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Vacaciones bajo un cielo incierto

Hay días en que el mundo parece respirar con dificultad. Uno sale a la calle, ve a la gente comprar bloqueadores, maletas, ropa de playa, trajes de baño, boletos de avión, y al mismo tiempo se siente que en el aire flota otra cosa: una nube invisible, una sensación de inquietud, una sospecha de que el porvenir se ha vuelto menos claro. Todo sigue en pie —los festejos, los cafés, los aeropuertos, los rezos de cuaresma—, pero algo tiembla detrás de lo cotidiano.

Ésa es una de las paradojas más hondas de la psicología política: mientras los poderosos tensan el mundo con amenazas, misiles, discursos y represalias, la vida de la gente insiste en continuar. La historia cruje, pero el calendario doméstico no se detiene. Llegan las vacaciones de Semana Santa y Pascua, y millones de personas obedecen a una necesidad más antigua que la geopolítica: descansar, reunirse, apartarse un poco del ruido, salvar un pedazo del alma.

No es frivolidad. Es defensa psíquica.

El ser humano no puede vivir demasiado tiempo en estado de alarma sin enfermar su mirada. Por eso, cuando la incertidumbre se expande, aparece una reacción silenciosa: la búsqueda de una pausa. No porque el peligro haya desaparecido, sino porque la mente necesita una tregua para no quebrarse. Descansar, en tiempos convulsos, también es una forma de resistencia interior.

Sin embargo, esa pausa no es del todo inocente. Muchos se van de viaje con el cuerpo dispuesto al descanso, pero con la emoción todavía amarrada al estrés. Quieren relajarse, pero siguen mirando noticias. Quieren convivir, pero una parte de su atención permanece secuestrada por el temblor del mundo. Es como sentarse frente al mar mientras en el fondo del pecho sigue sonando una sirena.

Bajo la óptica de la psicología política, la vida nos enseña que el miedo colectivo no siempre paraliza: a veces se disfraza de normalidad. Seguimos adelante, sí, pero bajo una normalidad herida. Sonreímos, planeamos, brindamos, hacemos maletas; y aun así, algo en nosotros sabe que el orden internacional es más frágil de lo que parecía. No vivimos sólo los hechos: vivimos, sobre todo, la sensación de que algo puede empeorar.

Tal vez por eso estas vacaciones tengan un matiz distinto. No serán sólo descanso. Serán también una pausa reflexiva en medio de un mundo tenso. Una especie de pequeño refugio humano frente al estruendo de los imperios.

Y quizá ahí haya una lección: cuando la historia se ennegrece, cuidar el alma no es evasión. Es encender una lámpara. No para negar la tormenta, sino para no dejar que la tormenta se meta por completo dentro de nosotros.

Por ahora, a disfrutar el descanso y a gozar la oportunidad de estar con la familia.

dellamary@gmail.com

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