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Vida bandida

Vida bandida
Marcas. Los tatuajes son marcas de vidas pasadas, cicatrices imposibles de olvidar.
Rutina. Para pasar el tiempo, se recurre a la tranquilidad del ejercicio.
Trabajo. El cuerpo se convierte en culto al que hay que rendirle tributo todos los días.
Repetición. La exigencia al cuerpo se convierte en parte de la expiación.
Gimnasio. El espacio ofrece lo necesario para que los reos puedan ejercitarse.
Hermandad. Dentro de la prisión, las amistades se fortalecen.
Pandilla. Unidos por la prisión, los reos reconocen su espacio y crean lazos.

Condenados por romper las leyes, viven la vida entre barrotes. El Sol siempre es el mismo y la Luna no brilla entre el concreto, sin embargo, la vida bandida por la que fueron castigados les permite rendir tributo al cuerpo y convertirlo, como una especie de expiación, en un templo.

Todos los días regresan, como se vuelve a los lugares donde se fue feliz, a realizar parte de su escape de la realidad. Ejercicio tras ejercicio, repetición tras repetición, el sudor se convierte en parte del castigo que deben purgar. Los tatuajes son apenas una muestra de su pasado: convictos, soldados de pandillas que aprendieron las reglas del barrio desde antes de conocer el reglamento de Puente Grande. No hay excusas, perdieron el vértigo al encierro, viven para pagar y lo hacen desde la profundidad del gimnasio.

La redención, si llega, vendrá aparejada del ejercicio. Aquí se cultiva al cuerpo para cosechar en la mente y repartir los frutos una vez que salgan, reformados y readaptados.

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