Los privilegios de un país tercermundista
México llega tarde a la mayoría de las discusiones globales. No somos punta de lanza en tecnología, programas sociales, armamento ni ciencia. No inventamos las plataformas que gobiernan el discurso público ni diseñamos los algoritmos que moldean la imaginación colectiva. Si analogamos a la pirámide de Maslow, México sigue concentrado, con toda la razón, en sus necesidades más básicas antes de dedicar sus recursos a sofisticadas discusiones sobre el futuro de la humanidad.
Expongo esto de manera descriptiva, no derrotista. Me explico…
La condición humana siempre ha funcionado así. A lo largo de la historia, quienes han podido dedicarse a la filosofía, la literatura o las artes han sido, casi siempre, aquellos con sus necesidades básicas cubiertas. Cuando no existía esa estabilidad, aparecía la figura del mecenas: alguien que garantizaba casa, sustento y vestido para que el genio pudiera crear sin preocuparse por sobrevivir. El talento necesita tiempo para desarrollarse y ese tiempo solo se compra con seguridad.
México es ese miembro de la sociedad global con enorme potencial, capacidad de trabajo y creatividad desbordada, pero sin mecenas estructural. Con 38.5 millones de personas en situación de pobreza, con brechas educativas persistentes y prioridades urgentes en salud, seguridad e infraestructura básica, el país atiende lo inmediato antes de aspirar a lo disruptivo.
Y, sin embargo, esta posición, que parece una condena, es también un enorme privilegio. Llegar tarde tiene sus ventajas.
Los primeros en experimentar con nuevas formas de vida suelen pagar el costo de los errores. Las sociedades que lideran las vanguardias sociales, tecnológicas o culturales muchas veces descubren, sobre la marcha, las consecuencias imprevistas de sus apuestas.
Las sociedades que lideran la innovación suelen pagar el costo de experimentar primero. Japón, potencia económica admirada por su disciplina y eficiencia, acuñó el término karôshi: muerte por exceso de trabajo. Esta palabra no surge del fracaso, sino del éxito y productividad llevados al extremo. Impresionan las fotografías del Pawel Jaszcuk que capturan a japoneses dormidos y borrachos en el suelo después de extenuantes jornadas de trabajo.
En muchas ciudades desarrolladas, el hiperindividualismo ha erosionado los vínculos familiares y comunitarios. Miles de personas viven, comen, se divierten y envejecen solas. Mientras que en México aún conservamos esa red de supervivencia comunitaria que, desde fuera podría criticarse como economía social informal. Aquí se sale a comer con el primo sin mucha planeación, el abuelo vive en casa, y frente a una crisis de desempleo, la familia extendida ofrece oportunidades.
En el retraso hay una oportunidad: resistir la tentación de medir el éxito en términos de producción. No es romantizar la pobreza, sino reconocer que no todo avance es progreso.
Quizá el verdadero privilegio de un país “tercermundista” es tener margen para elegir. Elegir qué modelos copiar y cuáles no, elegir los experimentos sociales en los que queremos participar, y elegir qué conservar de nuestra riquísima identidad antes de diluirla en la modernidad importada. Las sociedades que lideran la innovación cargan con la presión de no poder equivocarse. Las que llegan después pueden aprender, ajustar y decidir con mayor conciencia.
México no es la punta de lanza. Pero tampoco es laboratorio. Tal vez nuestro reto no sea correr para alcanzar a los demás, sino discernir con inteligencia qué vale la pena alcanzar.
@luciachidan