Hay ciudades que se construyen sobre sus ríos. Otras terminan cubriéndolos, encauzándolos y transformándolos hasta volverlos casi irreconocibles. En Los Ángeles, el río que atraviesa la ciudad dejó hace tiempo de ser un cauce natural para convertirse en una extensa franja de concreto donde conviven el tránsito urbano, la vegetación que insiste en reaparecer y las historias de quienes habitan los márgenes. Ese territorio ambiguo, a medio camino entre refugio y frontera, sirve como punto de partida para “AV”, la exposición de los artistas Rafa Esparza y Maria Maea que abrirá al público el próximo 7 de junio en Plataforma -Avenida Vallarta 1246, Guadalajara-.Curada por Sacha Craddock, la muestra marca la primera colaboración expositiva de gran formato entre ambos artistas dentro de un espacio institucional. La instalación permanecerá abierta hasta el 6 de septiembre y propone una experiencia inmersiva construida a partir de adobe, carrizo, palma tejida, concreto y materiales vinculados con procesos manuales que ambos creadores han desarrollado durante años. Más que representar el río de Los Ángeles, la exposición busca evocar las tensiones que atraviesan ese paisaje urbano. Los artistas observan el cauce como un espacio donde convergen comunidades migrantes, personas sin vivienda, jóvenes, trabajadores y habitantes que encuentran allí un lugar para permanecer al margen de las estructuras de vigilancia que dominan gran parte de la ciudad.La exposición surge también del diálogo entre dos trayectorias que, aunque distintas, comparten preocupaciones similares. Esparza, uno de los artistas mexicoamericanos más reconocidos de su generación, ha desarrollado una obra centrada en la relación entre territorio, identidad y memoria, utilizando con frecuencia materiales como el adobe, ligados a las tradiciones constructivas de origen mexicano. Maria Maea, artista de ascendencia mexicana y samoana, trabaja desde el tejido, el ensamblaje y la exploración de materiales orgánicos para construir piezas que dialogan con el cuerpo, la comunidad y las historias de desplazamiento.Para Maea, la llegada de la exposición a Guadalajara tiene además una dimensión profundamente personal. “No es mi primera vez aquí en Guadalajara, pero no había venido desde que era muy joven. Mi papá es de un pueblo llamado Teocallipan. Yo soy de ascendencia mixta; mi madre es de Samoa”, cuenta la artista, en entrevista con EL INFORMADOR. “El arte ha sido una de las primeras vías para regresar a México. Gran parte de mi familia no ha tenido acceso a volver, o mi relación con ese regreso junto a ellos no había sido tan cercana. Entonces, en mi vida adulta, esta es realmente mi primera experiencia de regreso”.La artista explica que esa experiencia de retorno se encuentra atravesada por las mismas preguntas que han acompañado buena parte de su trabajo. “Mi relación con personas como Rafa y con nuestros amigos en Los Ángeles tiene que ver con que somos de ascendencia mexicana, pero también formamos parte de una diáspora. Venimos de distintos lugares, por diferentes razones, siguiendo trayectorias migratorias distintas”, explica. “Me siento muy alentada de poder entrar en conversación con otros artistas, con espacios culturales e incluso con los jóvenes artistas que están construyendo estos lugares. Pienso mucho en qué es lo que lleva a las personas a cruzar fronteras, qué es lo que las lleva a quedarse. Formamos parte de una historia colectiva marcada por la migración, por la búsqueda de acceso y de oportunidades”, suma. Curada por la crítica y curadora británica Sacha Craddock, “AV” marca el cierre de un ciclo de cuatro exposiciones desarrollado por la especialista dentro del programa curatorial del espacio tapatío. Más que construir una narrativa cerrada, Craddock explica que su interés ha sido generar experiencias abiertas para el público. “No me interesa educar a la gente. Lo que quería era ofrecer una serie de experiencias donde las personas pudieran sentir algo de manera directa. No quería decirles cómo pensar. Por eso no existe una narrativa única dentro de las exposiciones. Todo está más relacionado con la experiencia del arte”, señala.La instalación toma como punto de partida los territorios que rodean el cauce del río de Los Ángeles, un espacio donde convergen historias de migración, refugio, trabajo y pertenencia. A través de estructuras construidas con adobe, carrizo, palma y otros materiales orgánicos, la muestra transforma la arquitectura de Plataforma en un entorno que invita al recorrido y a la contemplación. Para Craddock, uno de los aspectos más importantes del proyecto es la manera en que los artistas lograron apropiarse del espacio.“Esta exposición será sorprendente para quienes la visiten. Han tomado por completo la galería y la han convertido en otro tipo de lugar. No me refiero solo a una transformación física. También existe una transformación filosófica. La exposición invita a preguntarse por qué estamos aquí y cómo nos relacionamos con este espacio”.La curadora considera que esa capacidad de asumir riesgos es una de las principales fortalezas de Plataforma. “La gente no sabe exactamente qué va a encontrar cuando viene y eso es importante. Me interesa que las personas cuestionen sus propias experiencias. El arte funciona mejor cuando permite descubrir cosas por cuenta propia”, concluye. La colaboración entre María Maea y Rafa Esparza comenzó hace más de una década. Durante ese tiempo compartieron proyectos, conversaciones y procesos creativos que terminaron desembocando en esta instalación. “Todo el proceso ha sido muy emocionante”, señala Esparza. “María y yo tenemos un poco más de diez años de conocernos y hemos trabajado juntos de muchísimas formas. Empezamos colaborando en una pieza de performance. Fue el inicio de nuestra amistad. Esta es nuestra primera colaboración en formato de instalación y para mí se sintió como el lugar perfecto. Cuando me enteré de que su papá era de aquí hubo muchas cosas que me hicieron pensar que esto estaba ocurriendo en el tiempo y en el lugar donde debía suceder”.La construcción de la muestra implicó varios meses de trabajo conjunto con el equipo de Plataforma, la curadora Sacha Craddock, y con colaboradores locales. Esa dimensión colectiva constituye uno de los aspectos más importantes del proyecto. “Esperamos que los materiales, y la forma en que trabajamos con ellos, reflejen también cómo colaboramos con el equipo de aquí: de una manera horizontal. Tratamos de romper jerarquías. Romper la idea de “yo soy el artista y tú eres el asistente”, cuenta Rafa Esparza. “Hubo una figura que no pude terminar personalmente. Ya habíamos trabajado con varias personas desde el principio mezclando adobe, tejiendo palma y amarrando carrizo. Llegó un momento en que confié plenamente en ellos. Les expliqué la idea y quise ver qué sucedía. Cuando regresé, el resultado era increíble. Incluso, mejor de lo que yo había imaginado”, comparte. La exposición también reflexiona sobre la relación entre trabajo manual, territorio y pertenencia. Para Esparza, esa preocupación surge de manera natural a partir de su propia historia familiar. “No es coincidencia que tengamos una práctica que requiere trabajo manual. Tiene mucho que ver con que venimos de familias trabajadoras. Nuestra presencia dentro de un mundo del arte que suele tener rasgos de exclusividad también forma parte de esa historia. Nuestras familias nunca estuvieron cerca de museos, galerías o instituciones artísticas tradicionales. No queremos reproducir esos procesos. Queremos ampliar la idea de quién puede participar”, dice.Maea encuentra una dimensión similar en los materiales que utiliza. Su trabajo con palma, tejidos y estructuras orgánicas parte de una observación constante del paisaje de Los Ángeles y de las formas en que las comunidades se relacionan con él. “Tengo una práctica muy fuerte de recolección. Salgo a buscar materiales y esos materiales son grandes maestros dentro de mi trabajo. Cuando tejí mis primeras canastas empecé a entender por qué existían las palmeras en Los Ángeles, cómo llegaron allí y qué historias cargaban consigo. También me enseñaron mucho sobre las primeras tecnologías humanas. El tejido es una tecnología ancestral presente en muchas culturas. Por eso otras personas encuentran conexiones con estos materiales incluso cuando hablo de experiencias muy específicas”.Además, para esta exposición hubo una conversación muy importante alrededor del maíz. “Pensamos en él como historia de origen, historia de creación y también como una forma de evolución compartida”, dice Maea. “El maíz está presente en casi todo lo que consumimos, pero siempre ha sido parte de nuestras historias y de nuestras comunidades. Empezamos a preguntarnos qué nos está pidiendo esta planta, cómo ha evolucionado junto con nosotros y cuál es nuestra relación con ella”, indica. Cabe señalar que la instalación ubicada en Plataforma evita ofrecer una lectura única. Las estructuras de “AV” se despliegan como un paisaje donde los visitantes pueden desplazarse libremente, descubriendo relaciones entre materiales, formas y recorridos.“Más que explicar de qué trata la pieza, me gustaría que la gente pudiera sentirla”, señala Esparza. “Hay muchísimo trabajo en ella. Todo está hecho a mano. No hay un solo tornillo en ninguna de las estructuras. Todo está amarrado con hilo o unido con adobe y concreto. Cuando pensábamos en el río de Los Ángeles, que pasó de ser un río natural a convertirse en un canal rígido de concreto, comenzamos a preguntarnos cómo suavizar esa dureza. Trabajamos con materiales y formas para generar curvas, bordes y espacios de descanso”.Para Maea, la invitación consiste en acercarse a la obra sin la necesidad de encontrar respuestas inmediatas. “En muchos espacios de arte existen formas establecidas de observar y participar. Aquí el espacio es muy poroso. Tiene múltiples recorridos, múltiples entradas y salidas. Eso permite que cada visitante construya su propia experiencia. También abre preguntas sobre qué significa entrar a un espacio artístico, qué debe observarse y qué momentos merecen atención”, finaliza. CT