El amor, cuando se convierte en enredo, deja de ser solo promesa y se vuelve laberinto. Saca a la superficie lo más luminoso y lo más oscuro del ser humano: la ternura y la traición, el deseo de entrega y la necesidad de huir, la capacidad de cuidar y la tentación de mentir. En la comedia de enredos, esos impulsos se exageran hasta volverse risa, pero debajo del juego permanece la verdad: amar implica exponerse, equivocarse, repetir patrones, herir y ser herido. “El seductor” parte de esa paradoja -el amor como fuerza que eleva y como trampa que atrapa- para construir una historia donde la ligereza del humor convive con la reflexión sobre la soledad, la culpa y el tiempo que se escapa, en una imperdible puesta en escena que llega este jueves 22 de enero a Guadalajara.En “El seductor”, Humberto Zurita no sólo actúa: dirige, adapta y reescribe una tradición completa de la comedia teatral para traerla al presente. La obra, basada en un texto originalmente escrito en inglés, le interesó primero por su complejidad formal, por su estructura fragmentada y su exigencia técnica. “La estructura de la obra es muy buena, diferente. Ocurre en muchos lugares, y eso es un reto en la dirección, porque en gira ya no puedes apoyarte en una mecánica escenográfica tan compleja como antes”, explica el actor en entrevista con EL INFORMADOR. “Esa multiplicidad de espacios obliga a que el teatro repose menos en lo material y más en el ritmo, la actuación y la imaginación del espectador, un terreno donde la palabra y el cuerpo se vuelven arquitectura”.Pero el desafío técnico no fue lo esencial. Lo que realmente lo atrajo fue el retrato humano que se esconde detrás del enredo. La vida cotidiana atravesada por pequeñas traiciones, por secretos que se acumulan, por identidades que se fragmentan sin que necesariamente haya villanos, sólo personas incapaces de sostener la verdad. “Es una historia que se acerca mucho a la realidad de nosotros los seres humanos: los engaños, las dobles caras, la comadre que le pone el cuerno a la comadre con el marido... todo este tipo de situaciones de enredos. Es una alta comedia, una comedia de situaciones, y así quise trabajarla”, explica Zurita.El personaje central, “Carlos”, pertenece a una estirpe conocida: el seductor profesional, el hombre que convierte el deseo en costumbre y la mentira en sistema. Sin embargo, Zurita decidió despojarlo del machismo caricaturesco. “En el momento en que se escribió, este personaje sería como un Mauricio Garcés: muy machista, muy ofensivo en su lenguaje, algo que antes se aceptaba tranquilamente. Hoy ya no. Las mujeres han evolucionado, se han empoderado, y toman un lugar que siempre les correspondió”. De ahí el giro que propone su versión. “Le di un twist para que no fuera un patán grosero, sino un seductor en el buen sentido de la palabra: sí engaña, pero no maltrata, no humilla. Su problema no es la violencia, es el conflicto emocional que arrastra desde niño”. La comedia, entonces, no se centra en la dominación, sino en la herida: un hombre que no sabe amar porque aprendió desde pequeño a repartir el afecto, a no elegir, a no comprometerse. “Él dice que una nana le daba de desayunar con el pecho izquierdo y la otra con el derecho, y desde ahí se acostumbró a tener varias mujeres. Es un chiste, pero también es una metáfora”, comparte. Zurita rompe además la ilusión tradicional del teatro al hacer que el personaje dialogue directamente con el público. “Yo lo convierto casi en un standupero. Rompo la cuarta pared muchas veces, algo muy brechtiano. Eso le da una calidad distinta a la comedia, porque el público no solo se ríe: se ve reflejado”. La risa se vuelve entonces una forma de reconocimiento incómodo: el espectador no observa desde afuera, participa del juego y es interpelado por él. Detrás del humor se instala una certeza: la vida doble conduce a la soledad. “Son personajes que en la vida real acaban solos. Este hombre engaña a su esposa durante veinte años, vive una vida doble, y eso, tarde o temprano, se paga”, dice el actor. La obra no moraliza, pero tampoco absuelve; deja que el tiempo y las consecuencias hagan su trabajo.Sin embargo, “El seductor” no clausura la posibilidad de redención. En su tramo final abre una rendija a la esperanza. “Todos tenemos derecho a otras oportunidades”, afirma Zurita. “Las traiciones duelen… puedes afectar profundamente a las personas. Pero también existe la posibilidad de cambio”.Para Humberto Zurita, el teatro es el espacio donde esas contradicciones pueden hacerse visibles sin convertirse en sermón. Retoma una frase de Claudio Obregón: “Él decía que los actores somos seres luminosos que vuelven lo sagrado presente, porque convertimos la realidad en magia, en sueño”. Actuar es, en ese sentido, un acto de traducción: volver escena aquello que la vida cotidiana no siempre permite mirar de frente. Por eso incorporó a la obra una reflexión que atraviesa todo el montaje: “La vida es como el agua de un río. Una vez que pasa, no vuelve a pasar”. Una imagen zen que conecta el deseo, el tiempo y la responsabilidad. “O la vives intensamente… o la dejas ir. Y si hay malos momentos, también hay que dejarlos pasar”.En última instancia, “El seductor” utiliza la risa para hablar de lo más serio: la manera en que el amor puede llevar a lo mejor o a lo peor de uno mismo. Zurita lo resume con claridad: “El amor te ciega, te eleva, te derrumba. Y eso es lo verdaderamente interesante de los seres humanos”.“El seductor”, dirigida y protagonizada por Humberto Zurita, cuenta también con las actuaciones de Chantal Andere, Gina Varela y Stephanie Salas. La obra se estrena el 22 de enero en el Teatro Galerías, con dos funciones a las 19:00 y 21:00 horas. Boletos desde $450 pesos en taquillas y en la página oficial del recinto. CT