“O último azul”: Una vejez que resiste
Sensible e importante resulta lo que el director Gabriel Mascaro (“Boi neon”, “Divino amor”) ha logrado con su más reciente largometraje: “O último azul”. El resultado es tan rotundo que no puedo dejar de pensar que se trata de su ‘magnum opus’... al menos hasta el momento. Este drama distópico de exquisita polivalencia es un relato sobre la vejez desde dos miradas: la del mundo exterior (que la desprecia y la destierra) y la del mundo interior (el de nuestra protagonista, una mujer determinada a disfrutar de la senectud bajo sus propios términos).
Ambientada en un futuro cercano y distópico, el filme cuenta la historia de Tereza (Denise Weinberg, ¡fantástica!), una activa mujer de 77 años que, por mandato gubernamental, será enviada a La Colonia, un lugar donde son confinados todos los ancianos; un sitio del cual nunca nadie ha vuelto; un espacio que se vende como un empíreo terrenal donde los viejos pueden ir a “gozar” sus últimos días en agradecimiento al trabajo que han hecho por tantos años a favor de la patria. Un lugar que, sí, tiene un tufillo a campo de concentración. Un lugar al que una mujer como Tereza -entera, resoluta, llena de vida- no pertenece. Un lugar donde el régimen y la sociedad han decidido encerrar toda vejez para que no moleste, no incomode; así, lo “vetusto” se vuelve invisible, deja de existir en el mundo “funcional”, efectivo y productivo.
“O último azul” es un potente relato de ficción sobre un mundo que ejerce una gerontofobia consensuada, un futuro cercano en el que Estado y sociedad han articulado un sistema frío para expulsar a las personas de la tercera edad. ¿La excusa? Ofrecerles un recodo de solaz que, en realidad, suena más como una mazmorra que los elimina del mundo, de la ecuación social. De la noche a la mañana, Tereza descubre que habita una realidad en la que un adulto mayor no puede ni comprarse un tazón de fruta sin la autorización de un tercero.
Entonces, Tereza urde un plan para escapar de ese destino y lograr un sueño: volar en avión, aunque sea una vez. Su trayecto, como el de toda heroína que se precie, tendrá giros, contratiempos y nuevos caminos. De hecho, “O último azul” le imprime al trayecto de nuestra entrañable protagonista una dimensión merecidamente épica, como el de los viejos paladines mitológicos, pero sin abandonar el ámbito terrenal.
De este modo, en la película de Mascaro encontramos no solo una ficción distópica latinoamericana de estupenda factura; también hay trazas de una comedia dramática profundamente humana que transita por los andamios de las “road movies”. El viaje de Tereza la lleva por muchos sitios (por ejemplo, del mundo industrial al mundo natural) en su búsqueda de un nuevo lugar donde pertenecer. Así, ella entra y sale de entre los pliegues del mundo humano; continuamente encuentra rincones y personas donde hay vacío, abandono y devastación, pero también belleza y contradicción.
De este modo, “O último azul” se erige como una pieza emotiva, sencilla, parsimoniosa y envolvente; un largometraje brasileño donde también se revisan todas esas medidas institucionales que hemos permitido que nuestros gobiernos aprueben porque, aparentemente, buscan un mejor funcionamiento del engranaje cotidiano, pero que, en realidad, siguen desgarrando el tejido social y achicando nuestra humanidad. Es, también, una pieza donde nuestra protagonista de la tercera edad no es una metáfora del pasado ni un dispositivo que se usa para repartir sabiduría, como suele pasar en el grueso de las películas. Tereza es, en todo caso, una fuerza imparable, un dínamo, una pulsión de vida de gran pureza, ternura y determinación. No te pierdas su periplo, ya en salas de cine selectas.