Un hijo adulto puede tomar distancia de sus padres de una manera psicológicamente saludable, incluso cuando los padres la perciben como agresiva, cruel o injustificada. De hecho, uno de los desafíos del desarrollo adulto consiste en diferenciarse de la familia de origen sin perder necesariamente el vínculo afectivo.Según los expertos, lo importante es distinguir entre la conducta objetiva del hijo y la vivencia subjetiva de los padres.Desde varias perspectivas psicológicas (Gestalt, teoría del apego, teoría de sistemas familiares y desarrollo adulto), la separación es una tarea evolutiva.Algunas razones son:En la Terapia Gestalt, los especialistas dicen que la persona intenta recuperar una frontera de contacto más clara: ni fusionarse con la familia ni aislarse completamente, sino elegir cómo quiere relacionarse.Según algunos psicoterapeutas, la percepción de agresión no siempre significa que haya una agresión real.Puede deberse a varios factores:Durante muchos años los padres fueron figuras centrales. Cuando el hijo deja de consultar, pedir permiso o compartir todo, algunos padres experimentan una especie de duelo.Pueden traducir: “Necesito espacio” como “Ya no los quiero”.En muchas culturas latinoamericanas existe la idea de que un “buen hijo” debe estar disponible, visitar frecuentemente o priorizar a los padres. Cuando el hijo rompe ese modelo, puede parecer una falta de respeto.Si alguno tiene miedo al abandono, apego ansioso o una historia de pérdidas, la distancia del hijo puede reactivar esas heridas.Algunas personas nunca aprendieron que poner límites puede coexistir con el amor.Aunque cada caso debería ser evaluado de forma particular en la terapia, generalmente, sucede cuando:Por ejemplo:“Los quiero, pero necesito verlos una vez al mes y no todos los fines de semana”.Eso puede doler a los padres, pero no necesariamente es una agresión.Cuando la distancia se convierte en:En esos casos ya no se habla solo de diferenciación, sino de estrategias relacionales que pueden resultar dañinas.La Terapia Gestalt entiende el crecimiento como un proceso de diferenciación, de acuerdo a terapeutas. Laura Perls y Paul Goodman describieron el desarrollo saludable como la capacidad de establecer una frontera de contacto flexible: poder acercarse y alejarse según las necesidades del momento, sin quedar atrapado ni en la fusión ni en el aislamiento.A veces, una persona que ha vivido durante años con fronteras difusas necesita marcar límites de forma más intensa al principio. Desde fuera, ese cambio puede parecer brusco o incluso hostil. Sin embargo, esa intensidad puede reflejar un intento de reorganizar una relación en la que antes no sentía suficiente espacio para sí misma. Con el tiempo, si el proceso madura, esos límites suelen volverse más estables y menos reactivos.Una reflexión importante: En terapia familiar suele decirse que la distancia no siempre es el problema; a veces es el intento de resolver un problema. La pregunta clínica relevante no es simplemente “¿por qué se alejó?”, sino:En conclusión, afirman expertos, un hijo puede amar profundamente a sus padres y, al mismo tiempo, decidir reducir el contacto si considera que esa es la manera más saludable de preservar tanto su bienestar como la posibilidad de mantener un vínculo que no esté basado en la culpa, la obligación o la invasión de sus límites. El desafío para ambas partes consiste en transformar esa distancia en una oportunidad para construir una relación entre adultos, donde el afecto no dependa de la ausencia de límites, sino de la capacidad de respetarlos.Esta nota fue redactada con ayuda de inteligencia artificial y revisada por un editor*** Mantente al día con las noticias, únete a nuestro canal de WhatsApp ***OA