Viernes, 30 de Enero 2026

“La penúltima hora” de la memoria y el legado

Tras la autobiográfica “Cuchillo”, Salman Rushdie regresa a la ficción con una colección de cinco relatos de tono crepuscular en los que reflexiona sobre la muerte, el legado, el poder del arte y la libertad de expresión

Por: El Informador

Salman Rushdie regresa al relato breve tras más de tres décadas. CORTESÍA

Salman Rushdie regresa al relato breve tras más de tres décadas. CORTESÍA

Salman Rushdie regresa a los páramos de la narrativa breve con “La penúltima hora”. De la misma manera en que alguien abre una habitación antigua y descubre que el tiempo la ha transformado, pero no ha borrado su forma esencial. 

En un encuentro con medios, donde estuvo presente EL INFORMADOR, el escritor indio-británico-estadounidense, una de las figuras centrales de la literatura contemporánea y símbolo viviente de la defensa de la libertad de expresión, reflexionó sobre este nuevo libro, sobre la vejez, la muerte, la política, la imaginación y ese extraño momento vital que él mismo llamó “el último acto de la obra”.

El volumen, compuesto por cinco relatos largos, marca su regreso a la ficción breve después de más de tres décadas sin publicar cuentos. El anterior, “East, West”, apareció en 1994. Entre uno y otro, Rushdie escribió novelas monumentales, ensayos, memorias y, más recientemente, “Cuchillo”, el estremecedor testimonio del atentado que sufrió en 2022 y de su recuperación. “La penúltima hora”, sin embargo, no es un libro de respuesta inmediata al trauma, sino una obra que mira hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo, como si intentara abarcar el arco completo de una vida dedicada a contar historias.

“Creció de una manera no planeada”, explicó Rushdie sobre el origen del libro. “El primer relato que escribí fue el cuento inglés, el de fantasmas. Cuando lo terminé, no sabía muy bien qué hacer con él porque no era lo bastante largo para ser una novela. Así que lo dejé a un lado. Meses después empecé a pensar en otras historias más largas y, poco a poco, fueron encontrando su forma como libro”. Con el tiempo, comprendió que ese conjunto disperso adquiría un sentido más amplio: “Me di cuenta de que había material de India, de Inglaterra y de Estados Unidos. Pensé que era una especie de panorama de todo lo que he escrito en mi vida, una mirada al espectro completo de mi trabajo”.

Ese carácter de recapitulación no es casual. Rushdie está a punto de cumplir 79 años y reconoce que la conciencia del final inevitable atraviesa estas páginas. No se trata, sin embargo, de un libro crepuscular, sino de una exploración de lo que él llama el “estilo tardío”: la forma en que los artistas se enfrentan al tramo final de su obra y de su existencia. “Me interesa mucho cómo las personas se acercan al final de la vida, cómo afrontan el último acto de la obra”, dijo. Y recurrió a un ejemplo musical: “Beethoven estaba furioso por quedarse sordo, odiaba la vejez, pero a pesar de toda esa rabia, su obra más grande, la Novena Sinfonía, está inspirada por la alegría, por la ‘Oda a la alegría’. De su cólera salió un camino hacia la luz. Eso me parece profundamente interesante”.

La literatura en busca del sentido

En los relatos de “La penúltima hora” aparecen personajes que miran hacia atrás, que charlan con fantasmas -reales o metafóricos-, que se preguntan por el legado y por el sentido de lo que queda cuando el tiempo se acorta. Cuestionado sobre cómo le gustaría ser recordado dentro de 50 años, Rushdie evitó la respuesta solemne y prefirió reflexionar sobre la aspiración común a todos los escritores: “Creo en la inmortalidad. Todos los escritores la buscan de alguna manera. Uno espera que su obra viva más allá de su vida, que lectores que aún no han nacido encuentren algo valioso en ella. No escribimos solo para los lectores de ahora, también para los lectores del futuro”.

Uno de los cuentos más comentados del libro es “El viejo de la piazza”, leído por muchos como una alegoría sobre la libertad de expresión en tiempos de polarización y dogmatismo. Rushdie, que conoce mejor que nadie el precio de la palabra libre desde la publicación de “Los versos satánicos” y la fetua que marcó su vida durante décadas, explicó que la historia alude a un fenómeno inquietante: la ruptura de la comunicación dentro de las sociedades. 

“Vivimos un momento en el que la comunicación entre diferentes partes de la sociedad se está rompiendo. Es muy difícil que la gente se entienda, incluso cuando habla el mismo idioma. Cuando el lenguaje deja de servir para comprender al otro, eso es peligroso para cualquier comunidad”.

La política, inevitablemente, apareció en la conversación. Al hablar del clima actual en Estados Unidos y del avance de discursos autoritarios y expansionistas, Rushdie fue directo. “Es un momento muy oscuro en la vida pública americana, y no solo para Estados Unidos. Basta ver las discusiones sobre Groenlandia, sobre Canadá. Es una señal de algo más amplio, de una sombra que se extiende”. A la vez, defendió el papel de la literatura como una forma de pensar el mundo: “La escritura puede ser una herramienta de resistencia. Orwell nos dio maneras de entender la opresión y la tiranía. En tiempos difíciles, la literatura puede ayudar a los lectores a comprender mejor lo que está ocurriendo”.

Cuando las palabras ya no alcanzan

Salman Rushdie abunda en el tema sobre Estados Unidos; ve a un país donde hablar ya no asegura ser comprendido. Indica que amplios sectores de la sociedad han dejado de escucharse y esa sordera mutua resquebraja el tejido común. El debate público, dice, se ha tensado tanto que intentar dirigirse al “otro lado” se parece cada vez más a hablarle al vacío.

El problema no es solo político, sino profundamente lingüístico. Cuando las palabras dejan de tender puentes y ya no alcanzan para explicar al otro, la convivencia entra en terreno incierto. Esa falla del lenguaje compartido expone una fractura cuya vibración se siente más allá de las fronteras del país.

Ante el avance de discursos y gestos de tono autoritario que presionan a la democracia desde dentro, Rushdie no le pide a la literatura que derroque gobiernos. Le exige algo distinto y quizá más duradero: claridad. Escribir, afirma, permite pensar la opresión, nombrar sus formas cambiantes y entender mejor los engranajes del poder en tiempos de confusión.

De ahí que invoque a George Orwell, no como profeta del desastre sino como manual de lectura del presente. La ficción, cuando afina la mirada, devuelve matices a una conversación pública atrapada entre consignas y simplificaciones.

En medio de esa fractura, Rushdie propone una idea de pertenencia menos rígida. En una sociedad hecha de tránsitos y mezclas, el hogar puede ser plural y la identidad, una suma de capas. Tener raíces en varias lenguas y lugares no divide: ensancha. Quizá, sugiere, en esa identidad múltiple esté la posibilidad de volver a encontrarse y, otra vez, entenderse a través de las palabras.

Soñar en otro idioma

La noción de hogar y de identidad atravesó también la charla. Rushdie, que ha vivido en India, Inglaterra y Estados Unidos, habló de un sentido “plural” de pertenencia. “El hogar ya no es una cosa única, sino múltiple. Muchos tenemos raíces en más de un lugar. Eso también transforma la identidad: uno se vuelve alguien con varias capas, con varios idiomas incluso en los sueños”. Contó que, cuando regresa a la India, al cabo de unos días empieza a soñar en hindi y en urdu. “Es como un regreso del inconsciente a la casa antigua”.

Cuando se le preguntó si había pensado en retirarse, como lo hicieron en su momento escritores como Philip Roth, fue tajante: “No tengo ningún plan de jubilarme”. Para Rushdie, seguir escribiendo parece una forma de permanecer en diálogo con el mundo y consigo mismo, de no aceptar que el telón caiga del todo. En “La penúltima hora”, ese diálogo adopta la forma de historias que, como la vida misma, quedan a veces inacabadas. “Todos somos historias inacabadas mientras estamos vivos. Solo cuando termina la vida se cierra el relato, y aun así no sabemos qué significa del todo ese final”.

Quizá por eso Rushdie prefiere hablar no de una última hora, sino de una penúltima: un tiempo todavía abierto, todavía lleno de palabras posibles. En su voz, marcada por la experiencia del peligro y por la persistencia de la imaginación, resuena una convicción que atraviesa toda su obra: que contar historias sigue siendo una forma de resistencia, de memoria y de esperanza. Y que, incluso cuando el mundo parece oscurecerse, la literatura conserva la capacidad de iluminar, aunque sea fugazmente, el camino.

La batalla por los estantes

La censura y la persecución a los libros fue otro de los temas centrales. La reciente ola de prohibiciones en bibliotecas y escuelas estadounidenses -que ha afectado a obras como “Cien años de soledad”, “Beloved” o “Matar a un ruiseñor”- le parece a Rushdie “un crimen contra la Primera Enmienda”. “Es alarmante que basten las quejas de un solo padre para que un libro sea retirado. Y no se trata de libros menores, sino de algunos de los más importantes jamás escritos. Quitarles a los jóvenes el acceso a ellos es algo terrible. Por fortuna, hay una reacción legal, muchos de esos vetos están siendo revertidos, pero es desolador que haya que librar miles de batallas judiciales para defender un derecho que está en la Constitución”.

En el plano estético, “La penúltima hora” dialoga con otras artes y otras épocas. En uno de los relatos, ambientado en Oklahoma, aparece Francisco de Goya, en particular el Goya de las Pinturas Negras, el de la Quinta del Sordo y el Saturno que devora a sus hijos. El regreso al formato breve fue para Rushdie una exploración renovada. “Algunas de las ficciones más grandes del mundo son relativamente cortas”, recordó. “‘La metamorfosis’ de Kafka tiene unas cincuenta páginas, ‘La muerte en Venecia’ de Thomas Mann unas sesenta, y sin embargo son obras de una profundidad extraordinaria. El relato corto es lo bastante largo para decir algo serio y lo bastante corto para leerse con placer de una sentada”.

CT

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