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Los autobaños y algo más

Las tardes de sábado principalmente, se convertían en centro de convivencia de amigos, para relajarse de los temas de siempre, el negocio, la carestía, las dificultades propias de la vida, y el tema de conversación era apasionante: los carros.

Las conversaciones iniciaban con un ¿Qué tal tu Valiant? ¿Te ha salido bueno el Ford Falcon? ¿Ya viste el Javelin? ¿Qué tal el GTS?

Ya van a vender el Super Bee V8, máquina 365; ese sí que va a ser correlón; qué le van a durar los Mustangos. -Pues yo ando muy contento con mi Opelito, que es muy económico, tiene bonita línea, además es alemán; en 1968 sacarán el Opel Olímpico; -mira ahí viene Toño: qué padre su Vauxhall, lo tiene como nuevo…

Y efectivamente ahí veíamos automóviles de todas marcas y modelos; las que mencioné y otras más como el Caprice, el Chevelle, el Ford Galaxie 500, la entrañable pulguita, sí, el famoso vochito, ahora muy codiciados y de colección los Volkswagen 1200 y 1500.

Pasaba uno la tarde entre amigos, con buena charla y viendo cómo los empleados del autobaño se encargaban de poner los carros de lujo, para presumirlos al día siguiente, como hoy, domingo, para darle vuelta a la Plaza de Armas y recorrer en ambos sentidos la Avenida Vallarta, como se decía antes, “echando rostro”.

Por toda la ciudad, autobaños. Después quisieron desplazarlos los autolavados, donde uno mismo se encargaba de lavar su auto, pero no pegaron, lo clásico eran los autobaños.

Yo recuerdo uno en especial. El Autoservicio Rodríguez, que estaba ubicado sobre la Avenida Vallarta a dos cuadras antes de los Arcos, en la acera Sur, creo que entre las calles Duque de Rivas y Miguel Ángel de Quevedo, lugar que hoy ocupa agencia distribuidora de automóviles, en la cuadra anterior donde estaba la Casa Loyola, de la que les platicaré al final de este artículo.

Era un autobaño completo. Contaba con servicio de lavado de carrocería y vestiduras, pulido y encerado, engrasado, sopleteado, cambio de aceite, les aplicaban apcoseal, un recubrimiento aislado anticorrosivo en el chasís, y además tenía anexo un taller mecánico especializado en afinaciones.

Mi papá tenía un Ford Taunus modelo 1961 gris, muy buen auto, económico, cómodo de manejar y que nunca le dio lata; claro, lo importante siempre es y será el mantenimiento. Decía mi padre: “Lo importante no es tener, sino saber conservar” y así, rigurosamente, cada 1,500 kilómetros lo llevaba al cambio de aceite, filtro y a engrasarlo, llevando su control mediante una calcomanía que le pegaban en la portañuela del carro cada vez que le daban servicio.

Era sorprendente lo bien organizado que estaba el negocio, todo el mundo en movimiento; en cuanto dejábamos el carro y tomaban la orden de servicio y nos invitaban a pasar a la salita de espera cubierta con vidrios para evitar ser bañados, empezaban como hormiguitas los empleados a trabajar con el carro: unos le quitaban y lavaban los tapetes, otros se encargaban de llantas, tolvas y rines, otros de aspirarlos y limpiarlos por dentro y luego lo pasaban a la sección del lavado propiamente dicho. Muchos de nosotros no permanecíamos en la salita, preferíamos correr el riesgo de mojarnos con tal de ver todo ese feérico movimiento.

Los autos entraban en fila en un carril donde un empleado empujaba un armazón metálico que de ida le arrojaba agua a presión y de regreso le ponía shampoo, y manos a la obra: los lavadores se encargaban de la carrocería con unos enormes cepillos y esparcían el jabón que daba gusto, el carro quedaba completamente blanco, y a continuación, va de regreso el marco metálico de nuevo con agua a chorro y el carro salía como nuevo al lugar del secado.

Cuando se le hacían servicios de engrasado y cambio de aceite, lo pasaban al sitio de los fosos para que entrara en acción el engrasador y mientras estaba abierta la tapa del cárter para que escurriera el aceite en recipientes idóneos, el engrasador se ocupaba de su oficio, introduciendo una pistola de grasa que estaba unida con una manguera a un depósito cilíndrico parecido a las antiguas lavadoras redondas y se escuchaba el clásico stufff, stufff (que es una suerte de onomatopeya que utilizo en este artículo para darle a usted una idea de cómo se escuchaba cada vez que les ponían grasa a las juntas, a los cinchos de los retenes, a las uniones de los brazos auxiliar y pitman y a toda la estramancia de la suspensión).

Don Rito era el lavador y Don Eulalio, el engrasador, ambos eran los favoritos de mi papá por ser muy cuidadosos. Don Eulalio era minucioso, revisaba cuidadosamente los niveles de aceite de transmisión, dirección hidráulica, líquido de frenos, aceite de motor, líquido limpiaparabrisas, anticongelante, agua para la batería, le ponía grasa a las chapas de las puertas, al enganche del cofre, a los polos de la batería, a la contrachapa de la cajuela, sopleteaba el filtro del aire que iba en la tapa del carburador y finalizaba su tarea colocando la etiqueta adhesiva que tenía el logotipo del autobaño, junto con la fecha del siguiente cambio de aceite.

Decía mi papá: “Los carros, güero, son como los caballos, hay que ayatearlos siempre” y tenía mucha razón, por eso, lo importante no es tener, sino saber conservar, y bueno, pasaba uno el rato, aprendía algo de mecánica y funcionamiento de los carros, se distraía del tráfago de la vida cotidiana y platicaba con los amigos mientras lavaban las carcanchas, como decía mi querido amigo Ricardo Suro Campos, que en gloria de Dios esté.

Casi al principio les decía que este autoservicio estaba a una cuadra del lugar donde estuvo por muchos años la Casa Loyola, sucedánea del Country Club; después se construyó la Plaza Vallarta y actualmente es el Centro Magno.

En la Casa Loyola muchos tapatíos aprendimos a jugar tenis, a nadar, a convivir sanamente; allí en la cuaresma había ejercicios espirituales y las inolvidables posadas; cursos de espiritualidad, todo en un ambiente favorecido por el entorno. Era una ciudad muy diferente de la que hoy tenemos.

Ya en otra oportunidad hablaré más sobre la Casa Loyola y otros lugares del rumbo, como la panadería que estuvo muchos años contra esquina, “El Buen Gusto”, famosa por sus empanadas, los macarrones deliciosos, unas galletitas de nuez cubiertas con azúcar glass que eran una delicia; me acuerdo del restaurante Focolare, el Montparnasse, lugar preferido para los bailes, posadas y fiestas de fin de año, muy agradable, con un ambiente familiar, excelente comida y a un lado las Suites California, cuyo gerente era un señor de apellido Morris. En fin, los recuerdos se aglutinan, pero hay más tiempo que vida; ya en otras entregas abriremos otras páginas de mis recuerdos y les platicaré de ellos.

Por hoy, solo me resta agradecerles su paciente lectura e invitarlos a encontrarnos de nuevo aquí en EL INFORMADOR, la próxima semana. Ya saben: yo con mi cafecito, bísquets doraditos, mantequilla y mermelada. Feliz domingo.

lcampirano@yahoo.com

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