Pocas audiencias representan un desafío tan grande como la infantil. Las niñas y los niños de 2026 crecieron entre pantallas táctiles, videos de pocos segundos y videojuegos donde la recompensa llega de inmediato. Permanecer sentados durante casi tres horas frente a un escenario parece una batalla perdida antes de comenzar. Por eso, lo que ocurrió la tarde de este martes en el Auditorio Telmex llamó tanto la atención: con un recinto prácticamente lleno, miles de familias acudieron para presenciar "Matilda, el musical", la superproducción que llegó desde la Ciudad de México para una única función en Guadalajara. Padres, madres, abuelos y niños ocuparon cada rincón del auditorio, y el teatro hizo lo suyo.No solo mantuvo la atención del público durante toda la función. La historia despertó una participación espontánea entre los asistentes más jóvenes. Desde las butacas llegaban advertencias para "Matilda" cuando "Tronchatoro" aparecía en escena, mensajes de ánimo para la protagonista y abucheos dirigidos a los villanos. Fue una producción que consiguió borrar con facilidad la distancia entre el escenario y la audiencia. Con un elenco sólido integrado por Gloria Aura, Ricardo Margaleff, Verónica Jaspeado y Gisela Sehedi, cada personaje sostuvo una historia donde el humor convive con momentos de ternura. Jaime Camil, no obstante, se llevó la tarde. Su interpretación de "Agatha Tronchatoro" dominó la función desde la primera escena. Construyó una villana tan desmesurada como divertida, capaz de pasar de la intimidación a la comedia física con una naturalidad que provocó carcajadas constantes. Cada una de sus intervenciones fue recibida con aplausos, mientras los niños reaccionaban con una mezcla de miedo, diversión y fascinación. La respuesta del público confirmó que Camil se convirtió en una de las figuras más celebradas de la tarde.Gran parte de la conexión del público con la obra nació del propio ensamble infantil. Decenas de niñas y niños sostuvieron el espectáculo con una energía inagotable, coreografías exigentes y un sólido trabajo vocal. Cada desplazamiento, cada cambio de formación y cada escena colectiva transmitían una vitalidad que terminó por contagiar también al público adulto y convirtió al elenco infantil en el verdadero corazón emocional del montaje.A ello se sumó un despliegue técnico que acompañó la narración con fluidez. La automatización escenográfica, el videomapping, la iluminación y el diseño sonoro permitieron que los espacios cambiaran casi sin que el espectador advirtiera el mecanismo. Una inmensa biblioteca se transformaba en la casa de Matilda en cuestión de segundos; la escuela Crunchem Hall aparecía con toda su severidad para, instantes después, dar paso al refugio luminoso de la señorita Miel.El diseño sonoro acompañó ese recorrido con un equilibrio entre las voces del elenco y la música, mientras la iluminación modificó la atmósfera de cada escena mediante cambios precisos de color y temperatura, distinguiendo el mundo opresivo de "Tronchatoro" de aquellos momentos en los que la fantasía recupera el control de la historia.También resultó inevitable observar un segundo espectáculo fuera del escenario. Por momentos, varios padres dirigían la mirada hacia sus propios hijos para descubrir su expresión de asombro. Las sonrisas aparecían cuando los pequeños se sumaban a los coros, seguían los movimientos de los actores o reaccionaban con absoluta libertad a cada giro de la historia. La función terminó construyéndose en dos planos: el que ocurría bajo las luces del escenario y el que se desarrollaba entre las butacas, donde distintas generaciones compartían la misma emoción."Matilda" consiguió algo que parece cada vez más difícil: durante casi tres horas, el escenario fue suficiente para mantener viva la imaginación de cientos de niñas y niños.SV