. Caminarlo es leer la ciudad como un manuscrito vivo, escrito desde el siglo XVI y reescrito por incendios, reformas, terremotos, guerras y olvidos.

El recorrido comienza frente a la Catedral Metropolitana de Guadalajara, corazón simbólico de la antigua Nueva Galicia. Desde aquí, el trazo colonial aún es legible: las calles parten como radios imperfectos y los edificios dialogan con la vida cotidiana de vendedores, campanas, turistas, oficinistas y transeúntes con el café aún caliente en la mano.

La Catedral se impone no solo por su escala, sino por su peso histórico. Mandada erigir por la Corona española en tiempos de Felipe II, su construcción comenzó en 1568, cuando Guadalajara aún se debatía entre la fragilidad del asentamiento y la voluntad de permanencia. El cuerpo del templo conserva la gravedad renacentista de sus orígenes, levantado por manos indígenas y maestros de obra coloniales. Las torres actuales, coronadas por agujas neogóticas, pertenecen al siglo XIX y fueron diseñadas por Manuel Gómez Ibarra tras el terremoto de 1818 que derrumbó las originales. Al cruzar su atrio, el visitante pisa un suelo que ha presenciado procesiones virreinales, juramentos al Imperio español, ceremonias del México independiente, funerales de Estado y protestas contemporáneas.

En el interior reposan las criptas de obispos y otras figuras eclesiásticas clave en la historia de Jalisco. Durante la Guerra Cristera, el templo fue vigilado y en ocasiones cerrado. Aunque hoy sus torres neogóticas son uno de los íconos visuales de Guadalajara, en su momento fueron cuestionadas por “no parecer mexicanas”.

Desde este punto, basta girar ligeramente el cuerpo para percibir que la Catedral no está sola. El Centro Histórico se organiza como una conversación entre poderes: el religioso, el civil y el cultural. Frente a la Plaza de Armas, con su kiosco -regalo de Porfirio Díaz que los tapatíos de entonces despreciaron por impúdico- se levanta el Palacio de Gobierno de Jalisco. Construido en el siglo XVIII, recuerda que Guadalajara fue un centro administrativo clave del occidente novohispano. Su sobria fachada de cantera gris resguarda patios silenciosos, escaleras monumentales y los murales que narran episodios de insurgencia y la formación del Estado moderno.

Levantado entre 1747 y 1750, cuando Guadalajara había dejado atrás su condición de villa fronteriza para consolidarse como capital regional, el Palacio permite imaginar el ir y venir de funcionarios coloniales, escribanos, soldados y mensajeros que portaban órdenes reales llegadas desde ultramar. Hoy los pasos son otros, pero la lógica del poder permanece inscrita en su arquitectura. En 1858 fue escenario de uno de los episodios más decisivos de la historia nacional: durante una sublevación militar, Benito Juárez estuvo a punto de ser fusilado en su interior. Guillermo Prieto se interpuso entonces entre las armas y el presidente con la frase que quedó grabada en la historia liberal: “Los valientes no asesinan”.

En la fachada del Palacio, el reloj guarda otra historia, menos solemne y más áspera. La tradición cuenta que durante la entrada de fuerzas revolucionarias a Guadalajara, en 1915, un disparo detuvo sus manecillas como gesto simbólico: marcar el fin de un poder y el inicio de otro. El balazo que hoy se observa es una réplica. Dentro del Palacio de Gobierno, la historia deja de ser solemne para volverse incómoda. En sus muros, José Clemente Orozco pintó entre 1936 y 1939 uno de los conjuntos murales más intensos del país. En la escalera principal, Miguel Hidalgo aparece con el brazo en alto, empuñando una antorcha, no como héroe sereno sino como una figura desbordada que incendia el orden antiguo y desata fuerzas que ya no controla.

A unos metros, casi como una pausa reflexiva entre ambos edificios, aparece la Rotonda de las y los Jaliscienses Ilustres. Aunque su construcción es del siglo XX, el espacio que ocupa está profundamente ligado a la historia temprana de la ciudad. La rotonda funciona como un umbral temporal: no pertenece al periodo colonial, pero dialoga con él al concentrar la memoria cívica de Jalisco. Antes de la Rotonda, existía la Iglesia de la Soledad, datada del siglo XVII, y el Jardín de la Soledad, un espacio arbolado que hoy ocupan las jardineras y los flamboyanes enormes que rodean los restos de los jaliscienses ilustres. Una rotonda de diecisiete columnas que sostienen un aro en el cual se lee: “Jalisco a sus hijos esclarecidos”. 

Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz. El antiguo templo de San Agustín alberga hoy uno de los espacios de lectura más emblemáticos de la ciudad. ESPECIAL

Entre claustros y libros

El trayecto continúa hacia el pasado académico de Guadalajara. Basta cruzar la calle para llegar al Museo Regional, antiguo Seminario Conciliar de San José, fundado en 1749. Sus amplios patios y corredores de arcos fueron concebidos para la formación clerical, cuando el conocimiento estaba íntimamente ligado a la Iglesia. Hoy alberga colecciones arqueológicas, paleontológicas y artísticas, aunque su arquitectura sigue hablando del siglo XVIII: de una ciudad que aspiraba al orden y al estudio. Aquí se encuentra el mamut de Santa Catarina, otro testigo -mucho más antiguo- del pasado de Jalisco.

Caminar por sus alrededores es sentir cómo la ciudad se densifica. El ruido del tránsito se mezcla con el murmullo de los visitantes y las piedras conservan una frescura particular, como si aún resguardaran el silencio de los antiguos estudiantes.

A unas cuadras, entre puestos callejeros, comida bajo los portales y el olor a aceite de las legendarias donitas del Centro, aparece la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz, instalada en el antiguo templo de San Agustín, cuya construcción comenzó en 1573. Es una de las piezas más antiguas y elocuentes del Centro en términos de transformación urbana. Además de recinto religioso, fue sede del Colegio de Santo Tomás, una de las primeras instituciones de educación superior del occidente novohispano, y más tarde albergó dependencias que dieron origen a la Universidad de Guadalajara.

Lo que fue convento y templo hoy es espacio de lectura. La piedra permanece; la función cambia. Las bóvedas, pensadas para elevar la mirada hacia lo divino, ahora cobijan estantes repletos de libros. El silencio ya no es religioso, sino intelectual. La Guadalajara del siglo XVI dialoga aquí con lectores, estudiantes e investigadores que buscan refugio del bullicio exterior.

Del templo al comercio

Hacia el norte, el ambiente cambia. Más allá del Mercado Corona, las calles se vuelven más transitadas y el comercio se intensifica. El recorrido se detiene en el Templo de San Felipe Neri, medio oculto entre paradas de camión y locales comerciales. Construido en el siglo XVIII, es considerado por la Arquidiócesis de Guadalajara la mejor muestra del barroco virreinal de la ciudad. Su arquitectura refleja una Guadalajara más segura de sí misma, con una vida religiosa plenamente integrada al tejido urbano. Hasta 1914 también albergó el Colegio de San José, fundado por los jesuitas.

El trayecto regresa al corazón del Centro por el Paseo Alcalde, entre fuentes, bancas de piedra, tabachines y flamboyanes. Los pasos llegan al Templo de Santa María de Gracia, fundado a finales del siglo XVI como convento femenino. Su discreta fachada habla de otra dimensión de la ciudad novohispana: la vida religiosa de las mujeres, frecuentemente ausente de los grandes relatos históricos. Iniciado en 1590 como monasterio de dominicas, el conjunto permanece como una huella silenciosa de aquella Guadalajara de normas estrictas.

Solo sobreviven dos claustros: uno es hoy el Palacio de Justicia, donde funcionó la primera escuela femenina del occidente mexicano; el otro alberga la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara.

Desde aquí, el trayecto desemboca en uno de los espacios más vivos del Centro: el Mercado Libertad-San Juan de Dios. Más allá de la Calzada Independencia -fantasma del río sobre el que comenzó la ciudad-, el mercado ocupa un sitio dedicado al intercambio desde la época colonial. La estructura actual, diseñada por Alejandro Zohn en el siglo XX, se levanta sobre el antiguo barrio de San Juan de Dios, donde el comercio marcó desde el siglo XVI el ritmo cotidiano de quienes permanecían al margen de los grandes edificios del poder.

El Mercado Libertad condensa esa tradición. Bajo su techo conviven sabores, acentos, oficios. Es el contrapunto perfecto del recorrido: después de caminar entre muros de cantera y patios solemnes, la ciudad se presenta en su versión más vital, más caótica, más humana. Falluca, canarios cautivos, videojuegos, zapatos, fajos piteados, juguetes de madera, tacos de cinco pesos, pirinolas, matracas, palanquetas: todo lo habido y por haber. 

El paseo concluye, pero la ciudad no se agota. Al levantar la vista desde cualquier punto del Centro Histórico, queda claro que Guadalajara es una suma de capas: del siglo XVI al XVIII, del XIX al XXI, todas superpuestas, dialogando, contradiciéndose. Caminarla es aceptar que el pasado no está detrás, sino debajo y alrededor. Y que cada paso, consciente o no, vuelve a escribir la ciudad.